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Rusia, octubre de 1917: la Revolución que nunca existió


Existe una curiosa fotografía, tomada la mañana del 26 de octubre de 1917, en la que se ve una fila de personas guardando turno para acceder al Palacio de Invierno, en Petrogrado. La cola está formada mayoritariamente por hombres con sombrero y buenos abrigos, pero también hay algunas mujeres y niños. Todos visten gruesas ropas como corresponde a la crudeza del invierno ruso, y tienen un aspecto propio de burgueses bien alimentados y no de presuntos proletarios famélicos. La fila es nutrida y ordenada, las personas que la integran conversan entre ellos y algunos sonríen, tranquilos. Parecen ciudadanos a punto de entrar a visitar un museo y de hecho podrían serlo, ya que las colecciones imperiales del que más tarde sería Museo Hermitage estaban depositadas en el Palacio de Invierno desde el siglo XIX. Lo más raro de todo es que nadie va armado.

Sin embargo, se nos ha repetido hasta la saciedad que el día anterior había acontecido en ese mismo lugar un suceso épico muy violento, como corresponde al inicio de la mayor revolución de todos los tiempos, una gesta en la que masas de soldados y trabajadores revolucionarios tomaron por asalto el bastión del Gobierno reaccionario ruso. En el Palacio de Invierno se habría combatido con saña hasta la victoria de los revolucionarios, quienes hicieron prisionero al Gobierno burgués tras una fuerte resistencia de las numerosas tropas que lo defendían. Esta es la versión canónica de los hechos, transmitida durante un siglo por historiadores, propagandistas y toda clase de personas creyentes en la Revolución de Octubre.

En realidad todo eso es mentira, y fue inventado a posteriori de los hechos. Nunca hubo un asalto al Palacio de Invierno, por la sencilla razón de que jamás existió una Revolución de Octubre o Revolución Soviética. En realidad lo sucedido el 25 de octubre de 1917 en Petrogrado fue un golpe de Estado organizado y ejecutado por un pequeño y audaz grupo político, el partido Bolchevique, organización que se hizo con el poder aprovechando la descomposición del Estado ruso y sus instituciones. Y no solo eso. De hecho además, el golpe de Lenin y compañía fue un complot plenamente antisoviético y dirigido contra el resto de fuerzas de izquierdas, ya que se enfrentó abiertamente a estos organismos populares, los soviets de obreros y soldados, que reunidos en Congreso desautorizaron de forma unánime el aventurerismo golpista bolchevique el mismo día en que este se llevó a cabo.

Todo esto puede de entrada sonar a extraño para el lector no avezado en el tema o influido por la propaganda comunista, pero resulta lógico y coherente cuando se conoce el modo en que se desarrollaron realmente los sucesos. El arranque se halla en la Revolución democrática de febrero de 1917, que supone la caída del zarismo y el inicio del protagonismo político de fuerzas hasta entonces sometidas mediante la represión que ejercía aquel infame régimen semifeudal. No entraremos ahora en las circunstancias que la desencadenaron ni en la profunda crisis en la que a continuación se sumió el 2 país. Solo citar aquí que según cuenta Stefan Zweig en su inmortal Momentos estelares de la Humanidad (1), el clarividente Lenin se enteró de ella leyendo los periódicos suizos en su relajado exilio en Ginebra. Es decir el partido Bolchevique no tuvo el más mínimo papel en la Revolución popular de febrero, en la que de modo significado participaron el Partido Socialista Revolucionario (PSR), los mencheviques y los anarquistas. Y no es raro que los bolcheviques no jugaran papel alguno en ella: en febrero de 1917 el partido Bolchevique no tenía más de 40.000 afiliados en todo el Imperio Ruso (Carlos Hermida Revillas), aunque otros autores hablan de 25.000 militantes bolcheviques en marzo (Veiga/Martín/Sánchez Monroe). La historia oficial de la URSS recogida por la MIA afirma que la cifra de afiliados al partido era de 40.000 a 45.000 en febrero de 1917 (Historia del Partido Comunista (Bolchevique) de la U.R.S.S).

Cuando en abril siguiente Lenin regresa a Petrogrado y se baja del tren en la estación Finlandia, las pinturas canónicas bolcheviques (es sospechoso como mínimo que no haya fotografías de ese momento) nos muestran masas entusiastas que se apretujan en el andén para saludar su descenso del convoy. El propio Stefan Zweig se deja arrebatar por el entusiasmo y escribe que fueron “cientos de miles” los trabajadores que oyeron el mitin de Lenin “en la gran explanada frente a la estación”, aunque la iconografía comunista presente al líder dentro de ella encaramado al tren y saludando sombrero en mano. La realidad histórica es muy distinta. Los policías de guardia en la estación Finlandia ese día anotan en su informe tras la jornada que no ha habido incidencia alguna destacable durante su servicio; ni siquiera mencionan la llegada del presunto Gran Líder Revolucionario. En realidad, en el andén de la estación no había ninguna manifestación popular esperando a Lenin, quien no dio discurso alguno ese día en la explanada frente a la estación. En abril de 1917 el partido Bolchevique no pintaba nada en la política rusa, y su líder era un completo desconocido para las masas.

¿Quiénes eran los bolcheviques de 1917? En general, casi todos eran miembros de la pequeña burguesía provinciana, oscuros funcionarios instalados en los estamentos del zarismo más modestos, con escasa presencia en Petrogrado y nula en Moscú y en los centros industriales del país. La mayoría de los primeros bolcheviques trabajaban como maestros rurales mal pagados y peor considerados, oficiales de la parte baja del escalafón militar destinados en lejanas regiones, y como oficinistas que vegetaban en delegaciones locales de la Administración zarista; no faltaban algunos popes (curas ortodoxos) de pueblo. El propio Lenin es un arquetipo bastante depurado del bolchevique medio: un pequeño burgués insatisfecho y convencido de merecer mucho más de lo que había obtenido en la vida durante su juventud y primera madurez.

Hasta octubre de 1917, la relación de los bolcheviques con el resto de partidos era mala, y a partir de ahí se basó casi exclusivamente en la represión de todos los demás. Solo el ala izquierda de los mencheviques devino en algunos momentos un aliado circunstancial, antes de ser aniquilada junto con el PSR en los primeros Procesos de Moscú. A los anarquistas se les persiguió 3 brutalmente, y la matanza de la base naval de Kronstadt es un claro ejemplo en ese sentido. Por su parte los anarquistas y el PSR despreciaban a los bolcheviques, y antes del verano de 1917 no existían para la derecha, ni siquiera como amenaza.

Sus aliados hubieron de buscarlos los bolcheviques fuera del país. En ese sentido, está más que probada la sólida relación entre los servicios secretos del Estado Mayor alemán y la dirección bolchevique. Para los alemanes, los bolcheviques eran útiles como organización que contribuía a crear el caos y extender el derrotismo en la retaguardia rusa, contribución ciertamente muy modesta hasta el otoño de 1917. En primavera sin embargo, un tren sellado fletado por el Estado Mayor alemán llevó a Lenin y otros dirigentes bolcheviques desde Suiza hasta Rusia atravesando la Europa central y oriental ocupada por los alemanes y los austro-húngaros, suceso que asimismo narró Zweig en su obra ya citada. Una consecuencia directa de esa colaboración subordinada fue la Paz de Brest-Litovsk, firmada en marzo de 1918, tratado en el cual la naciente Rusia comunista firmó una rendición de facto ante los alemanes por la cual se retiraba de la Primera Guerra Mundial y cedía a sus vencedores extensos territorios del antiguo Imperio Ruso.

Por lo demás, y como escriben G. Katkov y H. Shukman en su libro La Rusia de Lenin (2), “la ayuda financiera alemana a los bolcheviques es un hecho”. Ayuda que en 1922, el diputado socialdemócrata alemán Bernstein cifraba en 50 millones de marcos de la época de la Gran Guerra, aunque la República de Weimar no reconoció oficialmente que el Gobierno del Kaiser los hubiera gastado en financiar el partido de Lenin. Por lo demás nadie creía en los bolcheviques, un pequeño partido aislado y sin conexiones con el mundo obrero ruso. Durante el verano de 1917, con el Gobierno provisional en crisis y las instituciones y el país entero en disolución, un delegado en el soviet de Petrogrado (parece que el socialista georgiano Tsereteli) preguntó desde la tribuna qué partido obrero estaba en condiciones de gobernar Rusia. Uno de los escasos delegados del partido de Lenin se levantó y gritó: “¡Nosotros, los bolcheviques!”, lo que desencadenó un coro de risas burlonas entre los presentes. La propaganda comunista posterior a octubre de 1917 convirtió este incidente en premonitorio, falseándolo al atribuir la arrogante respuesta a Lenin en persona y añadir que suscitó una ovación cerrada de la mayoría de delegados.

Llegamos al 25 de octubre de 1917. Ese día el Palacio de Invierno estaba guarnecido por un batallón de mujeres y otro de ciclistas. Algunos jovencísimos cadetes hacían guardia de honor en las salas del interior. El edificio había sido sede del Gobierno provisional, pero Kerensky y sus ministros lo habían abandonado hacía semanas tras el intento de golpe de Estado del general zarista Kornílov. Parece imposible que los bolcheviques no conocieran esta circunstancia, y es evidente que no fueron allí a detener al jefe del Gobierno. En el complejo de edificios solo quedaban en funcionamiento las oficinas del Estado Mayor del Ejército, que según testigos fueron ocupadas de modo 4 informal a través del ir y venir de algunos grupos de soldados y marineros, con ausencia total de trabajadores, mientras los oficiales abandonaban el edificio discretamente y sin más incidencias destacables que algunos gritos y algún que otro empujón.

A pesar de ello la propaganda bolchevique se empeñó en adelante en crear el mito del asalto al Palacio de Invierno. Lo cierto es que en la acción probablemente no se disparó ni un solo tiro – salvo dos o tres cañonazos desde el crucero Aurora, que a punto estuvieron de hacer una matanza de bolcheviques en las oficinas del Estado Mayor por fuego amigo– , en una toma al asalto que nunca existió, ya que las exiguas fuerzas defensoras no hicieron amago de resistencia, seguramente porque no había nada que defender allí.

Algunos otros edificios públicos, como la central de Correos, fueron asimismo controlados por pequeños grupos de bolcheviques armados sin encontrar mayor resistencia, ya que los militares se inhibieron y la policía no hizo acto de presencia. El impacto de todo esto fue tan escaso que esa noche siguieron funcionando los cafés y los teatros y la burguesía capitalina siguió acudiendo a los restaurantes de moda. El historiador probolchevique Christopher Hill escribe en su La Revolución Rusa (3) a propósito del clima existente en la ciudad tras la supuesta revolución: “Y mientras tanto, los tranvías seguían circulando y la muchedumbre llenaba las salas de cine; en la Ópera, Chalíapin cantaba ante su acostumbrado auditorio”. La prensa de los días siguientes apenas se hizo eco de lo que consideraba incidentes mínimos, salvo naturalmente “Pravda”, órgano bolchevique, quien proclamó a toda página la toma del poder por los trabajadores agrupados tras los soviets (no tras el partido; nadie lo hubiera creído). Pero los lectores de “Pravda” se reducían a unos pocos miles de personas, y la influencia social del periódico por tanto, resultaba muy modesta, así que la noticia tardó semanas en llegar a otras grandes ciudades.

Ese día, 25 de octubre, estaba reunido en Petrogrado el II Congreso de los Soviets. Por la noche, y enterados los delegados del golpe de mano bolchevique, se votó una resolución unánime leída por el presidente del Congreso que instaba enérgicamente al partido Bolchevique a poner fin a la aventura y retornar a la situación previa. La salida de Kerensky de la ciudad y la paralización del Congreso de los Soviets sin embargo, dejaron la situación en manos de los bolcheviques más por incomparecencia e incompetencia de sus adversarios que por las habilidades golpistas de estos. Sobre el carácter asombrosamente minoritario del golpe de Octubre, el historiador Juan Pablo Fusi escribe: “La de octubre no fue una revolución de obreros y campesinos: fue decidida y planeada por el comité ejecutivo del partido bolchevique, integrado por unos 12 miembros” (4).

¿De dónde procede la sarta de mentiras canónicas sobre la pseudorevolución rusa, el Octubre Rojo, que tanta gente ha dado por buenas a lo largo de cien años? Básicamente, de la propaganda generada a través del cinematógrafo por ese genio de la manipulación de masas que fue Sergei Eisenstein. El famoso 5 director ruso no solo fue el verdadero creador del lenguaje y los códigos cinematográficos que aún hoy son vigentes en su mayoría a la hora de rodar una película, sino que inventó para nosotros la Gran Revolución precisamente a partir de sus carencias. Fue así, gracias a un relato aleccionador diseñado y filmado con todo cuidado, como un golpe de mano de un pequeño grupo de conjurados se transformó en un gran movimiento de masas que abría una nueva época para el mundo. Eisenstein generó una iconografía que ocupó el imaginario colectivo de millones de personas en todo el mundo durante décadas. Las imágenes de la Revolución de Octubre que tenemos presentes en nuestra memoria son precisamente las que fabricó Eisenstein como gran mago de la propaganda comunista una década después de los sucesos, al punto que algunas supuestas fotografías de aquellos días no son más que fotogramas de sus películas. No por nada Joseph Goebbels fue un entusiasta admirador de las películas de Eisenstein, en las que apreciaba por encima de todo su capacidad para transmitir –inocular, más bien– una idea.

Asistamos pues al centenario del natalicio de la presunta Revolución de Octubre con el mismo espíritu crítico con el que observamos la Navidad de los cristianos por ejemplo, y quien libremente quiera creer en mitos y fantasías que lo haga sin necesidad de manipular la Historia.

NOTAS

(1) Momentos estelares de la Humanidad, Stefan Zweig. Editorial El Acantilado. Barcelona, 2002.

(2) La Rusia de Lenin, G. Katkov y H. Shukman. Ediciones Nauta. Barcelona, 1971.

(3) La Revolución Rusa, Christopher Hill. Editorial Ariel. Barcelona, 1971.

(4) El mito de la revolución soviética, Juan Pablo Fusi. Estudios de Política Exterior. Madrid, 1991.