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Nighthawks (Los halcones nocturnos), de Edward Hopper


El arte de Estados Unidos entre los siglos XIX y XX es un reflejo de los retos que afrontaba un país con apenas un siglo de vida. Un país que avanzaba rápidamente y se transformaba de antigua colonia británica a cosmopolita e internacional nación cuyo centro se encontraba en la ciudad de Nueva York.

Al mismo tiempo la economía pujante favorecía la aparición de nuevos ricos, quienes a semejanza de los europeos, comenzaron a invertir en obras de arte, que engrosaban sus colecciones. Parecía que la prosperidad había sembrado sus frutos y que nunca se secarían: eran los felices 20.

La alegría no duró más que la década. En 1929 tuvo lugar uno de los mayores desastres económicos, el llamado Jueves Negro, con el desplome de la bolsa y la ruina de muchísimos norteamericanos, que cubrió de miseria y desesperanza la vida de este otrora optimista país. Tras esta hecatombe, sin dar apenas tiempo a recuperarse del shock, diez años después estallaría la II Guerra mundial con las consecuencias de todos conocidas.

El arte no podía ser ajeno a estos devenires sociales y económicos, y en el caso del pintor que nos ocupa, Edward Hopper, se muestra un antes y un después en su obra y en la de sus colegas, que se dejaron influir en gran manera en lo que se nombró para la Historia como la Gran Depresión. Muchos de los artistas contemporáneos hicieron de sus obras una punta de lanza para denunciar la injusticia política y social, abandonando las reivindicaciones más estéticas. Así mismo se fue alejando la dependencia de la gran urbe, aunque nunca sin perder su importancia, para afianzar un regionalismo que hablaba de la inmensidad y diversidad de los estados. Aquellos que permanecieron en Nueva York se dejaron influir por la geometría de la gran ciudad y de sus rascacielos.

Dentro de estos últimos encuadramos a Hopper. Paradójicamente estamos ante un artista cuyas obras son más conocidas que él mismo. Formado y conocedor de los pintores clásicos, sobre todo los impresionistas, se le ha denominado el pintor de la soledad, dentro de un contexto social muy determinado: "el realismo sucio". Como antes hemos señalado, hubo un antes y después en su obra después del crack del 29, tras el que comenzó a retratar personas solitarias en busca de sueños, como es el caso del cuadro que centra este comentario.

Nighthawks, también denominado Los halcones nocturnos, sitúa la acción en un diner, ya derribado y por tanto inexistente, en el Greenwich Village de Nueva York. El cuadro se comienza a pintar tras el bombardeo de Pearl Harbour y refleja el desánimo y la preocupación que asolaba el país.

Una calle vacía, tal vez en verano, y dentro del diner tres clientes, ensimismados, sin hablar entre ellos. Dos forman pareja, el tercero solo. El único camarero, tras el mostrador, les ignora. La esquina del local es curva, acristalada, mostrando el interior alumbrado por una fría luz de neón, acrecienta la angustia de la artificialidad de la escena. No hay puerta de salida, tan solo una al fondo sin destino.

Nos está contando una historia que parece captada por la instantánea de una fotografía. Una historia que el espectador nunca sabrá cómo comenzó, ni tampoco su final, en una noche atemporal, eternamente fijada en este lienzo.

CUATRO HISTORIAS

Planteamos un juego de adivinanza: ¿a quién corresponde cada uno de los pensamientos?

La calle no está vacía: la habita la nada, silenciosa y opresiva. En ella reina la oscuridad de una noche de luna de neón amarilla y fría.

UNO  

“A pesar de todo sus labios siguen sellados. Pensé que hoy sería capaz de abrir su corazón y de reconocer la verdad, la única verdad: que ya no me quiere. Tal vez nunca me quiso… No lo sé. Veo sus ojos fijos en la nada, sus manos que manosean la bolsa del azúcar que ha echado al café que ya se ha enfriado, como cualquier sentimiento entre nosotros. Pero no dice nada, solo calla y sufre, y deja que el silencio levante su muro. Solo haría falta una palabra…”.

DOS

“Estoy cansado, muy cansado. Pasa ya de la medianoche de un día que es igual a otro, en una cadena interminable de rutina. Nunca pensé que en esto consistiera la vida. Y, encima, debo sentirme afortunado de tener un empleo, de ganar un mísero sustento que me permite sobrevivir en una habitación con derecho a cocina, en donde duermo agotado para no soñar y poder seguir sonriendo a los clientes”.

TRES

“Debía haber muerto yo. Entonces habría vuelto a casa como un héroe, como volvió su cuerpo acribillado por el mortero, y mi familia me recordaría así. Habría salvado a mi país del yugo de los invasores. Sería un patriota. En cambio, ahora, no tengo nada, ni siquiera un trabajo que me justifique. Debía haber muerto yo y no mi mejor amigo, mi hermano. No soporto quedarme en casa y ver el reproche en los ojos de mi madre, sabiendo que ella me considera culpable”.

CUATRO

“Sé que ella espera que le hable. Pero ya hay demasiado vacío entre los dos para que crea que la sigo queriendo con toda mi alma. El tiempo, la incertidumbre, me ha puesto una mordaza que me impide dejar salir mis sentimientos. Lo mejor es que la deje marchar. Prefiero que me odie a permitir que gaste su vida con un fracasado”.

A través de la gran pecera del bar la vida se ha convertido en un agua estancada e irrespirable de soledad. 

Elena Muñoz Echeverría es licenciada en Historia del Arte, gestora cultural, editora y escritora. Ha ejercido la docencia durante veinticinco años. Desde 2015 a 2019 ha sido vicepresidenta de la Asociación de Escritores de Madrid.

Autora de un blog de éxito MI VIDA EN TACONES

http://mividaentacones59.blogspot.com/

Tiene diez libros entre poesía y narrativa. En 2018 estrenó su primera obra teatral. En la actualidad acaba de publicar su quinta novela, El amante pluscuamperfecto, con Ediciones Ondina.

Actualmente es concejala de Desarrollo económico y empleo de Rivas Vaciamadrid.

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