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Ferdinand Lassalle y sus sociedades voluntarias (1825 1864)

Ferdinand Lassalle es un personaje contemporáneo de Karl Mark y de Friedrich Engels, probablemente eclipsado por la revolución comunista, como lo han sido todos aquellos teóricos del socialismo dado lo mediática de la revolución Rusa y su consecuente guerra fría. Ello supuso un largo suspense que tuvo en vilo a la humanidad durante décadas. Ningún teórico del socialismo se ha salvado de ello, ni Saint Simon, ni Schultze Delitzsch, ni tampoco Ferdinand Lassalle, el protagonista de estos párrafos.

Estos dos últimos, Schultze Delitzsch y Ferdinand Lassalle son contemporáneos de la conocida pareja Marx-Engels y no solo en el tiempo, sino que también lo son en el espacio, dada su condición alemana. Los tres completan un amplio espectro de respuestas al problema del proletariado o, en palabras más actuales, del mal reparto de la riqueza que hace de la clase trabajadora un sector en precario. Problema social y político que ha sido el reto de los últimos tres siglos y que hoy por hoy no tiene una respuesta plenamente satisfactoria, pero que sin duda la llamada socialdemocracia ha sido la cura que lo ha resuelto hasta la fecha.

La revolución comunista parece haber fracasado y sus seguidores son hoy una pequeña fracción poco significativa y parecen marcados por un nostálgico romanticismo más que por aquella fe inquebrantable que tuvieron en su momento. El revisionismo de los escritos de Marx se relaciona mas con una escuela de pensamiento que con las soluciones originarias de aquel que, junto con la estructura filosófica de Engels, desarrollaron los mimbres de la solución comunista.

Ferdinand Lassalle es un teórico del socialismo, aunque se le conoce más como el artífice del muy exitoso partido socialista alemán, actual SPD, que no solo tiene el mérito de ser el partido político democrático mas antiguo de la historia, sino que es en la actualidad el mas influyente de los partidos socialistas europeos por mucho que ahora no estén en su mejor momento, que es tanto como decir que lo es también del mundo. Este éxito eclipsa el resto de méritos que este personaje pudiera tener, que los tiene.

Fue capaz de reunir a la masa obrera alemana, alma del partido que fundaría, y de ser el autor del “manifiesto obrero”, que una vez mas quedaría en un segundo plano, detrás del Manifiesto Comunista de Marx y Engels, y además tuvo energías para hacer crítica e intentar ajustar la constitución alemana en época de Bismarck a la realidad que vivía el país.

Abogado, político, teórico del socialismo, constitucionalista muy cercano al pensamiento de Montesquieu en la idea de ajustar la leyes a las necesidades reales de cada nación fue, además, un pésimo duelista que a la postre sería la causa precipitada de su muerte, impidiéndole llevar a cabo todas las iniciativas en lo intelectual y en lo político que pudiera tener en mente. Murió con apenas treinta y nueve años por una dama de la que al parecer estaba enamorado y en ello me recuerda la triste historia de Galois que murió también en duelo a pistola sin apenas tiempo para garabatear la noche anterior, en unas cuartillas, el embrión de lo que hoy conocemos por álgebra moderna o abstracta, nada más y nada menos. Aunque en el caso de Galois parece que la culpable fue una irredenta coqueta, más que el amor de una vida.

Estos tres personajes, Schulze Delitzsch, Ferdinand Lassalle y la pareja que forma Marx y Engels se me presentan a modo de completo espectro de soluciones al socialismo, es decir que responden a lo que el socialismo debe de ser. Desde la visión menos exigente de Schulze Delitzsch, a la más radical de Karl Marx. Dicho de otra manera, los tres proponen un programa de máximos para la solución al problema del proletariado. Así como lo que hoy se conviene en llamar socialdemocracia acomete el problema del mal reparto de la riqueza de una manera indirecta, es decir a posteriori mediante una re-distribución de los recursos haciendo uso de las prerrogativas estatales como la sanidad, la educación pública, el subsidio de desempleo o el sistema público de pensiones, estos autores sin embargo dan una solución “ex ante”, es decir abogan por un reparto de la riqueza justo, los dos primeros mediante un correcto reparto del capital de las empresas y en el caso de Marx mediante una revolución basada en la confrontación de clases, motor de la historia según su pensamiento y que también solventa el problema del mal reparto de la riqueza en su origen haciendo uso de la potestad del Estado y planificando todos los aspectos económicos. Se atreven a dar soluciones definitivas, finalidades en sí mismas alejadas de lo que hoy llamamos Estado del Bienestar, pues éste es reconocido como una manera subsidiaria de solucionar los problemas, siendo, además, susceptible de ser revertido tal y como se ha visto estos últimos lustro y que han acabado generando la conocida crisis o Recesión de 2007.

La actual socialdemocracia tiene como objetivo el paliar los síntomas de una mala distribución de la riqueza en origen, es decir parce como si hubiera renunciado a tratar la enfermedad subyacente y se limitara al tratamiento subsidiario o paliativo, y claro, cuando nos limitamos a tratar los síntomas la enfermedad queda latente pudiendo, ante cualquier oportunidad que le demos, aflorar con toda su crudeza. Esto es lo que ha pasado después del éxito arrollador de los años setenta y ochenta. Con la aparición de Margaret Thatcher y Reagan hemos vuelto a una cultura conservadora o mal llamada liberal de nuevo cuño a la que se le ha puesto el nombre de neoconservadora, neoliberal o neocon … para abreviar. La izquierda la hizo suya, cediendo la hegemonía cultural, es decir la iniciativa y abriéndose a la llamad “tercera vía”, que no ha sido más que un seguidismo de dichas ideas nada nuevas es decir, del conservadurismo más antiguo.

La solución propuesta por S. Delitzsch y F. Lassalle es que los trabajadores coparticipen plenamente en las empresas donde trabajan, para lo que es necesario que tengan una participación del capital de aquellas y para ello el primero propone la creación de sociedades crediticias cooperativas cuyo objetivo sea el proporcionar a los trabajadores los fondos necesarios para obtener una parte significativa del capital de las empresas para las que trabajan.

Estas cooperativas tendrían, pues, un carácter temporal que finalizaría una vez se consiga el objetivo perseguido, no producen ningún bien en el mercado sino que su objetivo es de autoconsumo de los propios trabajadores. Estas cooperativas no están enmarcadas hoy día dentro de la legislación como sociedades de capital que son las que aportan el valor añadido en los sistemas de producción, sino solo una herramienta para la obtención por parte de los trabajadores del preciado capital que será lo que les permita pasar de obtener un sueldo a obtener una renta por el trabajo.

La solución de S Delitzsch, que no tuvo el éxito deseado, es sin embargo una respuesta finalista o de programa de máximos, es decir, pretende dar solución completa al problema de la precariedad del proletariado y no un mero paliativo de los síntomas. Hoy día las cooperativas en general también suelen adolecer de estas limitaciones, suelen ser consideradas de autoconsumo y así tenemos los clásicos casos de las sociedades cooperativas de viviendas, o los molinos de aceite en coparticipación para los pequeños tenedores de olivos, o las fábricas en cooperativa para la producción de queso a las que se apuntan los pequeños ganaderos que, con el solo producto de la leche, no podrían subsistir, etc. A esto hay que sumar el carácter normativo local de dichas cooperativas, que quedan al margen del ordenamiento delas Ley de Sociedades de Capital, en donde se enmarca al conjunto verdaderamente nuclear de los medios de producción.

Sin duda, dentro del mundo de las cooperativas existen sonadas excepciones como empresas que si ocupan tanto por volumen como por calidad y variedad un puesto a destacar dentro del sistema de producción, como pudo ser en su día el Crédit Agricol francés o Mondragón en España. Pero ello es debido a que actualmente, y cada vez más este estilo de empresas enmarcadas en la moderna tendencia de democratización de la economía ocupan un lugar de mayor relevancia a cada paso.

Las cooperativas, ya sean en la visión de S Delitzsch resumidas al carácter financiero, ya sea en sentido amplio, no han conseguido el objetivo de llegar a ser la herramienta correcta dada su limitada naturaleza en lo temporal y a su carácter local y de autoconsumo.

Ferdinand Lassalle da un paso más en la misma dirección de coparticipación pero de una manera completamente general, se plantea el sistema empresarial con una “nueva sociedad mercantil”, que en lugar de estar dividida en acciones las cuales son susceptibles de compraventa, tienen la propiedad de la misma indisolublemente unida a sus trabajadores, de manera que el capital social sea propiedad de las personas empleadas en ella. Algo así como que capital y economía real sean las dos caras de una misma moneda. Rechaza por la base éste nuevo feudalismo que podríamos llamar “latifundismo de capital”, atando propiedad y trabajo de un modo semejante a la atadura que hoy existe entre ciudadanía y soberanía que impide que hoy haya perdurado ese latifundismo de soberanía que se ha traducido durante siglos en las monarquías tradicionales y absolutistas. Es decir que el capital es al trabajador lo que actualmente la soberanía es al ciudadano, idea sencilla y en clave de derecho fundamental.

Este es el concepto que para mí es lo revolucionario de Lassalle, tales sociedades a las que él denomina “sociedades voluntarias” harían buena la idea de Marx de que el problema radica en la propiedad de los medios de producción de manera que el trabajador cobra un salario que siempre tiende al de subsistencia, en lugar de obtener el conocido concepto de “rentas del trabajo, problema que quedaría resuelto con aquellas.

Lassalle genera una idea que soluciona el problema del reparto de la riqueza “en origen”, dejando obsoleta la idea de tener que redistribuir a posteriori, que a la postre es la labor que hace nuestra actual socialdemocracia, pero en lugar de otorgar la propiedad de los medios de producción al Estado como hace el comunismo, en un giro de ciento ochenta grados, hace descansar tal propiedad en los trabajadores.

Lassalle tiene muy pocos escritos y sus “sociedades voluntarias” son apenas nombradas, adoleciendo de una teoría general o de un cuerpo intelectual completo como es el caso de las teorías de Engels que suponen un marcó general a los escritos de Marx, el cual desarrolla sus ideas larga y explícitamente, como es el caso del conocido El Capital. Todo ello se acrecienta con la urgencia que a él supone las necesidades de la Alemania de la época, y ello hace que se centre más en los necesarios cambios de la Constitución y en la creación de un partido con el que poder realizar dichos urgentes cambios. Para terminar de entender lo exiguo de sus escritos respecto a su visión socialista, está su temprana muerte.

Hemos de intentar recoger sus ideas en bruto y desarrollar una teoría completa, puliendo y sacando lo mejor de sus planteamientos, cosa que él no pudo llega a hacer.

Como ya ocurrió con Galois del que sólo heredamos unas emborronadas cuartillas hechas con prisa en la celda en donde pasó la noche anterior a su muerte, cuartillas que sólo el tiempo acabaría desarrollándolas en todo su potencial y con las cuales se lograría una nueva disciplina que acabaría canibalizando al conjunto de toda la matemática. Así, las sociedades de Lassalle también hay que desarrollarlas para ver a donde nos llevan.

Galois no sólo solucionó el principal problema matemático del momento planteado por Abel que no era otro que la solución a la ecuación de quinto grado (y siguientes), sino que abrió la puerta a una nueva manera de entender las matemáticas a través de estructuras y que excedía las matemáticas de la época, al final sería la propia matemática la que fuera entendida dentro de tales estructuras que él improviso en una larga noche para solucionar un problema concreto.

Y ésta dinámica suele repetirse en las ciencias más variadas, en donde a menudo para la solución de un problema concreto es necesario inventar una disciplina nueva, ese elevarse por encima del bosque y así tener una visión general y más completa que nos permite hacer un “mapa nuevo”, elaborar una carta antes inexistente, plasmar una realidad que antes desconocíamos.

Las sociedades voluntarias de Lassalle son una nueva manera de ver el capitalismo, en donde el capital ya no es independiente de la economía real, ese capital que históricamente es un bien al margen de la realidad empresarial y que en muchas ocasiones es propiedad de quien no tienen contacto ninguno con la producción, con la venta o con el valor añadido que producen a sus clientes y así el capital pasa a ser una mera inversión accesible mediante un mercado secundario y que proporciona una rentabilidad, como si dicha inversión fuera la de un banquero que tras conceder un préstamo exige un tipo de interés.

Actualmente estamos en un proceso de revisión, revisión de la socialdemocracia, revisión de los escritos de Marx, estamos en un proceso de escrutinio del escrutinio al releer a la escuela de Frankfurt, y creo que es hora de mirar a este personaje que, con una solución sencilla en su esencia y poco revolucionaria en sus formas es, a mi modo de ver, el método acertado del reparto justo de la riqueza y además la manera de hacerlo en origen, dejando la subsidiariedad de lo que llamamos el Estado del Bienestar en un segundo plano, necesario, pero en segundo plano.

No existe ningún problema importante para incluir estas sociedades de capital compartido dentro de nuestro ordenamiento jurídico en lo que llamamos Ley de Sociedades de Capital, no en los regímenes locales que es donde hoy se encuentran las llamadas sociedades cooperativas, es decir encuadradas en el centro de la actividad productiva.

El desarrollo del concepto de “renta del trabajo” a través de la congestión y de la coparticipación sería esa manera de potenciar y de dar sentido humano, social, y de justicia a las empresas y de llegar a obtener un sistema de producción diferente al actualmente llamado capitalista, sin cambiar lo esencial de los protagonistas que sin duda son a la empresa y el mercado.

Las ideas de tales sociedades voluntarias, lejos de cambiar lo sustancial del entramado productivo, realmente puede resumirse en un derecho concreto, que dicho capital no se separe al trabajo realizado en dichos centro productivos, todo el resto de la estructura quedaría intacta. En concreto, los mercados seguirían siendo el lugar en donde se realizan las transacciones económicas, sin la intervención del estado más que para la regulación necesaria que eviten su colapso, tal y como ocurre en el resto de las actividades.

Tampoco sería necesario cambiar al sujeto jurídico fundamental que seguiría siendo la empresa con personalidad jurídica propia para todo tipo de relaciones mercantiles. La empresa y no el individuo ni tampoco el estado es la entidad correcta para el manejo de la producción que sólo la imaginación humana es capaz de generar y que, sin duda es el motor y alma mater del progreso material del hombre. Son las empresas, desde las pequeñas y familiares hasta las multinacionales, el eje sobre el que pivota un desarrollo eficaz y motivador de la economía.

Tenemos en la propuesta de Lassalle una solución sencilla, factible y práctica en donde no es necesario el cambio (o revolución) del concepto del estado. La actividad económica quedaría enmarcada dentro de lo político, sin tener que destruir el estado o tener que inventar un marcó público nuevo, en palabras de Bruno Estrada … una Revolución tranquila.

En la actualidad hay todo un movimiento en tal dirección que se enmarca en el concepto de “Democracia Económica” y que no es más que ese ir adoptando la idea de que el trabajador ha de estar involucrado en la gestión de la empresa “per se”, de la misma manera y por los mismos motivos que lo publico tenemos el “contrato rousseauniano”, en los temas privados y mercantiles, es decir lo económico, deberíamos de adoptar el concepto de un “contrato laboral” distinto al actual que más parece un contrato mercantil en donde se intercambian trabajo u horas de empleo por un dinero estipulado.

Lassalle nos permite dar ese paso de solucionar el problema del mal reparto de la riqueza en origen, evitando lo pernicioso del actual sistema capitalista, yendo directamente al grano, sin la necesidad de reinventar ese estado que tanto nos ha costado conseguir y por el cual ni Marx ni Engels sentían demasiado aprecio.

Si se puede hacer una crítica al legado de Marx-Engels creo que sin duda es el haber terminado acabando con algo tan valioso como el entramado histórico, cultural y jurídico de lo que ha sido la construcción del estado democrático. Y creo que fue este punto concreto lo que supuso, en mi opinión, un fracaso anunciado para su teoría del socialismo científico. Ello ha supuesto, en mi opinión tambien, una losa para el desarrollo de la izquierda y un flanco abierto para la derecha y sus pujantes teorías neoconservadoras. Poder mantener dicho estado democrático, sin tener que renunciar a la precariedad de una clase trabajadora es el gran atractivo de este personaje polifacético y en mi opinión, genial.

La visión moderna y actual de estas tesis lassallanas y que se viene en llamar “democratización de la economía” y tiene un amplio espectro de seguidores como veremos.

La Internacional Progresista fundada en Vermont y sus conocidos y mediáticos líderes como Bernie Sanders, Yanis Varoufakis y un largo etcétera, las novedosas propuestas laboristas de John McDonnell, las nuevas maneras de enfocar el sindicalismo a través de la coparticipación, o la Plataforma por la Democracia Económica auspiciada por Manuel Escudero por nombrar también alguna iniciativa Española, son la viva muestra de que esta manera de ver el socialismo podría no ser pasajera.

No sería la primera vez que una iniciativa de este porte se pone en marcha, ya en los años ochenta la Suecia de Olof Palme puso el rumbo hacia la coparticipación de los trabajadores en las empresas públicas y en las privadas de cierta entidad. Sus exitosas soluciones se vieron truncadas con su asesinato (que parece ser a título personal y no relacionado con ningún sujeto económico o social, como se ha especulado en muchas ocasiones), pero que quedaron truncadas con la entrada en escena de los partidos conservadores en las siguientes elecciones. Sin duda generaron unos años de éxito sin precedente para la socialdemocracia y con avances en la mejora del desarrollo de la economía en dicho país nórdico, culminación de la edad dorada socialdemócrata. Todo ello quedó obsoleto con la cesión de las izquierdas a la “Tercera vía” de Tony Blair y de Gerhard Schroeder ante la pujanza neoconservadora.

Las leyes vigentes en Alemania, que provienen del período de la posguerra mundial en lo referente a la coparticipación de los trabajadores en ciertas áreas de los consejos de administración bien pudieran ser la causa de que una Alemania deprimida por las consecuencias de la guerra y por detrás en lo económico respecto a países punteros europeos como el Reino Unido y Francia, sea sin embargo hoy el paradigma económico del continente y se le venga en llamar la locomotora de Europa. Los llamados “Consejo ejecutivo” y “Consejo de vigilancia” de las leyes de 1951, 1976 y 2004 pueden ser una de las causas fundamentales de haber conseguido una economía estable y de haber evitado en gran medida los inconvenientes de lo que se ha venido en llamar la “globalización”

Dicho Consejo de Vigilancia no es otra cosa que la necesidad de que los trabajadores tengan el cincuenta por ciento del voto efectivo en las decisiones estratégicas de la empresa y por lo tanto la herramienta para poder bloquear cualquier decisión como la venta de la empresa o de alguna de sus secciones, la deslocalización de la misma, la compra de otras empresa o la externalización de operaciones, los cambios del domicilio social o fiscal, etc. La estabilidad que ello genera frente a la globalización es sencillo de ver.

En definitiva, Lassalle nos da la posibilidad de resolver el problema social que arrastramos desde hace siglos y no resuelto en la revolución francesa, que podemos resumir en saber si un contrato laboral rousseauniano es la solución en lo económico a lo que en su día fue el contrato social propuesto por Rousseau para los temas políticos.