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Jardiel Poncela se escribe con jota


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Decía Jardiel Poncela que hay dos maneras de ser feliz: la primera, hacerse el tonto, la segunda, serlo. La más segura es la segunda. Nada garantiza tanto un cierto grado de felicidad, como poseer un nivel estimable de tontería. Jardiel no fue feliz nunca, o casi nunca: le faltaban condiciones naturales para ello. El escritor fue un convaleciente perpetuo de su ingenio, de su espontáneo modo de ver el lado inverosímil de las cosas, con una inteligencia aguda que no estaba hecha para penetrar en el costado analítico de la realidad, sino para la invención de una realidad distinta.

El humor de Jardiel nace de una premisa hiperbólica que se disuelve en golpes de risa y acidez contra el entorno y, sobre todo, contra él mismo. Militó en la derecha recalcitrante, castiza y franquista, solo que su talante personal desbordó por el ángulo anarquista la cicatera cosmovisión de la dictadura. En 1940 estrenó “Eloísa está debajo de un almendro”, y recibió el mayoritario vapuleo de una crítica que ni le comprendía ni le quería. Su carrera está repleta de incomprensiones y broncas con el aparato crítico de la prensa. La mayoría lo desdeñó, menos Alfredo Malquerie, que lo adoró. Buscó la complicidad de los espectadores, a través de sus propios caminos inventivos, alejados del teatro de corte benaventino o de la risa heredera de los Quintero. El humor nace de la necesidad de cambiar el rostro de las cosas y las leyes de la vida y se ejerce como lucha de antemano perdida. Las guerras del ingenio no matan pero hieren, lastiman el corazón y debilitan las defensas. Todo gran humorista es un convaleciente de una enfermedad que encierra su propia imposibilidad de cura. La risa es una salida de tono que aspira a buscar otra risa que la entienda. De ahí que el verdadero ámbito del humor sea el amor, un amor con frecuencia insatisfecho. Jardiel emparenta con Ramón Gómez de la Serna y con Miguel Mihura. Estuvo menos suelto y más ayuno de libertad creadora que Ramón, ya que el teatro es un género de destino cerradamente burgués y la taquilla, la suprema dictadura. Mihura y Jardiel se disputan la primacía del humor del absurdo en España, aunque la verdad es que Mihura, con “Tres sombreros de copa”, escrita en 1932 se adelanta incluso a Ionesco y “La cantante calva”. Enrique Jardiel Poncela buscó en las mujeres curas de urgencia para su alma insatisfecha, y encontró momentos de deseo compartido y a ratos placeres, con todo nunca halló lo que de verdad perseguía, porque era el primero en desconocerlo. Naturalmente no pasaría el filtro del siglo XXI, porque fue un misógino radical.

Jardiel, que había ganado mucho dinero, lo gastó con liberalidad e incluso con displicencia. Los últimos años de su vida los pasó en una situación económica precaria, cabe decir, incluso, desesperada. El autor de “Amor se escribe sin hache” contó en esos tiempos duros con un ángel de la guarda anónimo, que le hacía llegar cada día un sobre con cien pesetas. Una persona desconocida dejaba el sobre al portero. Años después se supo que quien cubría sus necesidades, discretamente, era Fernando Fernán Gómez, que en los primeros años cincuenta ganaba ya mucho dinero en el cine y que adoraba a Jardiel desde el momento en que debutó como actor en el teatro en 1941 interpretando al pelirrojo de “Los ladrones somos gente honrada”. Un día antes de morir, apenas en la cincuentena, tras acudir a su casa el barbero y afeitarlo, Jardiel le dio treinta duros de propina. Ante la sorpresa del rapador, el humorista le contestó:

No se apure, acaba usted de afeitar a un muerto.

Juan Antonio Tirado, malagueño de la cosecha del 61, escribe en los periódicos desde antes de alcanzar la mayoría de edad, pero su vida profesional ha estado ligada especialmente a la radio y la televisión: primero en Radiocadena Española en Valladolid, y luego en Radio Nacional en Madrid. Desde 1998 forma parte de la plantilla de periodistas del programa de TVE “Informe Semanal”. Es autor de los libros “Lo tuyo no tiene nombre”, “Las noticias en el espejo” y “Siete caras de la Transición”. Aparte de la literatura, su afición más confesable es también una pasión: el Atlético de Madrid.

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