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El fenómeno del pauperismo en la Revolución Industrial

Las extremadamente duras condiciones de trabajo y vida que sufrieron las clases trabajadoras en la Revolución Industrial generaron un fenómeno de pauperismo completamente nuevo en la Historia.

Antes de los cambios de todo tipo generados por el nuevo sistema de producción fabril las diferencias sociales eran, por su supuesto, considerables. La economía preindustrial generaba periódicas crisis de subsistencias provocadas por la estructura feudal o tardofeudal de la propiedad de la tierra, el consiguiente atraso tecnológico que generaba bajos rendimientos conjugados con la meteorología adversa y las guerras provocando malas cosechas, elevaciones de precios, hambre y mortalidades catastróficas con el concurso de las pestes y epidemias. Esas crisis terminaban repercutiendo en la industria artesanal urbana y en el comercio, fomentando la miseria y las situaciones de intensa calamidad. Pero en el Antiguo Régimen existían mecanismos que intentaban mitigar estos efectos aunque con resultados desiguales, y que funcionaban a través del control económico de los Estados (acumulación de granos, tasas en los precios, ordenanzas de todo tipo), la labor asistencial de las Iglesias y la cobertura gremial. Todo esto sufrió un duro embate con la llegada del Estado liberal y la filosofía contraria a la intervención entre el capital y el trabajo, unido al desmantelamiento de las instituciones de caridad eclesiástica, especialmente del mundo católico, por asfixia económica derivada de los procesos desamortizadores, además de la abolición del sistema gremial. Las condiciones laborales fabriles se tornaron durísimas frente a las existentes en el gremio o la manufactura real: bajos salarios, nula cobertura ante los riesgos derivados de la vida o del mercado laboral, jornadas interminables en centros fabriles sin higiene, viviendas insalubres, escasa y nada variada alimentación, aumento del alcoholismo, sin olvidar la explotación de los niños y de la mujer al implantarse el discurso y la práctica de la división sexual del trabajo. Cuando se producía una crisis económica el panorama adquiría un panorama dantesco.

Ya en pleno proceso de cambio productivo algunos teóricos de la economía política fueron conscientes de lo que estaba ocurriendo. En este sentido, es fundamental la figura de un hijo, eso sí crítico, del liberalismo económico. Sismondi en 1827 afirmaba que la producción aumentaba mientras el bienestar disminuía. Era la formulación de la contradicción de un nuevo sistema económico antes de que la formulara Marx de forma exhaustiva. Los nuevos adelantos tecnológicos generaban un vertiginoso aumento de la riqueza, nunca visto en toda la historia de la humanidad, pero, en contraposición, aumentaba el número de personas que caían en una situación que rozaba la indigencia, a pesar de ser ellos los que creaban dicha riqueza. Pero, además, se daba la circunstancia de que, precisamente por las transformaciones productivas, las crisis ya no eran de subsistencia, sino de superproducción, es decir, ya no se padecía carencia de alimentos y, además, había significativos avances médicos e higiénicos, pero los trabajadores no podían acceder ni a unos ni a otros.

La constatación de la novedad de este grave problema llevó a los primeros intelectuales sensibles, muchos de ellos en el seno del socialismo utópico, a plantear la cuestión en términos económicos, aunque con gran carga moral, para intentar comprender cuáles eran los mecanismos que provocaban que la organización económica y social no funcionaba adecuadamente, y de qué manera se podían solucionar para evitar el verdadero desastre que padecían amplísimas capas sociales de la nueva era industrial.

Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.