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Las primeras impresiones socialistas ante la dimisión de Primo de Rivera y el nuevo tiempo político

En este artículo nos acercamos a las primeras impresiones de los socialistas ante la caída de Primo de Rivera, todavía sujetos a la censura y a la falta de libertades para expresarse. Los socialistas se decantaban por una clara apuesta democrática, además de otras consideraciones sobre el sistema corporativo y las alianzas políticas con los republicanos, que pueden ayudarnos a precisar más las posturas del PSOE en un momento clave de la historia contemporánea española, y que generarían un intenso debate interno.

El Socialista (nº 6545) comentó la dimisión de Miguel Primo de Rivera el 28 de enero de 1930. Los socialistas eran conscientes de la importancia histórica que se estaba viviendo, creando grandes expectativas. Se detectaba un interés general en regresar a la normalidad constitucional para resolver los problemas existentes. Eran unos deseos que compartían. Por su parte, siempre según el órgano socialista, los partidarios de las dictaduras estaban decepcionados porque creían que estos sistemas constituían el remedio para curar los males políticos de los países. La libertad y la democracia no servían, o perturbaban la vida política y social. Ese había sido el espíritu que había imperado durante la Dictadura de Primo de Rivera. Pero se habían despertado de la “pesadilla”.

El periódico socialista señalaba que parecía, según los defensores de la Dictadura, que se habían solucionado algunos problemas: el sindicalismo, el saneamiento financiero, o el del regionalismo. Aunque se quería ser cauto, y creemos más que nada por la censura, los socialistas opinaban que las derechas habían tenido mucho éxito en intentar hacer creer a la opinión pública que no había más problemas que los generados por los sindicalistas, en implícita referencia a los anarcosindicalistas.

En el siguiente número de El Socialista se hacía un análisis más detallado. El final de la Dictadura de Primo de Rivera había producido un alivio general, como se había expresado anteriormente, pero, en realidad, los problemas seguían ahí. No bastaba con el fin del régimen. Los socialistas recordaban que su objetivo no sólo era cambiar el régimen político, sino transformarlo también económicamente, frente al privilegio. Pero, además, el socialismo para desarrollarse necesitaba un régimen de plena libertad y democrático. Por eso, no se estaba de acuerdo con la solución que se había arbitrado para arreglar el conflicto generado por la Dictadura, que solamente satisfacía a la burguesía y a las derechas. Recordemos que el rey había llamado a Dámaso Berenguer para hacerse cargo del poder, inaugurando lo que se ha conocido como la Dictablanda.

El régimen de libertad que se perseguía no debía ser por concesión sino conquistado con el esfuerzo de los trabajadores. El artículo de la redacción hacía un ejercicio sobre la importancia de la conciencia de clase, y sobre la tarea socialista en favor de la democracia en un sistema sin privilegios de clase, políticos ni económicos.

En el número del primero de febrero se incluía otro análisis sobre el final de la Dictadura, que había terminado sin violencia después de seis años y medio, algo poco común en este tipo de regímenes políticos, que se sustentaban sobre la propia violencia por muy paternalistas que fueran. La Dictadura de Primo que había conseguido sobrevivir a conjuras y hasta a una rebelión militar, había terminado como lo habían hecho otros gobiernos de una forma antigua como en la época de Fernando VII o de su hija Isabel II.

Por ahora no se podía hacer balance del régimen porque seguía funcionando la censura, aunque llegaría el momento, pero lo que los socialistas querían demostrar era que no se podía gobernar dando la espalda a la democracia.

El Gobierno de Berenguer tenía que abolir la censura y restablecer la Constitución, y en un breve plazo, precisamente, porque la Dictadura había durado mucho y nunca había debido producirse. En este sentido, es más interesante el largo artículo de opinión, que se publicó en el número del domingo 2 de febrero, sobre lo que debía hacer el nuevo ejecutivo. Interesa porque trata uno de los temas que está relacionado con la polémica sobre la relación entre el socialismo y la Dictadura de Primo de Rivera en la cuestión laboral a través de los Comités Paritarios.

El Socialista se hacía eco de las opiniones vertidas por la Junta Directiva del Círculo de la Unión Mercantil y por El Debate pidiendo al nuevo gobierno que eliminara rápidamente la Organización Corporativa, especialmente el diario católico que, por otro lado, no deseaba unas elecciones en un breve plazo de tiempo. Los socialistas no querían que se aboliese esta organización, aunque podía ser reformada, porque, como bien sabemos, fue un instrumento apreciado por el sindicalismo socialista para conseguir mejoras concretas para los trabajadores, en línea con la filosofía de este tipo de sindicalismo frente a la revolucionaria del anarcosindicalismo. A lo sumo, se pedía que los presidentes de estos organismos paritarios fueran elegidos por los miembros de los mismos, ampliación de sus competencias, y obligado respeto a sus fallos. En todo caso, estos cambios debían ser aprobados por el Parlamento desde el momento que se había puesto fin a la Dictadura. Los socialistas insistirían en la defensa de los Comités Paritarios en otro artículo de opinión de El Socialista del 6 de febrero, como una conquista de la organización obrera.

Pero los socialistas planteaban también otros deseos fundamentales: la convocatoria inmediata de Cortes Constituyentes, para abril o mayo, y elegidas por sufragio universal de hombres y mujeres mayores de 23 años, aspecto a destacar en relación con la futura polémica sobre el voto femenino, en grandes circunscripciones, y por sistema proporcional para evitar el fraude electoral de base caciquil.

El argumento sobre la necesidad de dar un tiempo para que los partidos se reorganicen no valía para el PSOE. Los partidos con base ideológica, como el monárquico, el republicano o el socialista siempre estaban formados. Los que realmente necesitaban tiempo eran los caciques, por lo que no había que demorarse con el fin de impedir que el viejo sistema o tinglado electoral previo al golpe de septiembre de 1923 se recompusiese. En todo caso, en otro artículo (8 de febrero) se pedía que todos debían definir bien su ideología en el nuevo momento histórico, constatando que las derechas se estaban movilizando más rápidamente que las izquierdas no obreras.

Los socialistas también pedían que se dejasen sin efecto las sanciones anticonstitucionales que impuso la Dictadura, y todas las multas, devolviéndose las cantidades a los sancionados. También debían anularse la disolución ilegal de la Academia de Jurisprudencia, así como tenían que disolverse la Junta del Ateneo nombrada por el Gobierno frente a la elegida por los socios, así como el Centro de Dependientes del Comercio de Barcelona que detentaban ilegalmente los Sindicatos Libres. Por fin, tenían que dejar de tener efecto cualquier disposición tomada de forma dictatorial y que supusiese abusos de poder en perjuicio de colectividades o particulares. Por fin, tenía que decretarse un indulto general para los delitos políticos y sociales, que en su día el Parlamento debía convertir en una ley de amnistía.

Por otro lado, el PSOE pensaba, en la misma línea garantista, que el poder legislativo era el órgano soberano para disponer lo que estimase oportuno sobre la obra legislativa de la Dictadura. Por fin, se volvía a solicitar el levantamiento de la censura, y la restauración de las garantías constitucionales.

En el número del 4 de febrero, El Socialista planteaba, qué debía hacer el PSOE en la nueva etapa que se abría en España. Aunque los socialistas siempre habían dejado claro su programa político creían que debían reafirmar varios principios bien claros frente a la opinión pública.

En primer lugar, se apelaba a la prudencia a la hora de definir alianzas políticas, por supuesto ninguna con fuerzas monárquicas, ni con los liberales, a los que se les acusaba de haberles faltado una verdadera conciencia liberal y resolución para defender las libertades en su día. Habría practicado muchas claudicaciones y traiciones a la causa de la libertad fortaleciendo a la reacción. En este aspecto, el Partido seguía su línea clásica contra los liberales, como se puso de manifiesto en algunos momentos claves de la época constitucional o frente a Canalejas.

En relación con los republicanos, el artículo era muy cauto, reflejando, a nuestro entender, la división interna socialista en este tema, ya que no se negaba la posibilidad de llegar a acuerdos con los mismos, pero siempre que sus fuerzas se reorganizaran, se disciplinaran y dieran una sensación de seriedad, sin caudillismos antidemocráticos. Los socialistas eran muy críticos con uno de los males de las fuerzas republicanas, donde había muchos personalismos enfrentados. El camino para que los socialistas convergiesen con los republicanos era todavía muy largo, y no llegaría hasta el otoño.

Sobre estas cuestiones sigue siendo imprescindible consultar a Santos Juliá, Los socialistas en la política española, 1879-1982, Madrid, 1997.

Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.