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La raíz de la victoria laborista de 1945


Clement Attlee (i) junto a Winston Churchill (d). Clement Attlee (i) junto a Winston Churchill (d).

La victoria laborista de 1945 supuso un cambio profundo en la política británica. No era la primera vez que los laboristas llegaban al poder. Ya lo habían hecho en el período de entreguerras en dos ocasiones, pero de forma inestable, y la segunda terminó en una gran crisis en el seno del Partido en 1931. Después entrarían en el gobierno de coalición con Churchill para hacer frente al desafío de la Segunda Guerra Mundial, y ahí Attlee y los ministros laboristas fueron fraguando ideas para el triunfo posterior, sobre la base de muchos cambios económico-sociales y de mentalidades que se fueron produciendo durante la contienda. Esta vez la victoria sería evidente.

Efectivamente, la Segunda Guerra Mundial supuso para los británicos un cambio de mentalidad que fue calando en la opinión pública sobre la necesidad no sólo, evidentemente, de defenderse de los nazis y de vencerlos, sino también de querer un mundo nuevo, y no sólo el ámbito exterior sino también en la propia política interna. Para la defensa del Reino Unido y para vencer a la Alemania nazi se contaba con un político excéntrico, intenso, lleno de optimismo y energía, es decir, Churchill, pero para la vida en la guerra y, sobre todo para el futuro, los británicos empezaron a conectar más con el espíritu laborista encarnado en Attlee.

El político laborista defendía que Gran Bretaña tenía que cambiar si se quería construir un mundo mejor, distinto, con menos injusticias y tensiones, con más bondad y buenas relaciones. Y ese discurso caló en amplias capas de la opinión pública británica más allá de la base electoral del laborismo. No se podía regresar a la brutalidad que había presidido los años treinta, la crisis, el paro, las tensiones, los enfrentamientos dentro del país y fuera, y que habían llevado al triunfo del fascismo. Había que construir una alternativa. ¿Podían hacerlo los conservadores, que habían dominado casi todo el período de entreguerras? No parecía que fuera así.

La guerra había desarrollado en los británicos no sólo una renovación de su patriotismo, sino algo más cotidiano, pero persistente, la cooperación, la solidaridad, el compartir los sufrimientos y penalidades, la ayuda mutua ante una enorme adversidad, ya viniera del cielo con bombardeos, ya a través de las noticias que llegaban de los lejanos campos de batalla donde los jóvenes se batían. El individualismo y la competencia se diluían por un aire más socialista, como el propio Attlee confesaría años después.

Los laboristas se dedicaron a gestionar cuestiones vitales para la vida de los británicos en guerra, partiendo de la planificación, un verdadero anatema en los años treinta, al ser considerada como una solución comunista, soviética. La patria del liberalismo económico estaba adoptando, obligada por las circunstancias, la intervención del Estado en muchos ámbitos para ganar la guerra y para evitar daños a la población.

Pero, además, los laboristas se pusieron a pensar en la sociedad futura para cuando la guerra terminase, en un país distinto, frente a los conservadores que pensaban que terminado el conflicto volverían a dominar la escena política, y más capitaneados por un líder, poco querido antes por ellos mismos, pero ahora idolatrado.

Los laboristas habían perfilado su idea de la paz y el futuro en el otoño de 1939, al poco de estallar la guerra, en su documento Labour War Aims, completado en 1940 con el Labour, the War and the Pace. Y en ese mismo año, también habían elaborado un texto más en clave interna británica, el Labour`s Home Policy. Y este último nos importa más porque establecía la idea de que el socialismo llegaría al Reino Unido, es decir, que no era una utopía lejana, sino algo relativamente cercano en el tiempo. En 1942 completaron esta serie de documentos con un manifiesto de significativo título, The Old World and the New Society.

La gestión directa de la economía, de los suministros, la colaboración de los sindicatos, en fin, la planificación del Estado, además de todo ese entramado ideológico o teórico, llevaron a los laboristas a plantear que al terminar el conflicto había que construir el estado del bienestar. Y así, en 1942 se publicaba el archiconocido Informe Beveridge, que proponía la creación de la seguridad social. Los británicos tenían derecho a vivir con seguridad desde que venían al mundo hasta que se iban del mismo.

Pero, ¿esto se podría poner en marcha al terminar la guerra?, ¿no controlaban los conservadores el Parlamento y no podrían seguir haciéndolo a partir de las primeras elecciones de posguerra?, ¿y el poder económico que diría cuando se acabase la presión que suponía la contienda? La solución llegaría en las primeras elecciones.

Imprescindible nos parece el trabajo de Françoise Bédarida, “El socialismo en Gran Bretaña”, en la obra dirigida por Jacques Droz, Historia general del socialismo, de 1918 a 1945, publicada en España por Destinolibro en 1979, con varias ediciones posteriores.

Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.