LA ZURDA

El Manifiesto de Octubre de 1905

“La agitación, en las capitales y en numerosas regiones de nuestro Imperio, llenan nuestro corazón de una gran pesada pena. El bienestar del soberano ruso es inseparable del bienestar de sus pueblos, y el dolor de éstos es su dolor. El gran voto del juramento imperial Nos ordena esforzarnos con toda la potencia de Nuestra razón, con toda la fuerza de Nuestra autoridad, para poner fin lo más pronto posible a esta agitación tan peligrosa para el Estado (...). Nos, imponemos al gobierno la obligación e ejecutar Nuestra voluntad inflexible:


1º Conceder a la población la libertad civil, establecida de una manera inquebrantable sobre la base de la inviolabilidad personal, y las libertades de conciencia, de reunión y de asociación.

2ª No obstaculizar las elecciones a la Duma Imperial y admitir la participación en las elecciones de las clases de población que han sido privadas hasta ahora del derecho de voto.

3º Establecer una regla inquebrantable que cualquier ley no será efectiva sin la sanción de la Duma Imperial y que los representantes del pueblo tendrán los medios para participar realmente en el control de la legalidad de los actos realizados por los miembros de Nuestra administración.”

Decreto Imperial de 30 de octubre de 1905. (Consultado en ClasesHistoria.com).

El Manifiesto de Octubre es un documento fundamental en la crisis final del zarismo ruso, y que fue publicado el 17 de octubre en el calendario juliano, y el 30 de octubre en el gregoriano, y por el que Nicolás II, a instancias de su gobierno, presidido por Serguéi Witte, intentaba dar una respuesta reformista a la situación creada por la Revolución de 1905.

El estallido revolucionario de 1905 surgió por una combinación de factores, tanto coyunturales como estructurales. La crisis económica de 1902-1903 provocó una oleada de protestas con huelgas obreras, sublevaciones campesinas y actos terroristas. Pero el detonante fue la derrota rusa ante Japón en 1904, una verdadera conmoción que demostró la debilidad del gigante ruso frente a una emergente potencia que se había transformado profundamente desde la Revolución Meiji. El conflicto produjo escasez, subida de precios y un recrudecimiento de la presión fiscal. Estos factores coyunturales incidieron sobre un sistema político y social que no había evolucionado sustancialmente durante el siglo XIX, a pesar de la emancipación de los siervos de 1861 y de algunas medidas liberalizadoras, aunque anuladas o muy matizadas por la renovada autocracia zarista de Alejandro III, subido al trono después del asesinato de su padre Alejandro II.

En el mes de enero de 1905 una manifestación pacífica de obreros encabezada por el pope Gapón se encaminó hacia el palacio imperial en San Petersburgo para pedir al zar protección y justicia, la mejora de las condiciones labores –jornada  de ocho horas y salario mínimo de un rublo diario- y una propuesta para que todos fuesen “iguales y libres”, con la convocatoria de una asamblea constituyente elegida democráticamente. La manifestación partía de la tradición rusa de protestas y revueltas en las que se apelaba al zar, considerado como “padrecito” del pueblo y supuestamente desconocedor de las desdichas que se padecían, aunque con unas reivindicaciones plenamente modernas.

La manifestación avanzó pacíficamente, pero Nicolás II no se encontraba en el palacio porque había huido. Las tropas dispararon contra los manifestantes provocando centenares de muertos y heridos, en lo que se conoce como el Domingo Sangriento. Este hecho desencadenó huelgas y sublevaciones por toda Rusia, creándose los primeros soviets de representantes de obreros, unos consejos que serían determinantes en las Revoluciones de 1917. En estos soviets se destacaron mencheviques y bolcheviques, que habían salido de la clandestinidad. A principios del verano se amotinó la marinería del acorazado Potemkin. En el campo se desató una suerte de terror, en una versión rusa del “gran miedo” de los inicios de la Revolución Francesa, con ocupaciones de tierras, asesinatos de propietarios y quema de palacios. La oposición liberal del zarismo -los kadetes del Partido Constitucional Democrático- quería aprovechar las protestas para forzar la creación de un sistema de representación parlamentaria a semejanza de los occidentales.

El gobierno ruso se vio impotente para frenar la oleada de protestas, por lo que el zar Nicolás II decidió ceder en algunas cuestiones introduciendo una serie de reformas, contenidas en el conocido como Manifiesto para la Mejora del Orden del Estado, nombre oficial del Manifiesto de Octubre. Se pretendía otorgar algunas libertades inexistentes en la autocracia rusa: inmunidad personal, libertad religiosa, libertad de expresión, derecho de reunión y el derecho de asociación, la participación de una Duma, y el sufragio universal masculino. Además, se establecía que las leyes no se podían imponer sin el consentimiento de la Duma. Pero, en realidad, el documento no supuso un verdadero cambio político porque la Duma tenía poderes legislativos muy limitados, ya que el zar podía vetar sus leyes.

Por otro lado, se aprobaron medidas laborales y sociales, como el reconocimiento de los derechos sindicales o la jornada laboral de diez horas. También se aceleró la paz con Japón. Pero todo eran medidas muy tímidas en relación con la situación explosiva que se comenzaba a vivir en Rusia. Los soviets siguieron actuando, destacando el de San Petersburgo. Los soviets propiciaron en noviembre la sublevación de los marineros de la base naval de Kronstadt. También el campo siguió revuelto.

El zar declaró la ley marcial y puso en marcha el aparato del Estado para reprimir a la oposición. El propio primer ministro fue destituido, sustituyéndole Stolypin, figura clave del período previo a la Gran Guerra. En el campo se destacaron en esta tarea las denominadas Centurias Negras y en la ciudad la temida policía política. Se encarceló a los miembros del soviet de San Petersburgo. Muchos líderes de la oposición fueron deportados a Siberia, mientras que otros consiguieron huir a Europa occidental.

En 1906 se aprobó la nueva ley electoral, que demostró que los prometidos derechos políticos eran muy limitados porque establecía un sufragio que favorecía a los propietarios. Se eligieron varias Dumas muy poco representativas, muy limitadas en sus atribuciones y boicoteadas sistemáticamente por el zar, que nunca abandonó la concepción absolutista de la monarquía. Podía disolverlas, como de hecho hizo alguna vez cuando los resultados electorales no fueron de su agrado. En abril de 1906 se promulgó una Constitución en la que quedaba clara la supremacía del zar sobre todas las instituciones. Se reconocían los derechos recogidos en el Manifiesto de Octubre, pero supeditados a lo que marcara la ley.

Esta incapacidad para avanzar en un sentido liberalizador del sistema político, junto con otras causas, estuvo en la raíz del estallido de la Revolución de Febrero de 1917.

Eduardo Montagut

Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.