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Uniones en la derecha española


José María Gil Robles en un mitin. José María Gil Robles en un mitin.

Las derechas españolas entre la crisis del régimen liberal de la Restauración borbónica y la Guerra Civil experimentaron tres tipos de unión con características distintas en situaciones diferentes. En este trabajo intentaremos estudiar estos tres modelos. En primer lugar, ante el colapso del turnismo en la crisis del parlamentarismo con Alfonso XIII se optó por la formación de gobiernos de concentración, destacando, en este sentido, la figura de Antonio Maura. En la Segunda República, habida cuenta del sistema electoral, que primaba la unión, y por la potencia de las fuerzas republicanas y de izquierdas, amplios sectores de la derecha se inclinaron por la gran coalición de partidos que supuso la CEDA, dejando como minoritarias a las derechas más extremas. Por fin, en la Guerra Civil se estableció el tercer modelo que, en realidad, no tenía nada de pacto y sí de imposición por parte de Franco, con la creación de FET y de las JONS y la prohibición taxativa de que hubiera pluralidad de partidos en el bando sublevado, y luego en el régimen dictatorial.

El gobierno de concentración nacional de Maura

Los gobiernos de concentración nacional, después de la triple crisis de 1917 (militar, parlamentaria y social), supusieron el último intento de regeneración del régimen político constitucional español de la Restauración, pero llegaban en un momento en lo que solamente parecía viable ya la ruptura con el mismo. En principio, se pretendía que liberales y conservadores abandonasen sus enfrentamientos, tanto entre ellos, como en el seno de sus formaciones que, en realidad, eran más intensos, dada las rencillas entre los distintos líderes. Además, se apostó por introducir en los engranajes del poder a la burguesía catalana, representada por una Lliga Regionalista que había protagonizado el fallido intento de profunda reforma política de la Asamblea de Parlamentarios de Barcelona y que ahora veía con mideo el auge de la presión anarcosindicalista en Cataluña. Era la hora de participar en el gobierno del Estado. Eran momentos en los que pesaban más el alma burguesa que la catalanista.

Se nombraron muchos gobiernos de escasa duración. Entre 1917 y el golpe de Miguel Primo de Rivera se sucedieron hasta doce ejecutivos, destacando como presidentes del Consejo de Ministros el liberal García Prieto y el conservador Antonio Maura. Fuera de esta fórmula quedaban los republicanos y socialistas, ya que solamente admitían un cambio profundo y verdadero, y no una renovada apuesta por un regeneracionismo ya superado.

Pues bien, seguramente uno de los más destacados gobiernos fue el presidido por Antonio Maura a partir de marzo de 1918. La reaparición del político conservador parecía tranquilizar a los militares de las Juntas de Defensa y a la burguesía española, después de su ostracismo a raíz de la represión de la Semana Trágica. En su gobierno incluyó como ministro de Fomento a Cambó.

El político catalán apoyó un programa que pretendía una mejora del transporte en España, la extensión del uso del riego en el campo y una apuesta por la energía hidroeléctrica. Cambó opinaba que estas políticas no sólo tendrían una repercusión económica sino también de signo social. El problema era que el sistema político era muy poco partidario de una clara intervención del Estado en la economía porque eso suponía un endeudamiento, que no se estaba dispuesto asumir, y mucho menos una fiscalidad progresiva para sostener el gasto.

El gobierno de Maura estaba profundamente dividido y abocado al fracaso, y el factor Cambó fue determinante. Santiago Alba se enfrentó al político catalán porque consideraba que sus proyectos favorecían claramente a Cataluña y precipitó la crisis del ejecutivo. El día 9 de octubre dimitió de su cargo con la esperanza de que cayese el gobierno, obligando al rey a formar un nuevo ejecutivo aunque más progresista. Maura pudo capear el temporal momentáneamente, pero el día 27 de octubre el conservador Eduardo Dato hacía lo mismo que Alba aunque, en este caso, alegó problemas de salud. Pero, realmente, estaba liderando el descontento de un amplio sector de los conservadores por una mínima reforma de la imposición fiscal directa, emprendida por el gobierno y anatema para la oligarquía española, a pesar de ser algo muy epidérmico y no entrar en una profunda reforma fiscal que pudiera sufragar la intervención del Estado para poder transformar la economía y generar bienestar social. Atacado por los progresistas y por los más conservadores, Antonio Maura presentó su dimisión el día 6 de noviembre.

El fracaso de los gobiernos de concentración nacional fue el fracaso final, aunque hubiera que esperar al golpe de Primo de Rivera de septiembre de 1923 par que se le diera la puntilla al sistema liberal. La agonía duró, por lo tanto, unos pocos años más.

La CEDA

La CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas) fue una coalición de partidos resultante de la fusión de varios grupos políticos, y que se puso en marcha en el año 1933, como una reacción de la derecha española ante su fracaso en 1931. Entre estos grupos destacaron, claramente, dos: Acción Popular (antes Acción Nacional), dirigida por José María Gil Robles, y la Derecha Regional Valenciana de Luis Lucía. También formaban parte de esta coalición, otras formaciones regionales conservadoras de las dos Castillas, Andalucía y Galicia. La nueva formación aglutinó a diversos sectores de la derecha: desde elementos de tendencia semifascista, muy presentes en las Juventudes de Acción Popular (JAP), hasta democristianos, centralistas y hasta autonomistas, con los representantes de la mencionada Derecha Regional Valenciana.

En el otoño de 1932 se produjeron diversos movimientos en la derecha española aprovechando la crisis política que vivía la coalición gobernante, y que desembocaron en la creación de la formación en los primeros días de marzo del año siguiente. La coalición defendía los principios católicos en la política, la necesidad de una revisión constitucional de acuerdo con estos principios, es decir, planteaba una alternativa al laicismo de la República. La defensa del orden social era otro de sus pilares. La CEDA supuso la apuesta más clara por una postura posibilista por parte de la derecha española, separándose de la opción golpista y reaccionaria, lo que provocaría que destacados políticos de la derecha española abandonasen al comenzar el proceso de convergencia política auspiciado por Gil Robles, como Esteban Bilbao o Antonio Goicoechea, entre otros, y que desembarcarían en Renovación Española. Esta derecha era claramente partidaria de terminar como fuera con la República.

Gil Robles se había expresado en El Debate por la necesidad de emplear la estrategia electoral, es decir, de la legalidad. Por su parte, Luís Lucía fue un político muy destacado del ámbito valenciano y que representaba una opción socialcristiana dentro de su partido, posición que le generó algunos enfrentamientos con los sectores más conservadores del mismo. Por fin, el 4 de marzo de 1933 se constituyó oficialmente la CEDA.

En las elecciones del otoño de 1933 la CEDA obtuvo 122 escaños, pero no consiguió que el presidente Alcalá-Zamora encargase a su líder la formación del gobierno, ya que temeroso de la reacción de la izquierda, llamó al radical Lerroux para formarlo. Pero la CEDA terminó por participar a partir de 1934 en los gobiernos de la República, al lado de los radicales. El acceso a algunos ministerios por parte fue considerado como intolerable por gran parte de la izquierda española, especialmente por el PSOE, cada día más radicalizado, y que veía peligrar las conquistas alcanzadas en el Bienio anterior y en un contexto europeo nada favorable para la democracia; de ahí la apuesta hacia la revolución, y que en octubre se saldó con un rotundo fracaso.

En la campaña electoral de febrero de 1936 la CEDA emprendió su propia radicalización ante la evidente unión de la izquierda en el Frente Popular. El mensaje electoral sin ser claramente fascista sí incluía gestos, ideas y planteamientos muy cercanos a esta ideología, en la necesidad de crear una especie de frente “contrarrevolucionario”. La CEDA fue perdiendo influencia y militancia a partir de las elecciones cuando parte de la derecha decidió que la mejor solución no pasaba por participar en el juego político parlamentario sino por apoyar la sublevación militar. En realidad, comenzó a perder apoyos antes cuando los sectores más beligerantes contra la República vieron que Gil Robles no estaba dispuesto a dar un golpe de Estado y cambiar radicalmente el sistema político. Destacados miembros de la CEDA participaron en los movimientos conspiratorios y algunos jugarían un gran papel en los primeros momentos del franquismo como Serrano Súñer. Por su parte, Gil Robles pasaría a un segundo plano y, con el tiempo, se convertiría en un miembro de la oposición al régimen franquista. 

La FET y de las JONS

Las distintas fuerzas políticas que habían apoyado la sublevación del 17-18 de julio de 1936 abarcaban todo el espectro ideológico de la derecha española. La CEDA se había desintegrado como organización política una vez que su objetivo de conquista electoral del poder había fracasado y ya no tenía sentido.

Por su parte, los monárquicos del Bloque Nacional no contaban con grandes apoyos populares, aunque un sector de la oficialidad era monárquica. Los carlistas o tradicionalistas tenían fuerza en el norte, especialmente en Navarra y en Álava, aunque no en el resto de la zona sublevada. La Falange había pasado de ser un grupo muy minoritario a alcanzar una gran dimensión con un aumento vertiginoso de afiliados desde el golpe. Debemos recordar que su fundador, José Antonio Primo de Rivera, fue fusilado en noviembre de 1936. La Falange tenía un discurso populista, con tintes sociales, propio del fascismo y proporcionó unas bases ideológicas, así como apoyo social a la sublevación. La Falange consiguió la movilización de muchos voluntarios para el frente y para la retaguardia. Terminaría asumiendo el control de la prensa y de la propaganda del movimiento.

Franco era consciente de todas estas diferencias y de la necesidad de controlar bajo su mando esta diversidad con el fin de evitar conflictos, establecer una unidad para proseguir la guerra y asegurar su primacía y poder, tres objetivos unidos. En consecuencia, el 20 de abril de 1937 promulgó el Decreto de Unificación, por el cual se fusionaban todas las organizaciones políticas en una sola, la Falange Española Tradicionalista y de las JONS. Este sería el único partido permitido, aunque el franquismo nunca lo consideró como partido, ya que abominaba de este concepto, sino como Movimiento Nacional. Adquirió un papel preponderante, bajo la tutela de Franco. Fue un paso más en la concentración del poder en sus manos; el partido sería un instrumento de su poder.

Los sectores de Falange y el carlismo contrarios a esta unificación al considerarla que se alejaba, ciertamente, de muchos de los principios ideológicos puros de ambos movimientos políticos, fueron duramente reprimidos. En la España de Franco no cabían disidencias, ni medias tintas.

Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.