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Angélica Balabanova y el anticlericalismo socialista


Angelica Balabanoff con David Ben Gurion a Tel Aviv en 1962 / WIkipedia Angelica Balabanoff con David Ben Gurion a Tel Aviv en 1962 / WIkipedia

Angélica Balabanova (1878-1965) fue una intensa socialista y comunista ucraniana, que desarrolló su vida en Italia. Al instalarse en Roma, después de pasar por Bruselas, comenzó a organizar a las trabajadoras textiles e ingresó en el Partido Socialista Italiano en el año 1900. Escribirá en Avanti!, y se relacionará con los principales líderes socialistas italianos. También tendrá relaciones internacionales con Clara Zetkin. Fue una intensa crítica de la guerra al estallar la Primera Guerra Mundial, enfrentándose a Mussolini. En esa época se dedicó, además, a difundir las ideas de Trotski en Italia. Luego pasó a residir en Suecia. En 1917 se decidirá por la causa comunista y viajará a Rusia, pero en los comienzos de los años veinte criticará la represión, por lo que decide regresar a Italia, aunque con el triunfo del fascismo tendrá que huir a Suiza, viajando por París y Estados Unidos. Al terminar la Segunda Guerra Mundial regresará a Italia, luchando contra la alianza entre socialistas y comunistas.

Pues bien, en este trabajo nos acercamos a un trabajo de esta activa y longeva luchadora sobre el anticlericalismo y el socialismo que La Internacional, órgano de la Federación Catalana del Partido Socialista, publicó en castellano en febrero de 1909.

El artículo incide en los argumentos propios del socialismo hacia la Iglesia, siendo intensamente crítico con el anticlericalismo de “signo burgués”.

Para Balabanova en los países donde la lucha de clases no había llegado a su punto más agudo, y en donde la Iglesia no se había puesto claramente al servicio del capitalismo, había sectores de la burguesía más o menos anticlericales, pero ese anticlericalismo era, a su juicio, superficial. Pero en el momento en el que el proletariado se tomase en serio la lucha contra la Iglesia, y opusiese una conciencia socialista a la religiosa, la burguesía optaría por defender a la Iglesia y a intentar demostrar su utilidad para con el pueblo.

Balabanova insistía en la superficialidad del anticlericalismo burgués, calificándolo además de vulgar, porque combatía a los individuos (los “curas”) pero no a la institución. Además, los burgueses criticaban ciertas supersticiones, pero no todas.

La burguesía era hostil al clero cuando el clericalismo podía amenazar sus intereses, y apelaba al proletariado para servirse del mismo en su combate. Pero la hostilidad entre la burguesía y el clero no podía ser muy duradera. Desaparecería cuando esos problemas, que eran calificados por la socialista como secundarios, fueran superados por la lucha de clases. Era la tesis fundamental de Balabanova. Y lo confirmaba, en su opinión, cuando muchos masones y librepensadores terminaban por aliarse con los curas. Pero eso no podía sorprender a los marxistas, porque el librepensamiento de signo burgués era una pura conveniencia personal, hasta una especie de deporte. No respondía a un pensamiento profundo. La religión era, como estamos insistiendo, un medio útil para la burguesía.

Este acercamiento permita a la burguesía seguir defendiendo sus privilegios de clase. La religión poseía un contenido social porque tenía sus raíces en la miseria, en la esclavitud y en la debilidad económica del proletariado. Por eso, la emancipación de los obreros no podía conseguirse sin comprender este origen o contenido social de la religión.

El clero tenía una misión en el mundo, y no era otra que la “cerrar los ojos al proletariado” sobre las causas de su miseria, a través del argumento del sufrimiento y la resignación en este mundo, además de defender la idea de que la miseria siempre había existido en el mundo. Ese trabajo impedía el desarrollo de la conciencia de clase del proletariado. Por eso, Marx había hablado de la religión como opio del pueblo.

La lucha por la disminución de la jornada de trabajo y por el aumento del salario tendrían una evidente consecuencia en relación con el anticlericalismo. El obrero con más tiempo y mejor salario dispondría de más posibilidades para formarse, para pensar y razonar, por lo que su oposición a la propaganda religiosa crecería y se haría, además, más profunda e intensa. Pero, además, ese obrero consciente iría más allá del anticlericalismo para llegar hasta el fondo de la cuestión del problema religioso. Y aquí residía la gran diferencia entre el anticlericalismo socialista y el de signo burgués. Mientras el segundo era una lucha individualista contra el dogma, un ejercicio hasta literario, el primero tenía que ver con la conciencia de clase, con el instinto de esa clase proletaria que adquiriría un conocimiento completo del mundo a través de una interpretación del mismo, y que le serviría para su propia emancipación. Así pues, era imposible la unidad de acción entre el anticlericalismo de unos y otros.

Podemos leer el artículo en el número del 5 de febrero de 1909 de La Internacional, donde, además, se incluyó un retrato de la autora. Este periódico se puede consultar en la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional.

Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.