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En el 155 aniversario de la muerte de Abraham Lincoln


Relinquunt omnia servare Rem Publicam

(del poema “Por los Muertos de la Unión”, de R, Lowell)

Al anochecer del 14 de abril de 1865, a las bajas de la sangrienta guerra civil norteamericana, se añadió una muerte más, quizá la más trágica de todas y que, a la vez, constituyó una tremenda derrota para los Estados Unidos de América, tanto para los unionistas, como para los habitantes de los Estados secesionistas. En esa noche, el Presidente Lincoln fue asesinado a tiros en un teatro de Washington.

Lincoln murió como los hacen los favoritos de los dioses, en el mismo momento de la victoria (la guerra concluyó el 2 de junio de 1865), después de haber sido él, prácticamente en solitario, la columna vertebral de la Unión, la inteligencia que había salvado la grave crisis de la secesión y la voluntad que había dirigido a la nación hasta la victoria, sobreponiéndose siempre a todas las adversidades.

Ante el asesinato del Presidente, la opinión pública, en los Estados Unidos, y en el mundo entero, se sintió hondamente conmocionada en aquellos momentos de júbilo general por la victoria. El gran poeta neoyorkino, Walt Whitman, expresó en los primeros versos de su poema “Oh, Capitán!, ¡Mi Capitán!” (del libro de poemas de guerra “Drum Tap”), el dolor general de la nación por el asesinato de Lincoln: 


<<¡Oh, Capitán!, ¡Mi Capitán!,

nuestro temible viaje ha terminado.

El barco ha resistido todos los temporales, ganamos el premio que ansiábamos,

el puerto está cerca, oigo las campanas, la gente está exultante,

mientras los ojos siguen la firme quilla, el barco tenaz y osado.

Pero, ¡oh, corazón!, ¡corazón!, ¡corazón!,

¡oh, las sangrientas gotas rojas,

en la cubierta, donde yace mi Capitán,

caído, frío y muerto.>>.

Lincoln no había sido muy “popular”, en el peor sentido que cabe dar a esa palabra, durante su vida. Su tipo desgarbado de hombre larguirucho al que nunca le quedaban bien los trajes, pues siempre le sobraba o le faltaba algo; sus modales plebeyos, sus firmes convicciones y su decisión de combatiente resuelto, no le hacían una figura simpática para la prensa interna o extranjera. Con esas características, los patricios norteamericanos o la aristocrática Europa de la época, habían tratado siempre con desdén y menosprecio al “patán” que los americanos habían elegido por Presidente.

Desde joven, se había sentido atraído por las actividades públicas, lo que denominamos política. En 1832 formó como capitán en la Milicia de Illinois, durante la guerra contra los indios de Halcón Negro. Posteriormente se presentó a las elecciones de la legislatura del Estado de Illinois, siendo elegido representante en cuatro ocasiones como candidato del Partido Whig (partido liberal opuesto a los aristocráticos Demócratas, fundado en 1833 al desaparecer los Federalistas). En 1847 fue elegido representante al Congreso, pero no pudo presentarse a la reeleción, en 1849, por su oposición a la guerra contra México. Cuando el Partido Whig se deshizo en 1854, fue uno de los fundadores del nuevo Partido Republicano. Como republicano, se destacó en los debates sobre la esclavitud y la unión, especialmente los que mantuvo con el entonces famoso senador Stephen Douglas, en las elecciones al Senado de 1858. La poderosa Oratoria de Lincoln lo convirtió en el más complicado rival del veterano senador Douglas. Lincoln perdió la elección, pero ganó fama nacional por sus brillantes arengas en defensa de la Unión y por su crítica de la esclavitud.

En 1860, y por muy escaso margen, ganó inesperadamente la nominación republicana para la candidatura a Presidencia nacional y, en noviembre de dicho año, también ganó las presidenciales. La noticia de su victoria no causó grandes esperanzas en el Norte, donde no era todavía muy desconocido, pero encendió aires de revuelta en el Sur, donde muchos habían amenazado con ir a la secesión que si salía elegido el candidato republicano.

Tras su toma de posesión, el 4 de marzo de 1865, Lincoln dejó claro que no estaba dispuesto a tolerar la secesión porque, a su juicio, supondría dos grandes males: la secesión de los Estados esclavistas supondría sobre todo el fin del proyecto democrático norteamericano inaugurado en el siglo XVIII, al tiempo que garantizaría el mantenimiento indefinido en Norteamérica de la lacra de la esclavitud. Para Lincoln, la secesión atentaba directamente contra la democracia fundada en 1787. Y esta posición reflejaba razonablemente bien el más amplio sentir de sus conciudadanos.

Para Lincoln, la cuestión política planteada a los Estados Unidos por la crisis de la secesión no era tanto la esclavitud; ni siquiera lo era el mantenimiento de una Unión indisoluble. Ambos asuntos eran trascendentales y, en todo caso, planteaban cuestiones primordiales. Pero para Lincoln, la cuestión trascendental era la defensa, mantenimiento y viabilidad efectivas de los valores establecidos en la Constitución de 1787: el mantenimiento y la pervivencia de un sistema de gobierno como el norteamericano, fundado en los principios de protección de los derechos a la vida, la libertad y a la búsqueda de la felicidad de cada uno, garantizados para todos los ciudadanos, que había organizado los poderes de su Unión de modo que ofreciesen las mayores probabilidades de establecer la más estricta seguridad de los derechos de las personas bajo el gobierno de la mayoría.Ese fue punto central del planteamiento de Lincoln en su intransigente defensa de la unidad de la República durante sus mandatos. Las cuestiones de la esclavitud y la Unión se habían entremezclado y enconado hasta tal punto, que la amenaza de secesión de los Estados esclavistas había terminado por recaer, también, sobre el propio sistema de gobierno establecido por la Constitución de 1787.

En 1864, fue reelegido para un muevo mandato presidencial. A diferencia de lo sucedido en 1860, esta vez Lincoln arrasó. Tanto en la Convención Republicana como en la cita electoral de noviembre, su victoria fue aplastante. Ganó con el 54% de los sufragios, porcentaje que alcanzó al 70% entre los soldados del ejército. Sin embargo, el espíritu con que abordó su segundo mandato no fue el de la venganza o el ajuste de cuentas, sino el de la reconciliación y la mano tendida a los vencidos. En su famoso discurso de Gettysburg, del 19 de noviembre de 1863, dejó plasmado los principios fundamentales de su pensamiento político:

"Hace ochenta y siete años nuestros padres fundaron en este continente una nueva nación, concebida en libertad, y dedicada a la idea de que todos los hombres son creados iguales.


Ahora estamos empeñados en una gran guerra civil, probando si esta nación, o cualquier otra nación así concebida y así dedicada, puede perdurar. Nos encontramos en un gran campo de batalla de esta guerra. Hemos venido a dedicar una porción de este campo, como lugar de descanso final de aquéllos que aquí dieron sus vidas para que esta nación pudiera vivir. Es para todos nosotros justo y apropiado que así lo hagamos.

Pero en un más amplio sentido, nosotros no podemos dedicar, no podemos consagrar, no podemos santificar, este campo. Los valientes, vivos y muertos, que aquí combatieron, lo han consagrado, más allá de nuestros pobres poderes para añadir o quitar algo. El mundo tomará una pequeña nota y apenas recordará lo que aquí nosotros digamos, pero no podrá olvidar lo que ellos hicieron aquí. Somos nosotros, quienes vivimos, los que debemos consagrarnos para llevar adelante la tarea que dejaron inacabada aquéllos que aquí combatieron y a la que dieron el más alto y noble adelanto. 


Debemos comprometernos aquí a continuar la gran tarea que nos queda por delante y, ante estos honorables muertos, resolver dedicarnos con devoción a la causa por la que ellos dieron la más alta prueba de la devoción; que desde aquí tomemos la decisión de que la muerte de todos ellos no haya sido en vano; que esta nación, con la ayuda de Dios, tendrá un nuevo nacimiento a la libertad, y que en esta nación el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, no desaparecerá de la tierra."

Un total de 272 palabras, dos minutos y medio de alocución. Inicialmente el discurso casi pasó desapercibido. Sobre todo en contraste con el pronunciado por quien le precedió en el uso de la palabra. De ahí que se consideró durante unos días que el Discurso de Gettysburg no podía ser el breve discurso pronunciado por el presidente Lincoln, sino el discurso pronunciado por Edward Everett. Everett era un reconocido diplomático y académico considerado como el mejor orador de su época. El discurso de Everett tenía 13.609 palabras y duró dos horas.

Lincoln tuvo que afrontar una tarea mucho más grande y difícil, si cabe, que la asumida por los fundadores de la República en 1776 y en 1787. Lincoln partía de una Unión ya fundada. Pero en 1860 esa Unión estaba a punto de disolverse. Lincoln asumió la tarea de refundar la Unión reconstruyendo el edificio de la República sobre la base de la soberanía nacional del pueblo de toda la Unión. Una idea de soberanía ya implícita en el preámbulo de la Constitución de 1787. Lincoln tenía la firme convicción de que la única posibilidad de pervivencia en el futuro de la democracia en América, residía en que ésta se fundase en la conciencia de una unión indisoluble. Lincoln creía firmemente que la secesión implicaría, a medio o largo plazo, la imposibilidad absoluta para mantener el gobierno popular, representativo y democrático, tanto en el Norte como en el Sur.

Si la democracia debía perdurar en Norteamérica, ello sólo sería posible con la unión de todos los Estados bajo la Constitución de 1787. Esta tesis fue la que mantuvo Lincoln durante todas sus campañas políticas, desde 1858. El coste de la afirmación de esa tesis fue una sangrienta guerra civil casi cinco años, de la que él mismo fue una víctima, y el legado de un problema, la integración de los negros, que tardaría más de cien años en hallar las vías para su definitiva solución.

El Presidente había fallecido, exactamente, a las 7:22 h., del amanecer del 15 de abril de 1865. Había sido llevado desde el teatro en que recibió los disparos que acabaron con su vida, hasta una casa particular, donde los médicos no pudieron hacer más que esperar a que expirase. Como siempre, Lincoln aparecía desmañado. Los pantalones que vestía le quedaban algo cortos, detalle que se realzaba por cuanto el lecho en que le tendieron era demasiado pequeño para su gran estatura, y le sobresalían notablemente las piernas. Sus Secretarios de Estado, Seward, Stanton o Chase, que tanto le habían despreciado y odiado en vida, lloraban. El general Grant, en los frentes de batalla de Virginia, también lloró al conocer la noticia.

A las 19,30 h, todas las campanas de la ciudad de Washington comenzaron a tocar a muerto, mientras un grupo de oficiales que se habían congregado ante la casa donde murió el Presidente, transportaba a hombros el ataúd donde hacía sido colocado (no lo pudieron cerrar, pues también era demasiado pequeño para Lincoln) hasta la Casa Blanca, congregándose durante el trayecto un gran gentío silenciosamente apesadumbrado. Los blancos estaban tristes y los negros lloraban.

Al despuntar el alba del 19 de de abril de 1865, la población de Washington D.C., fue despertada por los estampidos de los 21 cañonazos de salutación al Presidente. Inmediatamente las gentes se agolparon en las calles, confluyendo hacia la Avenida Pennsylvania, para acompañar el traslado del féretro mortuorio de Lincoln, desde la Casa Blanca hasta el Capitolio, donde se pronunció un sermón funeral. Durante dos días, el cadáver del Presidente estuvo expuesto en el Hall del Capitolio, donde acudieron a dar su último adiós miles de ciudadanos y el cuerpo diplomático acreditado en la capital. Acudieron incluso los embajadores de Francia e Inglaterra, que tantos desplantes le habían dado en vida.

Luego, el cadáver fue conducido a un tren militar especialmente preparado para la ocasión, que le habría de conducir a través de 1.700 millas hasta Springfield (Illinois). En Lancaster (Pennsylvania), el cortejo se detuvo y, entre los miles que se acercaron a darle una última despedida, se encontraba James Buchanan, predecesor de Lincoln en la Presidencia. En Filadelfia, el féretro fue conducido al Independence Hall (el lugar donde se declaró la independencia en 1776), donde fue visitado por miles de personas durante dos días. En Nueva York, más de 100.000 personas desfilaron, en duelo, por las calles de la ciudad en memoria del Presidente muerto. En Cleveland, en Chicago y muchas otras ciudades, el tren fue detenido para honrar a Lincoln.

El 11 de febrero de 1861, cuando salió de Springfield para tomar posesión de la Presidencia, Lincoln había dicho a sus amigos: “Salgo ahora sin saber cuando o como volveré”. El 4 de mayo de 1865 había retornado a su ciudad, muerto. Sus restos descansan en Springfield, en el cementerio de Oak Ridge. 

Ateneísta.