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Taboureau de Montigny en los enragés

Los enragés constituyen un grupo harto interesante en la Revolución Francesa. Coincidiendo con el mundo de los sans-culottes van más allá de la reivindicación popular para dar un contenido ideológico más estructurado a la protesta social, aunque con muchas limitaciones teóricas aún.

Enragé quiere decir en castellano, rabioso o furioso. Los enragés actuaron con esa energía en un momento clave de crisis de la Revolución, el momento de la crisis de subsistencias de la primavera de 1792, que abrió el proceso para la caída de la Monarquía en el mes de agosto y la llegada de la Convención.

No vamos a estudiar la actuación de los enragés en este trabajo. Por el contrario, nos fijaremos en uno de ellos: Taboureau de Montigny, de Orleáns. Se trata de un personaje no muy conocido, frente a un Jacques Roux, hasta que Albert Mathiez nos los descubrió allá en 1930 en un artículo titulado “Un enfurecido desconocido Taboureau de Montigny”, publicado en AHRF (Anales de la Revolución Francesa), y que podemos conocer más directamente gracias al blog histórico de Claude Guillon en 2014, y que podemos consultar en la red. También George Lefebvre le dedicó atención específica.

Taboureau de Montigny elaboró en plena crisis de 1792, un Proyecto de Ley relativo a los alimentos, que fue enviado a la Convención en octubre. Interesa el texto porque condensaría las demandas populares urbanas en este momento fundamental de la Revolución. Para Lefebvre vendría a ser una clara exposición de lo que se entiende por democracia social. Taboureau atacaba directamente las quejas de los terratenientes y los grandes capitalistas que intentaban quedarse con los víveres, adquiriendo un derecho sobre la vida y la muerte de los seres humanos. La justicia natural establecería límites al beneficio de la propiedad. Si el trabajo era, siempre según el autor, el medio para recuperar la porción de bienes que se habría concedido por el “tribunal del derecho natural” (el estado de naturaleza) era lógico que el Estado diera a cambio de ese trabajo el equivalente a lo perdido. Toda esa pérdida a causa de la transmisión de la fortuna hereditaria sería igual a la suma de las necesidades básicas, sobre el total de las cuales debía fijarse el importe mínimo del salario. De ahí la necesidad de que se elaborase una ley compensatoria que subiese el salario al nivel del precio de los víveres, o que se bajase ese precio al nivel del salario. El autor denunciaba la afirmación de que no había recursos naturales para abastecer a todo el mundo. El aumento de los indigentes no era por eso, sino que procedía de la desigual distribución de los productos en las distintas clases sociales.

Taboureau consideraba fundamental el control sobre los víveres de la nación frente a la libre circulación del grano, todo lo contrario que venía defendiendo la Ilustración y luego el liberalismo económico. Si no se realizaba ese control se favorecía el fraude. El acaparamiento de productos, una práctica bien conocida por los historiadores en la economía agraria preindustrial con el fin de obtener un beneficio artificial, era para nuestro autor un delito gravísimo penado con la muerte. Las cosechas debían ser declaradas bajo pena de confiscación si no se hacía. El objetivo era evitar la subida del precio del pan. Tampoco se debía permitir que los vendedores o particulares almacenar reservas de grano. En cada ciudad se establecería un almacén nacional, una especie de pósito para almacenar públicamente el grano. Además, se fabricaría un solo tipo de pan, con trigo y centeno.

Es importante destacar que este sistema reglamentado tenía mucho de la práctica del Terror que, en esos momentos, comenzaba. El afán de enriquecerse era algo muy grave para estos sectores sociales e ideológicos en la Francia revolucionaria y su persecución incluía la pena de muerte porque se estaba jugando con el hambre y la vida de la población. No hay, por supuesto, un análisis profundo sobre el origen de la desigualdad social, asociado a la existencia de la propiedad privada, pero, sí plantea la necesidad del control público para corregir sus efectos, algo muy propio de los sectores más o menos radicales en la Revolución Francesa.

El problema de este Proyecto tenía que ver con la dificultad de conseguir el abastecimiento adecuado de los pósitos o almacenes públicos cuando se presentaban problemas de malas cosechas, ya que no se estipulaban requisas o expropiaciones de tierras y/o productos, porque la propiedad privada no se abolía. Por otro lado, parece que solamente había una preocupación urbana y no se planteaba a la situación rural. No olvidemos, en ese sentido, el medio geográfico de este grupo radical de los enragés.

Además del trabajo citado, hemos consultado el capítulo elaborado por Albert Soboul, “Utopía y Revolución Francesa”, en el tomo correspondiente a los orígenes del socialismo en la obra dirigida por Jacques Droz, Historia General del Socialismo, publicada en España por Destinolibro en 1979.

Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.