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Jovellanos y la agronomía

En un artículo anterior estudiamos la enseñanza de la agricultura en el pensamiento ilustrado español hasta Campomanes. En este nuevo artículo nos centramos en Jovellanos, la figura más importante no sólo de la Ilustración española en general, sino fundamental en esta materia.

En el seno de la Real Sociedad Económica Matritense nació el texto más universal de la Ilustración española, el Informe sobre la Ley Agraria, encargado a Jovellanos, miembro de la misma. En esta obra realizó la defensa más elaborada de la enseñanza agrícola como uno de los medios para solucionar los estorbos de “índole moral o derivados de la razón” de la agricultura española. Este texto, además, asignaba a las Sociedades Económicas de Amigos del País un papel primordial en esta cuestión, junto con los párrocos y las cartillas rústicas o agrarias. Jovellanos planteó el problema del profundo desconocimiento de la agronomía y de las ciencias naturales en España y, siguiendo su característico espíritu pragmático, intentó buscar una solución adecuada para los medios de la época. Jovellanos se convirtió en la autoridad intelectual y en la referencia obligada de los proyectos y realizaciones educativas agronómicas hasta bien entrado el siglo XIX.

Para el asturiano, la ignorancia en materia agronómica era uno de los “estorbos de índole moral”, como hemos señalado, y que impedía el desarrollo de la agricultura. Jovellanos emplea el habitual método de pensamiento ilustrado, al comenzar por la Historia. Al parecer, este problema ya se podía detectar desde la época de la Hispania romana y, a partir de entonces, en toda la Historia. Para ello, citó a Columela, a Gabriel Alonso de Herrera y a Lope de Deza. Para superar esta endémica falta de educación partió de otro de los pilares ilustrados, el utilitarismo: la práctica sería preferida a la teoría. Se necesitaba enseñar las artes agrícolas, como sembrar, arar, estercolar, recolectar, limpiar las mieses, conservar y aprovechar los frutos. Pero Jovellanos no podía eludir que toda práctica se sustenta en supuestos teóricos porque, además, la agronomía necesitaba del concurso de muchas otras ciencias que, para complicar la cuestión, no eran tratadas en el sistema educativo del momento, tan criticado por los ilustrados. Si se implantaba el estudio de las ciencias naturales y exactas se podrían algunas bases del fomento de la agricultura. Las ciencias naturales servirían para conocer los productos y frutos, las nuevas semillas, las hierbas y plantas para cultivar, así como las especies animales susceptibles de ser aprovechadas. Por su parte, las ciencias exactas serían imprescindibles para la mejora de instrumentos, aperos, máquinas y para la economía agrícola. Además, los conocimientos científicos encontrarían aplicación práctica para los desmontes, desagües, riegos, conservación y empleo de los productos agrícolas, construcciones –molinos, bodegas, lagares…-, etc. Esta cuestión sobre la teoría y la práctica en la enseñanza de la agricultura sería un tema recurrente para la discusión durante todo el siglo XIX cuando se fue organizando la enseñanza media y superior de la ciencia agronómica.

La dificultad de enseñar los principios de la ciencia agronómica a los campesinos se convierte en la principal preocupación del pensamiento de Jovellanos en esta cuestión. El labrador, como el artesano, no se preocupaban de los grandes principios ni de la jerga científica, pero el saber podía transmitirse de los sabios a las clases productivas. El problema eran los métodos a seguir para conseguir esta difusión.

El primer medio de difusión de los conocimientos agronómicos necesitaría el concurso de los propietarios. Había que interesar a éstos en la ciencia. El interés o la vanidad podría conducirles a realizar ensayos y prácticas en sus tierras, aplicando lo aprendido, constituyendo un ejemplo que los colonos podían seguir. Parece como si Jovellanos estuviera pensando en el caso de la nobleza inglesa con sus experimentos y realizaciones prácticas en el terreno agronómico, pero tenemos que ser conscientes de que estamos tratando con dos tipos de nobleza y con dos situaciones económicas y políticas, la inglesa y la española, harto distintas, y que permitirían el triunfo del interés personal canalizado a través del enriquecimiento, posibilitado por cambios legales y de la estructura de la propiedad en el primer caso y que permitían el aprendizaje y aplicación de la nueva ciencia agronómica, frente al mantenimiento de leyes, privilegios y estructuras de la propiedad propias del Antiguo Régimen en el segundo caso, que no estimulaban, de ningún modo, la aplicación de las novedades científicas y técnicas. Pero, bien es cierto, que nuestro autor abogaba en la misma obra por la necesidad de profundas reformas estructurales en un sentido liberal, que estimularían el aprendizaje de esa nueva ciencia. Tenemos que tener en cuenta, que el asturiano fue el único autor que vinculó la revolución agraria, es decir, los cambios estructurales de la propiedad, con la revolución agrícola, es decir, la revolución tecnológica en los cultivos, aunque con algunas contradicciones, como en el caso del mantenimiento de los mayorazgos.

Otro aspecto importante del pensamiento de Jovellanos con relación a la nobleza tenía que ver con la necesidad de que los estamentos privilegiados se ganasen su puesto en la sociedad a través de la utilidad. Ya no valía la tradición para justificar una posición preeminente y privilegiada, se hacía necesario que adquiriesen conocimientos, como la economía política o la agronomía, en beneficio del Estado y de la sociedad.

Para enseñar a los propietarios no parecía preciso fundar seminarios especializados que serían onerosos para el erario. La instrucción pública debía incorporar parte de estos conocimientos porque, además, era consciente del anquilosamiento científico de la Universidad española. Así pues, proponía la multiplicación de institutos de enseñanzas útiles, con fuerte dedicación a las ciencias matemáticas y físicas, en las ciudades y villas, con financiación sobre fondos concejiles.

El siguiente medio sería la instrucción de los labradores. El autor era consciente de la dificultad de sujetarlos a un estudio sistemático de las ciencias. Lo que pretendía era que se elevase el nivel de instrucción básica de los mismos: aprender a leer, escribir y contar, algo, realmente, revolucionario y que tardaría siglos en producirse en España. Si los labradores tuvieran una formación mínima era más fácil emprender una labor de divulgación de las ciencias, adaptadas a su situación, es decir, despojándolas de todo el aparato y la jerga complicada y centrándose en una serie de principios simples o fundamentales. La vía más eficaz para la divulgación serían las cartillas agrarias o rústicas, con lenguaje y estilo sencillos, y preparadas para la comprensión de los labradores. En estas cartillas se enseñarían los métodos de preparación de las tierras y las semillas, las labores de siembra, coger, escardar, trillar y aventar los granos, de guardar y conservar los frutos y reducirlos a caldos y harinas, la descripción somera de aperos y máquinas de cultivo, así como sus aplicaciones prácticas y, por fin, los modernos adelantos para mejorar la producción agrícola. La idea de las cartillas se convirtió en todo un leit motiv sobre la enseñanza de la agricultura en España durante casi todo el siglo siguiente.

Las cartillas no serían explicadas en escuelas o centros educativos. Tampoco habría que obligar a los labradores a su lectura o consulta, es decir, se tenía que huir de cualquier medio coercitivo. La persuasión era el medio para que se convencieran de la utilidad de su estudio y de la aplicación de lo aprendido. Los propietarios y, fundamentalmente, los párrocos se convertían en los instrumentos para la persuasión. Jovellanos creía en el propósito ilustrado de que el clero colaborase en la empresa de difusión de las luces. No debemos olvidar que la publicación más importante del período sobre difusión de la ciencia agronómica, en España, iba destinada a los párrocos. Además, la Iglesia era la única institución que contaba con medios y personal en todos los rincones de la Monarquía.

El último medio estaría protagonizado por las Sociedades Económicas de Amigos del País. Para Jovellanos eran unos organismos susceptibles de mejorar, aunque no negaba sus logros y su celo desde sus respectivas fundaciones, especialmente, en la mejora de las artes denominadas en aquella época como útiles y en la agricultura. Se quejaba de que eran incomprendidas a causa de la pereza y la ignorancia, así como por la envidia, pero sus trabajos y memorias podían probar que habían sido casi las únicas instituciones donde las ciencias útiles y la técnica habían tenido un cauce de expresión. El optimismo hacia las Sociedades de Jovellanos es grande, a pesar de que escribe el Informe en una época de crisis de la Ilustración y donde se había detectado ya la decadencia de estas corporaciones. Pero el asturiano consideraba que eran las más indicadas para difundir por todo el reino la economía política y desterrar la ignorancia, porque solucionaban el problema existente entre la teoría y la práctica. Al estar repartidas por toda la geografía española y estar compuestas por propietarios, magistrados, literatos, labradores, mecánicos y artistas, es decir, una representación de las élites y las clases productivas y que aunaban la ciencia y la experiencia, reunían las dos características fundamentales para propagar los conocimientos considerados útiles, aplicables en cada zona.

Creemos que las ideas de Jovellanos vertidas en el Informe sobre la Ley Agraria terminaron por influir en que la Sociedad Económica Matritense se implicase unos años después en promover las cartillas agrícolas y en que se promoviese desde la corporación la primera red de cátedras de agricultura de España.