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EL PERIÓDICO
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Literatura y cine


No es fácil que una adaptación cinematográfica supere la obra literaria original, pero sí que la iguale o que, en su lenguaje, sea capaz de proponer una lectura propia y única del mismo tema. Es posible rebatir con El tercer hombre, Tristana, Nazarín, Los santos inocentes, El perro del hortelano, incluso La casa de Bernarda Alba, La colmena, Tiempo de silencio… que algunos alumnos, en ocasiones, prefieren ver antes de tener que leerse las obras.

Leer Intemperie de Jesús Carrasco es dejarse sacudir por un texto que domina un castellano intenso que se adapta perfectamente a lo que narra y describe. Ese castellano perdurable, inagotable que nos hace sentir y comprender. La España amarga, dura, profunda y negra que vemos a través de los ojos de ese niño valiente, desesperado, sometido, que conoce el hambre y la humillación. Un lazarillo que conoce a un cabrero:

Al otro lado de la lumbre había un hombre acostado sobre el suelo. Aunque estaba de cara a la luz, no pudo distinguir su edad porque la manta le cubría el cuerpo entero, desde los pies hasta la coronilla. Un suave resplandor como una brasa lejana comenzaba a elevarse por el horizonte revelando unas formas arbóreas que la noche había ocultado. Le pareció distinguir las siluetas de varios chopos y supuso que el rebaño paraba allí por el mismo motivo que los árboles. Una cabra emergió de la oscuridad del fondo y cruzó por detrás del pastor hasta volver a desaparecer entre las bambalinas del amanecer. Su cencerro describió una línea de sonidos en el aire como una cuerda con nudos. A un lado, un burro descansaba aborregado con las manos flexionadas bajo el pecho. Repartidos por doquier, distinguió cuerpos inmóviles de cabras que pronto despertarían. A los pies del hombre había un zurrón y un perro pequeño que dormía enroscado.

Un hombre bueno que le da cariño y le enseña el beneficio del perdón, la mejor herencia, gran enseñanza.

La voz del cabrero, fofa y picuda, y su mano huesuda sobre el hombro. El niño se incorporó como un muelle y, sin mirar siquiera al pastor, abrazó su cuerpo enclenque. Se hundió entre sus jirones para fundirse con él, para penetrar en la estancia serena que sus manos acababan de negarle. Era la primera vez que se encontraba tan cerca de alguien sin estar peleando. La primera vez que enfrentaba sus poros con los de otra piel y dejaba fluir por ellos los humores y sustancias que lo conformaban. El pastor lo recibió sin decir palabra, como quien acoge a un peregrino o a un exiliado. El chico se abrazó al torso hasta hacer bufar al pastor, molesto. “Las costillas”, dijo, y automáticamente se deshizo el nudo y se separaron. Lo que vino a continuación no fue vergüenza. Acaso una distancia más acorde con las leyes de esa tierra y de ese tiempo. La semilla, en todo caso, estaba echada.

El hambre que no te contiene:

Llegó a la pared en tres pasos, tiró del primer chorizo que colgaba y lo sostuvo frente a sí como el que forma una aduja de soga. Se llenó la boca con la sangre enrojecida y no se detuvo ante el sabor picante ni tomó las precauciones de quien lleva muchos días con el estómago cerrado. Simplemente se entregó al instinto salvaje que primero sacia y luego enferma. Se comió toda la pieza, tragándose los trozos casi enteros, y, cuando hubo terminado, se pasó la manga por la boca, manchándose de grasa y pimentón.

La soledad del campo y el silencio, el ruido de los perseguidores y la violencia. La sequía, el esparto y la escasez de agua que pueda aliviar al sediento. Jesús Carrasco nos muestra al alguacil, temido y cruel.

Cuando el alguacil hubo terminado su cigarrillo, lo tiró junto al que se había fumado primero y lo apagó con la bota. Se ajustó el sombrero y rodeó el muro sin decir nada. El que miraba el torreón le dio un codazo al otro y juntos siguieron a su jefe. En aquel momento, los caballos pacían sueltos entre las cabras y el viejo rezaba con los ojos cerrados.

La película de Benito Zambrano no se queda atrás, con gran acierto en la elección de los personajes y una brillante recreación del paisaje nos convence. Las cuevas en las que vivían los que segaban el esparto, la niña que se orina de miedo con esos ojos que todo lo saben, el hambre que mata y transforma al necesitado, el bodegón de la alacena del tullido. Las imágenes responden a las palabras: el polvo erosionante, la escasez de agua y el secarral. La travesía en el desierto de esa España abrasada por el sol. La tensión de la novela es llevada a la película, así como el lirismo que despierta un paisaje que estremece.

Al visitar la exposición de Ramón Masats, me ha parecido que todo se complementaba como en una confluencia planetaria.

María C. Galera fue ayudante de Don Enrique Tierno Galván. Es Doctora en Filología Hispánica y profesora de Lengua y Literatura Castellana.