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Raíces (Ermita de Santo Domingo, Romancos)

Hundir las manos en la tierra

como si nuestros dedos

fueran raíces, lenguas ávidas

que se nutren del fértil limo

o de las voces que palpitan

bajo las ruinas de los templos,

si espléndidos ayer

hoy ya desmoronados.

 

Volvemos al terruño, a la raíz,

al sentirnos en todas partes huérfanos.

Volvemos y buscamos

en lugares decrépitos señales,

huellas, vestigios, pistas de quiénes somos

para que nos ayuden a cargar

el peso de lo efímero,

afán de nuestros huesos.

 

Recorremos senderos ya olvidados

para sentir que somos parte

de algo mayor y más profundo;

visitamos ermitas arruinadas

sobre alcores comidos por las zarzas

en busca de respuestas.

 

Y en los muros vencidos por el tiempo,

en el tacto del verde fugitivo

sobre el gris inmutable de las piedras,

escuchamos la voz que nos revela

que la vida se erige sobre ruinas

y que no somos diferentes

al musgo, al liquen, ni a la hiedra…

Cuán frágil y cuán bella.

(Del libro El Arpa de Ur)

De la biografía de Sergio Iborra (1975), madrileño afincado en Rivas-Vaciamadrid desde hace más de tres lustros, cabe destacar que es licenciado en Economía y funcionario de la Comunidad de Madrid; dos rasgos circunstanciales pese a los cuales ha conseguido ser dramaturgo (y ocasionalmente actor teatral y de cortos cinematográficos), y ver publicados un par de poemarios (Discurso del Polvo, 329, Ed. Endymion; y El Arpa de Ur, 790, Ediciones Vitruvio), con los que espera no haber sido indigno de la milenaria tradición literaria en castellano.