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Ana María Matute (1925-2014). Una escritora profunda que nunca quiso dejar de ser niña


Una escritora profunda que nunca quiso dejar de ser niña

La palabra es lo más bello que se ha creado,

es lo más importante de todo lo que tenemos los seres humanos.

La palabra es lo que nos salva.

Ana María Matute

Así terminaba el profesor ANTONIO CHAZARRA un ensayo sobre la figura y la obra de ANA MARÍA MATUTE publicado recientemente por EL OBRERO. Su lectura me hizo recordar de forma inmediata los versos de BLAS DE OTERO en los que, con la misma convicción y pasión de la autora del OLVIDADO REY GUDÚ , defiende y reivindica el valor de la palabra. “Si abrí los labios para ver el rostro puro y terrible de mi patria, si abrí los labios hasta desgarrármelos, me queda la palabra”.

En el caso de ANA MARÍA MATUTE, esa palabra bien administrada y mejor utilizada la convirtió en una de las más prestigiosas escritoras de las letras españolas. Aspirante siempre a todo, incluido el NOBEL que a punto estuvo de disputarle a VICENTE ALEIXANDRE, logró, entre otros muchos premios, el NACIONAL de las LETRAS ESPAÑOLAS, en 2007, y el MIGUEL DE CERVANTES, en 2010. Reconocimientos justos, aunque tardíos, que jalonaron la larga y fecunda vida de una escritora encuadrada en la generación del 50 en la que tuvo el honor, y en ocasiones, la rivalidad, de compartir escenarios con, entre otros muchos creadores, escritores del nivel de JAIME GIL DE BIEDMA, ÁNGEL GONZÁLEZ, JOSÉ ÁNGEL VALENTE, RAFAEL SÁNCHEZ FERLOSIO y, desde luego, CARMEN MARTÍN GAITE, CARMEN LAFORET y JOSEFINA ALDECOA. Demasiado para una humilde ANA MARÍA MATUTE que, preguntada en una ocasión, sobre tan distinguida compañía afirmó: “Nunca me llegué a creer totalmente que mi nombre pudiera figurar al lado de semejantes maestros. Fui muy afortunada. Pero también eso me exigió trabajo y mucha dedicación”.

Humildad, pues, de una mujer que, en su extensa obra, trató numerosos aspectos de la vida española de posguerra. De hecho, la GUERRA CIVIL ocupa un lugar destacado de su producción. Novelas como LUCIÉRNAGA, censurada por el franquismo en 1943 y más tarde reeditada, PRIMERA MEMORIA o PARAÍSO INHABITADO tienen el denominador común de analizar el conflicto bélico bajo el prisma de un sentimiento infantil que encarnan las tres niñas que protagonizan el relato, tres niñas diferentes, aunque parecidas, a pesar de la distancia en el tiempo en la que las tres mencionadas novelas vieron la luz. Se mezclan, así, y esta es una de las constantes de las novelas de ANA MARÍA MATUTE, la fantasía y la realidad, la ficción y el recuerdo, de un estilo muy particular capaz de combinar la más dulce poesía con la más descarnada crueldad. Conviven, con toda naturalidad, en su obra el pensamiento inocente del mundo infantil con el análisis desencantado y en cierta forma nostálgico de los adultos.

Lirismo y practicidad, van de la mano en una autora que incorporó a su producción técnicas modernistas y surrealistas si bien ella misma, en coincidencia con los muchos especialistas que han analizado su producción, se define como realista. Como ha afirmado el profesor ANTONIO CHAZARRA, tenía una incuestionable vocación socrática. Como muchos de sus congéneres, “gozaba” de un pesimismo presente en toda su obra, así como otras muchas características negativas de una sociedad en la que el materialismo y el interés individual primaban sobre cualquier aspecto altruista.

Atrapada por su difícil infancia, con dos graves enfermedades a los cuatro y a los ocho años, y angustiada por su difícil relación con su madre, decidió, o quizá la vida la llevó a ese camino sin retorno, que el paso del tiempo podría afectar a su cuerpo, pero no a su firme voluntad de seguir siendo una niña en un mundo de mayores. “La vida – dijo – es una equivocación maravillosa”. Y, una vez más, la firme contradicción que impone esa maravillosa equivocación. “El sufrimiento me ha marcado el rostro, pero también la risa me ha dejado sus huellas”. Opinaba que lo políticamente correcto es lo más cercano a la censura. Que el mundo de los adultos es una farsa con matices en el que siempre hay alguien que se impone a otro. Quizá por eso, definía la literatura como un arte que no deja de ser una memoria modificada en la que, en ocasiones, se olvidan cosas que no sirven nada más que para amargar la existencia.

Esta peculiar escritora, estuvo de alguna manera marcada por el número tres. En 1996, se convierte en la tercera mujer que ingresa en la REAL ACADEMIA ESPAÑOLA DE LA LENGUA y, años después, en el 2010 es, también, la tercera mujer en obtener el PREMIO CERVANTES, otorgado por el MINISTERIO DE CULTURA. “Si algún día obtuviese ese galardón – dijo poco antes de ganarlo – daría un enorme salto de alegría”. Reacción significativa por su sencillez de una persona que ha visto como sus libros se han traducido a casi treinta idiomas. Solo un dato: la UNIVERSIDAD DE BOSTON atesora en su biblioteca un fondo denominado ANA MARÍA MATUTE COLECCIÓN.

Alguien que afirmaba que a la hora de pensar no distinguía entre hombres y mujeres, sino que pensaba en gente, hizo profesión de feminismo con ocasión de su ingreso en la ya mencionada ACADEMIA de la LENGUA ESPAÑOLA: “Dentro de ella intentaré hacer algo para que haya más mujeres”. No era partidaria de la política de cuotas, pero estaba convencida de que fuera de la ACADEMIA había mujeres con mayores méritos que algunos de los señores de los que estaban dentro. Y no tuvo empacho en dar nombres: sus candidatas preferidas eran ROSA CHACEL o MARÍA ZAMBRANO. Y tuvo que llover mucho para que, una vez más, ganase el premio CERVANTES una mujer. “Para que eso pase –dijo—tiene que caer una enorme cantidad de chuzos”.

Ya he mencionado el laberinto en el que se convirtió su infancia entre enfermedades, estancias felices en la casa de sus abuelos (allí fui dichosa, comentó en una ocasión), amor hacia un padre que, demasiado viajero no llegaba a cubrir las carencias afectivas de su hija producto de una estricta y, en ocasiones, cruel madre que llegó a provocar en ella una tartamudez mezcla de terror y angustia. Y como colofón, una GUERRA CIVIL que estalló cuando ella tenía ONCE años. Todo ello explica y justifica una literatura desgarrada por la violencia, la muerte, la miseria y el odio. Una infancia, pues, robada que ANA MARÍA MATUTE quiso recuperar, o mejor no dejarse arrebatar, durante toda su vida. Su falta de arraigo (se vio obligada a constantes cambios de residencia debido al trabajo de su padre) contribuyó también a un aturdimiento infantil acrecentado por una intolerante educación en las denominadas DAMAS NEGRAS a las que no dudaba en calificar de horrendas. “Llegué al colegio sabiendo leer y escribir, pero muy pronto la labor de las monjas consiguió acomplejarme hasta el punto de llegar a ser la última de la clase”.

Así las cosas, no es extraño que, a pesar de afirmar muchas veces que no escribía novelas autobiográficas, su vida, sus sentimientos, aparecen en numerosas ocasiones en las páginas de sus obras. Y, peculiarmente, en sus cuentos. MATUTE reconoció que “si no hubiese podido participar del mundo de los cuentos y si no hubiese podido inventarse sus propios mundos, se habría muerto”. Pero no son historias infantiles al uso. En ellas, aparentemente simples e inocentes, se denuncian la sórdida crueldad, la inagotable ambición y la ilimitada fragilidad de la condición humana. EL PAÍS DE LA PIZARRA, PAULINA, EL MUNDO Y LAS ESTRELLAS, EL SALTAMONTES VERDE, EL APRENDIZ, CABALLITO LOCO, CARNAVALITO, LA PEQUEÑA VIDA, VIDA NUEVA, EL TIEMPO, TRES Y UN SUEÑO, DE NINGUNA PARTE y, desde luego, EL VERDADERO FINAL DE LA BELLA DURMIENTE son, entre otros, claros exponentes de una amarga ironía, por no decir una nada disimulada retranca, de una literatura que, imaginada en principio para los niños, utiliza un en ocasiones corrosivo humor y una sutil ironía para que lo puedan comprender, también y sobre todo, los adultos. No es ajeno este estilo al que utiliza ANA MARÍA MATUTE en su literatura para mayores, una literatura hermosa, novedosa, rompedora, radiante pero plena de nostalgia y de dolor diferenciándose así, de los cuentos, que, por lo general, sin ser conformistas, sí contienen un cierto hálito de esperanza.

Ana María Matute, que define a su generación marcada por la GUERRA CIVIL como la de los NIÑOS ASOMBRADOS, afirma que el cuento debe reunir tres indispensables condiciones: “ser breve, redondo y jugoso como una naranja”. Y a ello va en LOS NIÑOS TONTOS, una compilación de 21 relatos cortos que protagonizan diferentes menores que tratan de comprender una dura posguerra pero que se dicen alegres en un mundo triste. En esa compilación, existe una NIÑA FEA que es rechazada por el color oscuro de su cara pero que encuentra consuelo en la naturaleza. También hay un niño QUE ERA AMIGO DEL DEMONIO, decide hacerse su amigo y la madre, partidaria del desprecio que la fe católica siente por esa figura, humilla a su hijo a quien llama “niño tonto”. En POLVO DE CARBÓN, la imaginación de una niña se enfrenta a la realidad hasta llegar a la muerte. AL NEGRITO DE LOS OJOS AZULES le llaman tonto porque no llora. Pierde sus ojos y el mundo lo olvida. Cuando busca sus ojos perdidos, muere en medio de la naturaleza. Esta, al llegar la primavera, le recompensa: los ojos azules se convierten en dos flores silvestres de color azul. EL AÑO QUE NO LLEGÓ narra la muerte feliz de un niño que no llegó a cumplir su primer año. En EL INCENDIO, el niño se consume en su propia pasión por la pintura. EL HIJO DE LA LAVANDERA sufre la muerte por lapidación. Sus verdugos, los hijos del administrador. No soportaban al niño enclenque que ayudaba a su madre con el balde de ropa limpia. El niño protagonista DE EL ÁRBOL, muere obsesionado por la visión de un orgulloso tronco. EL JOROBADO es un niño del que su padre se avergüenza. Lo esconde para que nadie lo vea. En EL MAR, finalmente, el protagonista muere porque, decepcionado por el océano que él había imaginado mucho mejor, se adentra en él para, al no oír el sonido que buscaba, morir ahogado. En esta antología, repleta de símbolos, está siempre presente la muerte, así como los mundos vegetal y animal de forma positiva o negativa, según los casos y la intencionalidad de los relatos. Juegan, también, su papel las madres y los padres como reflejo vital de su infancia. Las primeras incapaces de su labor protectora. Los segundos, demasiado ausentes. Las profundas carencias de la autora salen a flote y permanecen, a pesar del paso de los años, a flor de piel.

Son solo unos ejemplos que, al ser someramente analizados, descubren el carácter rebelde de una autora que denuncia, desde el racismo al acoso pasando por las diferencias sociales, todos los males que la sociedad depara a veces a su infancia, esa infancia que ANA MARÍA MATUTE añoró durante toda su vida. En otra de sus obras, LOS HIJOS MUERTOS, se rebela contra la guerra haciendo hincapié en la extrema desigualdad y la cruel injusticia que provoca.

MATUTE, casada y posteriormente divorciada del también escritor RAMÓN EUGENIO DE GOICOECHEA, entró en un lóbrego túnel marcado por la profunda depresión que le provocó el hecho de no poder ver a su hijo, JUAN PABLO, ya que, las arcaicas leyes españolas de entonces, concedieron la tutela del niño, al que la madre le dedicó buena parte de sus obras infantiles, a su marido. Esos problemas emocionales, que ya perduraron en mayor o menor medida durante toda su vida, se vieron agravados cuando, en 1990, paradójicamente y como una burla más del calendario en el día del cumpleaños de la novelista, murió su compañero, el empresario francés JULIO BROCARD, con quien encontró cierta feliz estabilidad compartiendo, entre otras muchas cosas, el gusto de viajar. Fue, en efecto, una gran y empedernida viajera. Profesora de UNIVERSIDAD, sus conferencias no eran desconocidas en numerosos países a pesar de que, en una ocasión, las autoridades de la época le prohibieron algún “peligroso y subversivo desplazamiento”, como, por ejemplo, asistir a un Congreso de Literatura Infantil, en Niza.

ANA MARÍA MATUTE, escritora de vocación y por convicción. Para ella, que elevó a la máxima categoría la injustamente catalogada como literatura menor la infantil, escribir era llamar la atención sobre la tristeza, el dolor y las lágrimas. “Mientras haya alguien que llore en el mundo no somos lo que deberíamos ser, no habremos progresado nada”.