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La postura socialista sobre los barrenderos en Madrid a mediados de los años veinte

En 1927 se planteó en el Ayuntamiento de Madrid una reorganización del servicio de limpiezas, que provocó en el socialismo una serie de consideraciones sobre los barrenderos que pasamos a analizar en este artículo.

El periódico El Socialista se preguntaba en qué iba a consistir la reforma de este servicio, si se iba a aumentar el personal para poder prestar mejor el servicio o si se iba a aumentar o mejorar el material de limpieza que estaría anticuado y, por fin, ¿cuál sería el coste de la reforma? Los socialistas afirmaban que hasta la fecha no se habían puesto en marcha en los servicios municipales más que aquellas reformas que se consignaron en el presupuesto de 1923, que a su juicio se había hecho muy bien gracias a la vigilancia de los concejales socialistas.

Los socialistas afirmaban que la reforma se estableciese a través de un plan “técnicamente bien formado” para que los recursos de los ciudadanos se invirtieran de forma eficaz. Pero, desafortunadamente, pensaban que no existía dicho plan.

En realidad, desde 1924, y siempre bajo la opinión del periódico obrero, se estaba hablando de reorganizar los servicios municipales, pero no se habría hecho nada. La causa era que se hablaba mucho de esta cuestión, pero a la ligera, sin ese plan previo. No parecía el lugar para plantear de forma general lo que había que hacer, pero el periódico si quería dejar claras dos cuestiones relacionadas con el anuncio del alcalde madrileño.

Al parecer, el alcalde había anunciado que iba a dar la orden a los barrenderos para que no circulasen por las calles con su indumentaria de trabajo fuera del servicio. Los socialistas se preguntaban si el uniforme de los barrenderos hería la sensibilidad de la gente en la calle o en el tranvía. La indumentaria de estos trabajadores no sería más o menos modesta que la del resto de muchos trabajadores. Bien era cierto que esos uniformes podían llevar las “miasmas” y esa podía ser una razón poderosa para impedir su uso fuera del trabajo, pero había otras profesiones en esa tesitura. Los socialistas no querían oponerse a la reforma, pero pedían al alcalde que se fijase en la trascendencia de la medida, es decir, en las consecuencias de la misma.

Esta afirmación tenía que ver con que había que fijarse que eran unos trabajadores modestos con salarios muy bajos, entre las 2’5 y las 8 pesetas, y que no daban para ni comer, vestir y pagar la vivienda. Muchos barrenderos no tenían más ropa que el uniforme o, a lo sumo, otro traje, generalmente de mala calidad, para los domingos y días festivos. Este aspecto tenía que tenerse, por lo tanto, en cuenta, y si se ponía el cambio en marcha el Ayuntamiento debía satisfacer los gastos que reportaría a los barrenderos.

Pero, además, había otro problema, la falta de departamentos para cambiarse de ropa porque la mayor parte de los Parques eran solares al aire libre.

Por fin, había otro aspecto a tener en cuenta. Si la medida se establecía por motivos de higiene había que tener en cuenta que la suciedad también se pegaba al cuerpo, a la piel. En consecuencia, en beneficio de estos trabajadores y de sus familias habría que obligarles a ducharse al terminar la jornada. Por eso había que habilitar secciones de baños o duchas para que los trabajadores pudieran asearse gratuitamente.

La segunda cuestión tenía que ver con el rendimiento de estos trabajadores que se decía muy bajo porque eran trabajadores de elevada edad, pero esa afirmación tenía que ser confirmada con una estadística que no existía, denunciaba el periódico socialista.

En conclusión, los cambios debían establecerse después de un análisis detallado. Hemos consultado el número 5718 del 2 de junio de 1927 de El Socialista.

Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.