Quantcast
ÚNETE

La creación de las democracias populares en Europa

El proceso de creación de las democracias populares a partir de la finalización de la Segunda Guerra Mundial fue, en realidad, una sovietización, si se nos permite el término, de un conjunto de Estados europeos, y que culminaría en el año 1948 con la toma por el poder en Praga por los comunistas vinculados al Kremlin. Checoslovaquia fue el último país en este proceso, ya que Polonia, Hungría, Rumania, Bulgaria y Albania, en procesos similares, pero de forma más rápida, ya habían caído en la órbita soviética, comprometiéndose claramente su independencia real. El caso yugoeslavo fue especial, como también lo sería el de la RDA. En cuatro años, después de la derrota nazi, los países señalados conformaron el bloque conocido como el de las democracias populares. El proceso que condujo a la implantación de este modelo político y social ha sido considerado por algún historiador como una media revolución, y una media conquista, algo bastante inaudito.

La presencia del Ejército Rojo en toda esta amplia zona europea es un factor clave para entender este proceso. Fue el respaldo fundamental para los comunistas locales de cada país a la hora de conquistar el poder y asentarse en el mismo. Para obtenerlo se partía de un modelo bastante semejante en todos los lugares, con adaptaciones propias de la especificidad de cada país. Comenzaba con el control de los ejércitos nacionales, de los ministerios del Interior (policía), y de la Información, así como de los servicios secretos. De esa manera, de forma más rápida o más lenta, según cada caso particular, se consiguió instaurar el régimen de democracia popular. En cierta medida, se estaban adaptando a la nueva situación, las estrategias de toma de control de los resortes del poder que diseñó en su día Lenin.

Entre 1944 y 1945, dependiendo de los países, y de cuando fueron liberados del yugo nazi, la constitución de gobiernos de coalición de todas las fuerzas políticas hizo posible el ascenso de los partidos comunistas a lugares de decisión política. Estas formaciones eran claramente minoritarias en todos los países liberados, es decir, había una desproporción entre su posición en los gobiernos y su peso real en las distintas sociedades. Los comunistas precisaron en estos primeros momentos de acuerdos con los otros partidos políticos, ya fueran de izquierdas, como los socialistas, ya de centro como los liberales o los agrarios. Poco a poco, al ir controlando los resortes del poder, y al ir implantándose reformas agrarias añadirán una nueva influencia.

Los partidos comunistas comenzaron a emplear una estrategia política contra cualquier obstáculo a su ascenso al poder, empleando el argumento o acusación contra los adversarios políticos de connivencia con los ocupantes nazis, recién expulsados, un arma muy poderosa, habida cuenta de los horrores cometidos por los ocupantes alemanes. Se irá apartando a los que no colaboraban y no fue extraña hasta la eliminación física. Esta política sería empleada también contra las confesiones religiosas. Los partidos no comunistas, muy debilitados, y divididos en su propio seno, terminaron por rendirse sin casi presentar oposición seria, incapaces de coordinar una acción conjunta de resistencia, sin olvidar el abandono occidental.

En apariencia se mantenían los elementos visibles de la democracia: existencia de partidos políticos, y elecciones aparentemente libres, pero solamente pretendían esconder un proceso claro encaminado hacia el totalitarismo. Los comunistas irían dominando las candidaturas a través de los conocidos como "frentes patrióticos", o "frentes nacionales", que aglutinaban a varios partidos. Cuando la farsa democrática ya no sea necesaria se terminó con ella.

Pero esta tendencia no sólo se dio con la pluralidad de formaciones y opciones políticas, sino, también, en el seno de los partidos comunistas locales. El sistema de depuraciones y purgas estalinistas se aplicó con rigor sobre cualquier elemento o sector disconforme con la evolución política o con las decisiones tomadas. Las técnicas empleadas en la Unión Soviética por Stalin encontraron en estos países un nuevo lugar para desarrollarse.

Las Constituciones que se dotaron estos Estados conservaron la relación de derechos y libertades al estilo de los ordenamientos constitucionales occidentales, pero perdieron su valor desde el momento en el que se terminó con la pluralidad política, y el voto dejó de ser secreto. Eran derechos que no se garantizaban. Era muy atractivo mantener cartas de derechos, pero eran papel mojado.

La Unión Soviética estableció dos modelos de relación con los Estados europeos del Este. Uno se aplicó a los considerados como países aliados en la guerra. Estos países fueron Polonia, Yugoslavia y Checoslovaquia. El segundo modelo se aplicó a los considerados enemigos en el pasado por haber estado cerca de los alemanes: Rumania, Hungría y Bulgaria. Sobre los primeros países se ejerció una política económica de imposición de medidas nacionalizadoras de los medios de producción y bienes privados. Los segundos, incluyendo la parte oriental de Alemania, sufrieron un verdadero saqueo económico a través del pago de indemnizaciones, y la creación de compañías mixtas en beneficio de los intereses soviéticos. Se estaba implantando un nuevo modelo económico, y se estaba liquidando a las burguesías locales.

La situación en la que había quedado la Unión Soviética después de la guerra no permitió que pudiera ofrecer mucha ayuda a los países de Europa del Este. Estados como el polaco y el checoslovaco pretendieron ser admitidos dentro del Plan Marshall, pero la URSS no estaba dispuesta aceptarlo. Moscú ejerció su poder y no pudieron acogerse a la ayuda norteamericana.

La URSS se dedicó a ejercer una política económica de verdadero expolio en toda la zona, como apuntábamos más arriba, estableciendo monopolios de importación de productos que necesitaba. Esta política afectó gravemente a las economías de todos los países. En todo caso, la industrialización de zonas anteriormente solamente dedicadas a la agricultura se desarrolló con cierta rapidez.

Las nuevas democracias populares serían, en teoría, países soberanos independientes, aunque, en la práctica, muy mediatizados por las decisiones de Moscú. Stalin dispuso de una amplísima libertad de acción sobre toda esta inmensa zona de control en Europa, y que se ejercería cuando, como en Polonia, Hungría o Checoslovaquia intentaran cambios internos en un sentido liberalizador.

Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.