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SVETLANA ALEXIEVICH. La historia contada por quienes la sufren

Las reflexiones que siguen se inspiran en tres obras de la gran escritora bielorrusa Svetlana Alexievich, Premio Nobel de Literatura 2015. No soy historiador ni crítico literario; me considero solo un lector que se hace preguntas bastantes años después de que estas obras fueron escritas, pero que creo son pertinentes aún y también para nuestro país.

Alexievich no pretende escribir la gran historia en la que han tomado parte los protagonistas de sus obras. Solo los entrevista. Les deja hablar. Quiere conocer sus emociones y saber cómo les han marcado los acontecimientos en que participaron de alguna manera. Espero que cuando leáis o releáis estas grandes obras su lectura os sirva como a mí para haceros preguntas.

“La guerra no tiene rostro de mujer” es el primer libro reportaje que voy a comentar. Alexievich lo publicó en 1985, aunque años más tarde tuvo que reescribir lo que la censura no le había permitido decir. Esta obra plantea cómo se sintieron las mujeres de los países soviéticos que participaron en la Segunda Guerra Mundial. Un millón de mujeres formaron parte del “Ejército Rojo”. No solo sirvieron en cuerpos auxiliares, como era tradicional, sino que participaron como combatientes: francotiradoras, exploradoras, tanquistas, miembros de cuerpos especiales, aviadoras, etc. Hacían falta combatientes y ellas no fallaron. Muchas de ellas eran voluntarias y algunas menores, que incluso tuvieron que falsificar sus papeles para ser alistadas. El régimen las enseñó a odiar al fascismo y ellas se alistaron siguiendo un ideal: liberar a su país y derrotar el fascismo.

En el frente se encontraron suciedad, frio, hambre y sangre, sobre todo mucha sangre y mucho miedo. El ejército estaba poco preparado para integrar a mujeres, hasta el punto de que en unos primeros momentos les entregó uniformes con tallas de hombres y hasta ropa interior de hombres.

Descubrieron que, en las trincheras, detalles nimios como lavarse o poderse mirar a un espejo, eran placeres imposibles y muy anhelados.

Mataron, sufrieron abusos, se enamoraron, sintieron también el compañerismo de los hombres que combatían a su lado.

Cuando entraron vencedoras en Alemania vieron que también allí había madres que vestían harapos y llevaban de la mano a niños hambrientos. Y se hicieron muchas preguntas. ¿Esas mujeres alemanas con sus niños también eran fascistas? ¿Debían dispararles o socorrerlas?. ¿Por qué los alemanes les habían hecho la guerra si tenían mejores casas y vivían mucho mejor que ellos?

Al volver a su país recibieron medallas, pero también incomprensión. Habían aprendido a odiar, ahora tenían que reaprender a amar. Y eso era muy difícil.

Veamos algunas de las emociones que cuentan las jóvenes excombatientes:

La guerra agotó su juventud:

“Qué pena que solo fui guapa durante la guerra….Allí pasaron mis mejores años. Quedaron fulminados. Después envejecí rápidamente”

El combate era incompatible con mirarse al espejo:

“El comandante nos echó una buena bronca. ¿Habéis venido a luchar o a ir de baile?”.

El fármaco más potente para los heridos:

“A cada herido le tenéis que decir que le amáis. Vuestro fármaco más potente es el amor”.

El fin de la guerra no solo trajo honores, sino el rechazo social. Decía una madre a su hijo recién casado con una excombatiente:

“¿Con quién te has casado?. Es una fulana del frente…. Tienes dos hermanas pequeñas. ¿Quién querrá ahora casarse con ellas?”.

Este libro nos plantea hoy muchas preguntas. Ya sabemos que la guerra no es asunto de mujeres. Tampoco de hombres. En la guerra lo más fácil es odiar. Lo más difícil volver a amar.

¿Cómo podemos aprender a comprender o tener compasión, aunque no sea a amar, con quienes luchan en otro frente?. ¿Cómo podemos reconstruir la convivencia con nuestros adversarios e incluso con nuestros enemigos?. ¿Por qué no nos negamos a participar en el sufrimiento y la muerte de los otros?.

“Los muchachos del zinc” fue publicado en 1989, aunque la escritora tuvo que reescribir en 2002 aquellas historias que la censura no le había permitido publicar.

Siguiendo su estilo de libro reportaje incluye numerosos testimonios desgarradores de la guerra de Afganistán que la Unión Soviética perdió. A esa guerra fueron enviados un millón de soldados en distintas fases, de los cuales más de 50.000 volvieron en ataúdes de zinc. Los ataúdes se entregaban a los familiares casi clandestinamente, porque sus jóvenes habían sido llevados a la guerra como si hubieran ido a unas simples maniobras militares, sin casi ninguna información ni a los soldados ni a la población. Oficialmente para la ciudadanía de los países soviéticos esta guerra no existió.

En el libro hablan soldados y oficiales, padres y las madres de los muertos, hijos e hijas, novias, enfermeras y muchos otros protagonistas. Trata de la brutalidad de la guerra y de la belleza del país. Provocó una gran indignación en la URSS y las autoridades lo describieron como meras fantasías.

Es un monumento al sufrimiento de seres humanos y a la necedad de un Estado que envió a sus jóvenes a la guerra para nada, a la vez que un elogio al valor de muchos de los combatientes y la condena de la incomprensión que sufrieron de la sociedad que les envió a morir o a matar. Veamos algunos textos que nos interrogan profundamente. Esta guerra no fue un acontecimiento aislado, porque antes había existido Vietnam y después otra vez Afganistán e Irak. Todas ellas con bastantes parecidos y provocadas por imperios. Parece que no aprendemos.

Veamos algunos testimonios:

“Escribid en las tumbas, tallad en las lápidas que todo fue en vano”.

“Nosotros estábamos muriendo allí y aquí nos están juzgando”.

“Ni héroes ni nada. Allí mataban a los niños y a las mujeres”. “Los generales no les disparaban, pero ellos daban las órdenes”.

“Desde que tengo memoria siempre me han enseñado a creer. ¡Solo a creer¡. Nadie me ha dicho nunca: reflexiona sobre si debes creer o no, si debes disparar o no”.

“Yo mataba porque quería vivir, quería volver a casa…. Ahora envidio a los muertos”.

Imposible contar mejor el mal y la frialdad de quienes ordenan matar o morir. Imposible también describir con más precisión a una sociedad que educa a sus miembros en el pensamiento único, que enseña a creer y no a pensar. Haciendo creyentes resulta más fácil ocultar la verdad y las consecuencias de decisiones funestas de los poderosos, a la vez que se encubre a los verdaderos responsables.

Svetlana Alexievich escribió “Voces de Chernóbil” en 2002, como si fuera una tragedia griega, en la que no ha existido catarsis o liberación, porque ha habido mucho terror y otras emociones, pero escasa compasión o piedad. La autora aún es persona non grata en su país y su libro censurado.

Todos conocemos la historia de Chernóbil, o al menos los mayores, una catástrofe nuclear ocurrida en una central en la primavera de 1986. La vida se extinguió en bastantes km. de la frontera entre Ucrania y Bielorrusia. El mundo se alarmó con la catástrofe. Miles de personas murieron poco a poco afectadas por la radiación. ¡Y siguen enfermando y muriendo¡. Las aldeas próximas serán inhabitables durante siglos. Los productos de sus hermosos campos no se pueden comer, ni la leche de sus vacas, ni los huevos de sus gallinas, ni las frutas de sus manzanos. Los habitantes fueron desplazados a lugares fuera de peligro, pero también perdieron su modo de vida y sus raíces. En unos meses el área afectada pasó desde un apacible modo de vida preindustrial a un apocalipsis desconocido. Fue y es algo real. No una distopia.

Los desplazados que han sobrevivido son los llamados allí “chernóbil”, es decir, los contaminados, los apestados, a los que no puedes tocar.

Oigamos algunas voces de esa tragedia:

“A nuestro alrededor todos decían: Vamos a morir….Mi hija de 6 años me susurraba al oído: Papá, quiero vivir, aún soy muy pequeña. Y yo que pensaba que no entendía nada”.

“Se engañaba a la gente y la engañaba el Estado”.

“No es un reactor el que ha explotado, sino todo el sistema anterior de valores”.

“Éramos unas personas prisioneras del miedo y de los prejuicios. En manos de la superstición. Pero los hechos son los hechos”.

Una oficina turística de Kiev aún ofrece viajes a Chernóbil, que tienen demanda entre turistas occidentales ansiosos de probar emociones fuertes.

Los libros de Svetlana Alexievich tratan sobre todo de emociones y sentimientos, como el amor, el miedo a la muerte, el heroísmo, el rechazo social, el patriotismo, las creencias y el idealismo. También tratan de otros asuntos, como la ineptitud e irresponsabilidad de los dirigentes, la negación o manipulación de los hechos por el Estado, el olvido de las víctimas.

Como no debo alargarme más, ahí dejo mi modesta reflexión: Los grandes acontecimientos de la historia, como los que se cuentan en los libros de Alexievich, han sido escritos por quienes tienen el poder. Muchos de los verdaderos protagonistas fueron y son meros sufridores, sin posibilidad siquiera de exteriorizar sus emociones. Con el tiempo historiadores en busca de la verdad van aclarando los hechos, pero su audiencia es limitada, porque hemos sido educados para el pensamiento simple.

Y una pregunta final que me ha asediado mientras escribía estas líneas: ¿Cuándo vamos a ser capaces de construir sociedades no organizadas en masas de creyentes, sino en grupos de individuos capaces de pensar?

Espero que la lectura de los libros de Svetlana Alexievich, si aún no los habéis leído, os pueden ayudar a sentir esas emociones profundas que producen liberación o catarsis.

Publicaciones en castellano de los libros citados de Svetlana Alexievich:

“La guerra no tiene rostro de mujer”. Debate (2015) y DEBOLSILLO (2017).

Los muchachos de Zinc. Voces soviéticas de la guerra de Afganistán. Debate (2016) y DEBOLSILLO (2017).

Voces de Chernóbil. Crónica del futuro. Casiopea (2002), Siglo XXI (2006). Debate y DEBOLSILLO (2015).

Lázaro González García (1941. Cascajares de Bureba -Burgos) es psicólogo. La mitad de su vida laboral la ha dedicado a instituciones de educación, como centros docentes y Ministerio de Educación y Ciencia. En ellas ha desempañado funciones de docente, orientador escolar, director de recursos humanos, asesor y otros.

La otra mitad de su actividad laboral la ha llevado a cabo en empresas, principalmente como responsable del área de consultoría y de formación en proyectos de cooperación internacional en los campos de educación y salud, de formación de técnicos y directivos, director de calidad, evaluador…

Jubilado hace años, actualmente es Presidente de la Asociación contra la Soledad.