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Juan Antonio Tirado

Juan Antonio Tirado, malagueño de la cosecha del 61, escribe en los periódicos desde antes de alcanzar la mayoría de edad, pero su vida profesional ha estado ligada especialmente a la radio y la televisión: primero en Radiocadena Española en Valladolid, y luego en Radio Nacional en Madrid. Desde 1998 forma parte de la plantilla de periodistas del programa de TVE “Informe Semanal”. Es autor de los libros “Lo tuyo no tiene nombre”, “Las noticias en el espejo” y “Siete caras de la Transición”. Aparte de la literatura, su afición más confesable es también una pasión: el Atlético de Madrid.

Luis del Olmo

(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Cuando Marconi se despertó, Luis del Olmo ya estaba allí. Había llegado desde Ponferrada con su voz manantial que, con el tiempo, atravesaría afluentes, acantilados, cráteres y mesetas. De costa a costa venía a Madrid, rompeolas de las sintonías, con un país en su mochila de locutor de provincias. El hombre alto del Bierzo aún no lo sabía, pero estaba llamado a darle un vuelco a la radio de cabalgatas y partes, de seriales de Sautier Casaseca, discos dedicados y consultorios de Elena Francis. Aquella radio llena de encanto, fábrica de nostalgias, que había sido el Hollywood de una España en blanco y negro, esperaba su transición. En la sala de máquinas de una democracia que aún no había dejado de ser orgánica, un abulense de Cebreros se empeñaba en cuadrar el círculo de una España que se debatía entre trágica y mágica. Para entonces, en Radio Nacional hacía varios años que se escuchaba un saludo que terminaría siendo un emblema: “Buenos días, España. Les habla Luis del Olmo”.

Adjetivos

(Tiempo de lectura: 2 - 3 minutos)

Decía Vicente Huidobro que los adjetivos cuando no dan vida, matan. Creo que tiene fundamento la advertencia del poeta chileno, quien sigue su aserto con precisión, basta leer el prefacio de su libro Altazor para comprobar la potencia de su imaginación, poco tocada por el abanico de colores de los adjetivos. Es verdad que con los adjetivos hay que tener cuidado, porque pueden dar brillo y gracia a la prosa, pero también pueden arruinarla. Hay escritores como Valle-Inclán que los usan con profusión, con frecuencia en triada, sin que su escritura se resienta, antes bien alcanzando vuelo de águila. Quizá yo mismo tengo apego a su cultivo y crecen en el huerto de mis textos con facilidad, de manera que a veces me planteo si no abusaré de ellos. Me he propuesto escribir esta columna arrancando cualquier yerba en función de adjetivo, dejando que vivan a sus anchas los verbos y los sustantivos, las preposiciones, las conjunciones y demás instrumentos de la orquesta sinfónica del idioma. Repaso lo que llevo, no encuentro adjetivos, y debo estar en mitad del segundo cuarteto.

Viciosos de película

(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Durante años, Javier Tolentino tuvo en Radio 3 un programa que llevaba por nombre El séptimo vicio. Tolentino, que rima en consonante con Tarantino y con Patino, es un enfermo de cine sin cura, ni puñetera falta que le hace, pues la penitencia es gustoso peaje de su pecado y el vicio es su virtud más inquebrantable. He enlazado en las dos últimas semanas la lectura de un par de libros de cine muy sugestivos: uno sobre Basilio Martín Patino, del mentado Tolentino, y otro de Cameron Crowe, de conversaciones con Billy Wilder. No me gusta el término cinéfilo, y, en todo caso, no va conmigo, puesto que el cine no es para mí vicio, sino arte del que disfruto sin la pasión de los que lo tienen como una vida de repuesto, como dice Garci. A esa hermandad pertenecen Javier Tolentino y José Guerrero Higueras, Amalio para los amigos, del que hablaré más adelante en esta esquina de papel invisible.

Culos de primavera

(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Los columnistas ya no le cantan a la primavera, con sus canastas de color y ese aire que se espesa a la altura del mediodía, con el sol enrollándose en las piernas de las muchachas y los músicos ambulantes improvisando la banda sonora de las terrazas. En las páginas de los periódicos solo cabe la crónica abigarrada de los mentideros políticos, las emociones de la liga y esas fatalidades que pasan en el mundo antes y después de Putin: guerras, mutilaciones y cinismo envuelto en papel de estraza diplomático. Comprendo que para eso se publican los diarios, para la intoxicación fundamentada y el vértigo y la extrañeza, pero a mí me gustaban esas esquinas de papel donde un maestro/maestra del oficio se fijaba por un instante en el laberinto de calles que revientan de gente sin biografía pública, en esos parques donde los bancos no dan interés, sino asiento, y propician la conversación. Todas las estaciones son hermosas y merecen su poeta, ninguna tan excesiva y sensual, tan agotadora y deslumbrante como la primavera, que intimida y espanta a los hipocondríacos y hace que la mirada de los bebés se fije luminosa en las cosas que llenan el mundo.

Salsa de caramelo y arroz frío

(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Este artículo es un ensayo, un a ver qué sale. El personaje principal soy yo, como podrías serlo tú, o esa mujer de hermosas piernas que camina con prisa de tacones de aguja. O el bizco, que te taladra mientras te mira. Acaricio las teclas, y a ratos las abofeteo, para que pongan algo de música a mi reloj de muñeca. Me muero, como te mueres tú, soy un laberinto de enfermedades, una vana retahíla de esperanzas sin funda. A la prosa de la vida le busco las cosquillas y de tarde en tarde me da una metáfora feliz o un ataque de risa.

La guerra

(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Como quiera que pareciese que cada cierto tiempo las sociedades necesitaran que suenen tambores de guerra y dado que el mundo fue y será una porquería en el 510 y en el 2024 también, en domingos desaboríos como este me da por pensar que quizás no sea una hipótesis descartable la de que el globo explote y la tierra empiece a arder a lo grande alguna tarde de esta década, de forma que el incendio nos pille a todos. Como ya no hay guerra fría que temple los mapas, ni disuasión nuclear, ni amenaza de destrucción mutua asegurada que frene los impulsos inflamados, el asunto está en ver por dónde podría empezar la furia bélica.

Ana Blanco

(Tiempo de lectura: 2 - 3 minutos)

Ana Blanco es un enigma encerrado en un cráter en erupción permanente: TVE. Es también un milagro y una extrañeza, nunca una extravagancia. De qué manera una presentadora de informativos haya podido permanecer treinta y dos años ininterrumpidos dando la cara en los telediarios, en un medio público híper sometido al escrutinio permanente, en un país atravesado por escándalos y sobresaltos como los que han sacudido España durante las tres últimas décadas, polarizado hasta extremos irritantes, no es explicable desde la lógica mediática convencional. Igual que existe el humor blanco, que gusta a casi todo el mundo, quizá podríamos plantear la hipótesis de estar ante un caso original de periodismo televisivo blanco, apto para todos los públicos: una televisión baja en grasas ideológicas, con unos índices de colesterol envidiables. Tal suposición podría tener algún grado de verosimilitud, por ínfimo que fuera, si Ana hubiera ido por libre, pero los telediarios que ella presentaba han sido la crónica colectiva, a menudo convulsa, de un tiempo de ruido, furia y bronca políticas.

Garci

(Tiempo de lectura: 2 - 3 minutos)

Manuel Alcántara, columnista y poeta retirado hace unos años de las cosas de esta vida, escribió con su elegancia sentenciosa que “por el tiempo no pasan los años”. Por Garci, amigo entrañable de Alcántara, parece que tampoco. Algún pacto ha firmado el cineasta con Cronos para que los años le resbalen, siquiera relativamente, que nadie está a salvo de los rigores del calendario, ni siquiera, por más que se diga, Jordi Hurtado. Garci, que tiene una juventud de interiores, está lejos del retrato de Dorian Gray, no está podrido por dentro como el personaje de Oscar Wilde, sino que mantiene la vitalidad del muchacho que soñaba películas.

La importancia de llamarse Ernesto Gil

(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

No todas las noches tiene uno la oportunidad de cenar con un personaje de novela. ¡Cuánto daría yo por hacer un viaje en el tiempo y compartir mesa y mantel con Emma Bovary! Cenar, sí, y una copa, y lo que se terciare. Aprovechando el viaje, y dado que estábamos en el siglo dorado de la novela, procuraría citarme con Ana Ozores y con Anna Karenina. Con Raskolnikov no tendría mayor interés en pegar la hebra, y no ya por miedo al crimen, sino por evitarme el castigo de una conversación que sospecho sórdida y enredosa.

El siglo de la radio

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Quisiera tener el talento disruptivo preciso para hacer una columna que fuera una parodia, cuando no una burla, sobre la radio. Se destila tanta cursilería merengada cuando se habla de este medio de comunicación, que estoy tentado de sacar el revolver verbal y disparar sin piedad sobre el primer radiofonista o radio adicto que se mueva, especialmente en ocasión tan indicada como este 2024, en que la radio cumple un siglo. Por lo que sea, la radio tiene muy buena prensa, todo lo contrario que la televisión, que la tiene mala. Me pregunto el porqué, desde el entendimiento de que soy alguien poco indicado para resolver esa cuestión, dado que soy un radio-adicto contumaz y un espectador de televisión desapasionado. En lo profesional, he trabajado en ambos medios, si bien ha sido en televisión donde he tenido oportunidad de hacer los mejores trabajos. Pues, aun así.

La vida simultánea

(Tiempo de lectura: 2 - 3 minutos)

Pocas cosas en la vida tan democráticas como el despertar. Ninguna tanto como la muerte. Cuando me desperezo soy un ser sin identidad, un pobre tipo, un náufrago en el mar de las sábanas. Ni siquiera eso, porque me despierto sin metáforas, solo y sólo con confusión y un punto de desespero, un desnorte. Alguien recordaba que en el despertar son por igual el rey y el mendigo: ambos son mendigos. Pero solo un instante, en seguida uno va haciéndose cargo de quién es, aunque le pese. ¿Y cómo va a ser igual el despertar de una joven que tiene a su lado a un hermoso muchacho por el que suspiró durante meses, que el de quien amanece por primera vez en el banco de una calle de la gran ciudad o el que recuerda que el médico le diagnosticó ayer un cáncer de garganta?

Maneras de leer

(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Cuenta San Agustín en sus Confesiones (398 d.C.) que el primer hombre a quien vio leer en voz baja fue a Ambrosio, obispo de Milán.  “Cuando leía -dice Agustín- sus ojos recorrían las páginas y su corazón entendía su mensaje, pero su voz y su lengua quedaban quietas”. Anota el sabio de Hipona que ese descubrimiento le causó una profunda sorpresa. No era para menos, Ambrosio, que con el tiempo fue santo, está entre los iniciadores de una revolución silenciosa. Durante siglos se leía en voz alta. Hay que imaginarse lo que serían las bibliotecas de la antigüedad, verdaderos zocos, una suerte de Babel polifónica con los lectores levantando la voz y quiero suponer que en permanente movimiento, como locos entregados al conocimiento de los libros, a la vez que a sus oídos llegaban los saberes vecinos. En ese sentido, desde nuestra perspectiva contemporánea, la Biblioteca de Alejandría, el templo del saber antiguo por antonomasia, debía de ofrecer un espectáculo deslumbrante.

Una teoría sobre el Atlético de Madrid

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El fútbol es una cosa muy seria que obligatoriamente hay que tomarse a broma. O tal vez sea algo irrelevante que hay que elevar a la categoría de sublime. En esencia, el fútbol es un juego de niños que los mayores consumimos con una voracidad cercana a la pornografía. O muchos mayores. Así, por ejemplo, para un atlético como yo, cepa pura, ganarle al Real Madrid tiene el alcance de un sueño húmedo, digamos que es un episodio directamente erótico. Consumado, sin ir más lejos, la noche del último jueves, en el estadio Metropolitano, donde el Atleti ganó en la prórroga por cuatro a dos al Madrid. Es verdad que ahí no nos jugábamos la final de la Champions, que esas son fantasías mayores, pero, caramba, derrotarles en los octavos de final de la Copa del Rey tampoco es asunto menor.

Nunca estuve en París

(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Coincido con Vila Matas en que París no se acaba nunca. ¿Cómo había de terminarse lo que nunca empieza? No hay turista que llegue por primera vez a París: cuando aterrizas lo haces cargando con el peso de una leyenda. Eso suele suceder también con otras ciudades, pero en el caso de París el bosque de la literatura apenas nos deja ver los árboles de las avenidas, el hierro de la gran torre o el agua turbia del Sena. La primera vez que llegué a París iba borracho de libros y afanoso de sensaciones; las colmé con creces, porque París es una ciudad que da más de lo que uno imagina. Después, he regresado media docena de veces, más viejo cada vez, y más cansado, menos dotado para la imaginación y más docto en escepticismo, pero hace tiempo que comprendí que París no se me acabaría nunca, porque nunca llegaré a entender la razón última de su hechizo. El fundamento de esa mirada enamorada que desafía el tiempo está más en mí que en la propia capital francesa. Con todo, rechazo la impostura de decir que la última vez me fascinó tanto como la primera, porque eso me recuerda a quienes afirman que treinta años después viven una relación amorosa tan apasionadamente como en los primeros días del romance.

El impostor en su zona de confort

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Al final, esto que les voy a contar es un cuento hecho de retazos de la conversación contemporánea. Empiezo por el “al final”, porque es lo que oigo decir en trance a muchos compatriotas cuando tienen que contar o argumentar algo, por banal que sea. En una frase pueden repetirlo tres veces. Si usted se tiene en alguna consideración como escritor, o periodista, o simplemente como ciudadano interesado en el bien hablar, procurará caer lo menos posible en el pozo de mis negritas. Negro como una noche oscura, sin alma, sin abecedario, sin sintaxis. Decía Paul Valéry que la sintaxis es una facultad del alma. Pues eso, sin alma.

El Siglo de las Luces

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El Siglo de las Luces fue el medio siglo que va de 1750 a 1800. Se conoce también como la Ilustración, y está definido por la confianza sin límites en el progreso y en los fundamentos de la Razón como modo de acercamiento a la realidad. El acontecimiento estelar de ese período es la Revolución Francesa. La Historia, decía Marx, sucede dos veces: la primera como tragedia, la segunda, como farsa. Pues bien, aquí tenemos el otro Siglo de las Luces, en este caso de Navidad. Aquí tenemos la farsa castiza de estas fiestas merengadas, una parodia que desde la última semana de noviembre moviliza a la gente, la hace abandonar sus casas y salir en busca de una alegría de neón. El centro de las grandes ciudades congrega a las multitudes en una deslumbrante ciclogénesis turística que podría abocar a una cierta modalidad de idiotez colectiva, sino fuera porque quizá sea la previa estulticia la que lleva a las masas a llenar las calles hasta hacerlas intransitables. No hay nada nuevo bajo el sol, ni bajo el manto de las estrellas, así que no podemos decir que esta búsqueda exacerbada del alumbrado festivo sea cosa de ayer o de hace un lustro, pero sí podemos afirmar que cada año alcanza niveles más exagerados, produciendo un cambio de las costumbres que tiene algo de cataclismo social.

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La niña que quería ser artista

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Suele afearse a quien escribe un obituario que se convierta en el muerto en el entierro y, hasta cierto punto, está bien que se afee, porque hay que conservar el sentido de la medida, pero, aun así, si uno escribe de modo sentido sobre alguien que se fue es porque ese muerto no le es ajeno, porque ese muerto, de algún modo, es uno: algo de uno se muere. Concha Velasco fue una artista colosal, una estrella de la época dorada del Hollywood español que, poco a poco, y sin remedio, va desapareciendo. Naturalmente, la vida sigue y el audiovisual y el teatro también, lo que va quedando reducido a su mínima expresión es una constelación de actrices, de actores, de directores y guionistas que conformaron una galaxia artística irrepetible. Para los jóvenes es gente descatalogada, pero hay una España todavía mayoritaria, la de los baby boomers y de ahí para abajo, para quienes la desaparición de figuras como Concha Velasco, Fernán Gómez, Berlanga, Azcona, López Vázquez, Amparo Rivelles, Juan Diego, Sara Montiel, las Gutiérrez Caba, Adolfo Marsillach… supone una aniquilación sentimental y artística.

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Los griegos

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Decía Salvador Pániker que “no es que los griegos sean nuestros clásicos, es que, en cierto modo, esos griegos somos nosotros”. Y añadía que los griegos inventaron la manera más civilizada de “tenerse en pie”: trascenderse en el lenguaje y la polis, de modo que llegaron a vivir en una atmósfera de conversación y discusión oral que nosotros apenas podemos imaginar. Los griegos crearon todas las formas de gobierno que seguimos utilizando. La democracia era solamente una más, pero es la que ha llegado hasta nosotros con mejor cartel; en realidad, hoy por hoy, es el único sistema homologado, así que no encontraremos un gobierno que no reclame para sí la calificación de democrático. Hasta el franquismo se presentaba como una democracia orgánica, una democracia peculiar, sin sufragio universal ni partidos políticos. Como es natural, Erdogan, Maduro, Putin también consideran democráticos sus regímenes. El mundo es una constelación de sistemas democráticos, la estación término de la historia, Jauja. Pero Atenas, que nos ofreció el primer modelo democrático, nos dio también el contrapunto. Cuando la democracia se corrompe se transforma en  demagogia: lo que ahora llamamos populismo. Una corrupción del sistema muy presente en nuestras sociedades.

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Un tren para unas prisas

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El otro día fui a Málaga en el Ave, que es el mejor modo de viajar a Málaga, y a todos los sitios donde el presupuesto y la voluntad política han llevado este formidable pájaro ferroviario. Desde niño me ha fascinado el tren y mantengo la fijación infantil, me encanta desplazarme en estos ingenios mecánicos, tan distintos de los trenes de hace unas décadas. Del Ave se alaba mucho la velocidad, la rapidez con que se llega de un sitio a otro. Por llevar la contraria, quizá sea lo que a mí me menos me atrae del cacharro. Entiéndase, no querría viajar en uno de los lentos trenes de mi infancia, pero es tan confortable este tren de alta velocidad, que el trayecto se me hace corto. En dos horas y media fui de Madrid a Málaga, pues bien, no me hubiera importado que la excursión hubiera durado una hora más. Al cabo, no se me había perdido nada en Málaga, nada que no pudiera esperar un rato, para disfrutar del camino, que ya nos dijeron Kavafis y otros sabios de la métrica y la metáfora que es lo que importa. Y siendo tan grato el camino, ¿por qué hemos de apresurar la llegada a la meta, en la que no nos espera a nadie para colgarnos una medalla? Bueno, pues así y todo, soy un raro, porque la gente se pierde por llegar diez minutos antes, por ganarle tiempo al tiempo.

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La pasión según Mateo

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La erótica de los premios es una obviedad, no solo para los galardonados, que es natural que se pongan cachondos con el fallo del jurado, sino también para los que gozamos con las palabras enredadas en el baile de las ficciones, ese carnaval perpetuo que es la literatura. A mí se me subió la alegría a la cabeza tan pronto como conocí que Luis Mateo Díez era el Cervantes 2023, no porque lo haya leído mucho, sino justo por lo contrario, porque apenas lo he leído, porque tengo pendiente la inmensidad de su obra; aun así, sé que es un gran escritor: esas cosas se saben.

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El muerto en el entierro

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Yo me moriré una sola vez, como tú, lector avisado, pero nada me impide escribir repetidamente sobre acontecimiento de tanta enjundia, por el que todos pasaremos y ninguno tendremos oportunidad de contemplar con nuestros propios ojos. Hay una frase genial de Borges, que me gusta citar: “¡Ah, la muerte, qué cosa tan novedosa, no creo que a mi edad debiera permitírmela”.

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Balada de otoño

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Otoño, con melancolía de canción de Serrat, buscando en los cajones del tiempo, todo tan cambiado y siempre igual, haciéndome viejo sin sentirlo, muriendo de asfalto, viviendo de milagro, caminando por las mismas calles, atropellado por los mismos coches, mirando a las mismas mujeres que caminan delante de mí, saltándome semáforos, respetando semáforos.

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El premio

(Tiempo de lectura: 2 - 3 minutos)

El Planeta es el premio perfecto. Solo tiene un pequeño fallo: en lugar de concederse el 15 de octubre, día de Santa Teresa, patrona de los escritores (el motivo no es ese, sino que la mujer de José Manuel Lara, el patriarca del emporio editorial catalán, se llamaba Teresa), debería darse la noche del 5 de enero. Lástima que fecha tan señalada ya la tenga cogida otro galardón de postín, el Nadal.

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Los cuerpos

(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Estimulado por la lectura amena y jugosa del libro de Rafael Argullol, Una educación sensorial. Historia personal del desnudo femenino en la pintura, cruzo el trayecto que separa mi casa en Chamberí del Museo del Prado. La mañana de sábado de otoño tiene bastante de verano a destiempo. Llevo la intención de detenerme en algunos de los cuadros que reproduce Argullol en su ensayo. Asegura el autor que descubrió el cuerpo femenino en la adolescencia a través de una historia del arte propiedad de su abuelo. Hoy sería impensable algo así, porque la constante proliferación de imágenes abiertamente eróticas, cuando no pornográficas, ha hecho que se endurezca nuestra mirada. Es poco imaginable que la contemplación de una Venus rolliza, una Diana o una Afrodita nos exciten. Y es lástima que no sea así, según da a entender Argullol en su encantador viaje literario por los dominios donde la pintura se torna descaradamente carnal. Sería bonito olvidar nuestra educación artística y reaprender las primeras letras del gusto y el regusto sensual, dejándonos llevar por la sugestión y el encantamiento. Tal vez el arte, con teta y culo entre mejor.

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