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La vocación de San Mateo de Michelangelo Merissi di Caravaggio

(1599- 1600) Óleo sobre tabla. Capilla Contarelli.

Hablar de Michelangelo Merissi di Caravaggio es hablar de unos de los mayores genios de la pintura barroca en particular y de la historia del arte en general. Vivió en un tiempo apasionante en el que los artistas eligieron el dramatismo, la pasión y la emoción para expresarse. Mayor realismo, colores ricos e intensos, teatralidad en las composiciones y sobre todo el contraste entre luces y sombras.

Nacido en Milán, Caravaggio desarrollo el culmen de su carrera en Roma, a la sombra del papado y de las órdenes religiosas, para quienes pintó muchas de sus obras. De vida tormentosa, paració encontrar en su propia personalidad el potencial que le dió fama: la utilización del claroscuro, dando lugar al tenebrismo, estilo muy apreciado por la Contrarreforma, que encontraba en su dramatismo la mejor manera de conmover a los fieles. Caravaggio renunció a todo el idealismo que había protagonizado la pintura durante el Renacimiento. Para ello utilizó modelos sacado de la calle, de los suburbios, convirtiendo a mendigos, borrachos y prostitutas en apóstoles y santos, vestidos a su vez con ropa contemporánea.

Como ya se ha señalado su vida fue de lo más excesiva. Se vio envueltos en escándalos de sexo y violencia hasta que en 1606 mutila y mata a un hombre, Ranuccio Tomassoni, y el papa le condena a muerte. A partir de este momento inicia una vida de huída y angustia hasta que la muerte, ya indultado por Pablo VI, le sorprende en Porto Éccole, cerca de Roma, en 1610.

Centrándonos en el cuadro que comentamos La vocación de San Mateo, obra que pertenece al ciclo de San Mateo de la Capilla Contanelli, podemos decir que engloba todas las características atribuidas a este pintor.

Este cuadro se basa en el evangelio del propio Mateo (9:9), episodio autobiográfico en el que Cristo indica al recaudador de impuestos que le siga en su fe. La obra está compuesta en dos planos: uno superior en el que solo hay una ventana, y uno inferior en el que se desarrolla la escena, que nos muestra el interior de una taberna. Jesús y Pedro van vestido con túnica, el resto con trajes de la época. La luz se filtra por la derecha, aunque no sabemos la preferencia del foco. No cabe duda de que el mensaje es que Cristo es "la luz" verdadera. Caravaggio nos muestra la colisión entre dos mundos, el terrenal y el celestial. La direccionalidad de la composición parte del brazo de Jesús, en semejanza al que vemos en La creación de Adán de Miguel Ángel, en la Sixtina, siguiendo por la de Pedro, hasta acabar en la del propio Mateo que se señala así mismo. El objetivo de crear una atmósfera en la que el creyente se encontrara embargado por la emoción del instante se consigue con creces.

Aunque Caravaggio no creó escuela fueron miles los seguidores de su estilo, como fue el caso de la pintora Artimisia Gentileschi, o aquellos artistas que viajaban a Roma para ampliar sus estudios. Entre ellos cabe destacar a uno, Diego Velázquez, cuyo débito al pintor italiano es incuestionable, sobre todo en su época tenebrista.

PINTORES

Sevilla. Un día de 1618. Un joven pintor reflexiona sobre la obra de uno de los grandes, al que ha conocido en su viaje a Italia, sin entender cómo alguien de vida tan miserable pudo conseguir tanta perfección.

Aunque juerguista, ladrón y pendenciero, el artista italiano estaba tocado, sin duda, de la magia, no sabe si de los dioses o de ese Dios que él refleja vestido de hombre, de aquel que perdona los pecados, hasta los más impíos con solo arrepentirse. Al igual que Mateo, él también fue señalado, no de los hombres redención sino como creador de ese un universo entre tinieblas rotas  por la luz de sus pinceles, que no pudieron iluminar la oscuridad de su propia vida llena de excesos, retorcida, dando el máximo sentido a la época que le tocó vivir: el barroco.

El joven pintor es consciente de que la grandeza de una obra no tiene nada que ver con la belleza de una vida, sino a veces todo lo contrario. El genio se esconde en los pliegues más recónditos de la miseria humana. Para el italiano, quizá, fue la única manera de encontrar la salvación, aunque fuera convirtiendo a borrachos, ladrones y putas en santos elevados a los altares.

—¡Diego!

Una voz le saca de su ensimismamiento. Con un suspiro da la última pincelada al cuadro que ha concluido, “La vieja friendo huevos”, antes de firmar. Se aleja unos metros y asiente con la cabeza. Sí, casi ha conseguido captar ese espíritu de Caravaggio.

Luego, despacio y con cuidado rubrica la obra: D.D. Velázquez.