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Las hilanderas, de Diego Velázquez

Conocido por el nombre de Las hilanderas, aunque su título real es La fábula de Aracne, esta obra velazqueña nos espera para ser contemplada en el Museo del Prado de Madrid.

Corresponde a la última etapa del pintor sevillano, llevada a cabo en 1657, tan solo tres años antes de su muerte. Se cree que fue un encargo de un particular, Pedro Arce, que era a la sazón montero mayor del rey Felipe IV, por lo que de alguna manera estaba vinculado a la Casa Real.

El cuadro representa la leyenda de Aracne, inspirada en el libro V de las Metamorfosis de Ovidio. Aunque los temas mitológicos no son los más abundantes en la obra de Velázquez, si los encontramos en obras como El triunfo de Baco (Los borrachos) o La fragua del Vulcano. En esta ocasión nos narra la historia de una joven tejedora que , llevada por la soberbia y la vanidad, osa retar a la misma Minerva a un duelo: ambas tejerán un tapiz que dirimirá cuál es la más hábil en ese oficio. El final de la fábula cuenta como la diosa castiga a la mortal y la transforma en araña, por lo que es condenada a tejer su tela eternamente.

Velázquez resuelve la composición colocando dos escenas en dos planos diferentes. En el primero se nos representa una escena cotidiana, como podría haber sido el de cualquier taller de tejedoras. En el segundo, al fondo y más iluminado, la resolución del combate, con las figuras de la diosa, a la que distinguimos por el casco, y de la joven Aracne, momentos antes de su transformación.

Toda la magnificencia pictórica de Velázquez se encuentra en esta pintura. El resumen de su evolución a partir del tenebrismo de su juventud, bebido de las mismas fuentes de Caravaggio, pasando por las improntas de Rubens y del viejo Tiziano hasta conseguir esa magia infundida al lienzo, esa "atmósfera" que hace que el aire, gracias al juego de la luz y de las pinceladas sueltas, ligeras, casi en algunos momentos abocetadas, recorra y envuelvan las figuras. Baste detenernos en el detalle de la rueca, situada a la izquierda del lienzo, para ver como su movimiento convierte en dinámico lo que debería ser el estatismo de una pintura.

Asimismo, la participación de espectador se hace realidad gracias a la figura que, al fondo, a la derecha, mira como invitando a entrar en la escena. Un juego que ya Velázquez utiliza en otras obras, como La rendición de Breda, La Venus del espejo o Las Meninas.

En resumen, un cuadro que transmite a quien lo contempla la razón indiscutible de por qué Velázquez está considerado uno, por no decir el mejor pintor de todos los tiempos, como así lo definió Manet.

LA FÁBULA DE ARACNE

Rodeado por el marco de la historia

la fábula de Aracne velazqueña

el pecado y el castigo nos enseña

trascendiendo del arte la memoria.

Pintado por el artista de más gloria

el cuento de la joven que se empeña

en retarse con Minerva a la greña,

teje con habilidad y con euforia.

Así como el agua mueve la aceña

así la diosa maldice acusatoria,

la furia ancestral de ella se adueña.

Pues es esta leyenda probatoria

que mal fin le espera al que sueña

a los dioses vencer con vanagloria.

Elena Muñoz Echeverría es licenciada en Historia del Arte, gestora cultural, editora y escritora. Ha ejercido la docencia durante veinticinco años. Desde 2015 a 2019 ha sido vicepresidenta de la Asociación de Escritores de Madrid.

Autora de un blog de éxito MI VIDA EN TACONES

http://mividaentacones59.blogspot.com/

Tiene diez libros entre poesía y narrativa. En 2018 estrenó su primera obra teatral. En la actualidad está en preparación de su quinta novela y acaba de presentar su último libro de poesía, Papelera de reciclaje con Ediciones Vitruvio.

Recientemente ha sido nombrada concejala de Desarrollo económico y empleo de Rivas Vaciamadrid.