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EL PERIÓDICO
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Silenciar el olvido


Cuando abro El infinito en un junco me llega el olor del buen libro, el tacto de una edición cuidada en un papel que apetece tocar y saborear. El ensayo, como un bálsamo que me llena de bienestar.

El trabajo de investigación de la autora es admirable, pero más, si cabe, su forma de contarlo: selección y naturalidad; sencillez y credibilidad; dulzura y firmeza. Este homenaje a los libros y sus lectores me lleva por el camino que siempre ha sido mi salvación y mi salvoconducto.

Al leerlo pienso en mis amigas y amigos lectores que, como yo, se apartan a su pequeña isla para conectarse con su interior y de ahí al mundo, como Agustín… Irene Vallejo consigue sin crispación, como un líquido agradable que se va degustando a pequeños sorbos y no dejas de hacerlo hasta que terminas, que vayamos desde sus recuerdos de infancia, a la antigüedad clásica al twitter más reciente. Sabe escribir con sosiego la historia de treinta siglos del objeto de nuestro deseo: el libro.

“Aprender es uno de los grandes placeres de la vida”. Que un ensayo se lea como un cuento documentado es una novedad extraordinaria. Su dominio literario es muy envidiable de Marcial a Borges pasando por Natalia Ginzburg o Rulfo!!!

Leemos.

“Lo único que merece la pena es la educación -escribe en el siglo II un seguidor de este culto-. Todos los otros bienes son humanos y pequeños y no merecen ser buscados con gran empeño. Los títulos nobiliarios son un bien de los antepasados. La riqueza es una dádiva de la suerte, que la quita y la da. La gloria es inestable. La belleza es efímera: la salud, inconstante. La fuerza física cae en manos de la enfermedad y la vejez. La instrucción es la única de nuestras cosas que es inmortal y divina. Porque solo la inteligencia rejuvenece con los años y el tiempo, que todo lo arrebata, añade a la vejez sabiduría. Ni siquiera la guerra que, como un torrente, todo lo barre y arrastra, puede quitarte lo que sabes”

El descubrimiento del papiro como material de escritura, el barro, la piedra, las cortezas, el primer libro de páginas…ese gran avance apoyado por los lectores: leer es sentirse más libre. El papel totalizador de la Biblioteca de Alejandría, Enheduanna, las nuevas tecnologías…las bibliotecas y las librerías en las que he pasado muchas horas, aparecen en las páginas de este libro que es una belleza.

El Decamerón y las pestes, Las mil y una noches, La Odisea y la importancia de la oralidad. Para ser leída escribe Fernando de Rojas La Celestina y para ser cantadas escribe Bob Dylan sus letras.

Los anónimos y lo que se dice cuando nadie te hace caso. Me entero que gracias a una paleógrafa y otros estudios se empieza a aceptar que el autor de El Lazarillo es Diego Hurtado de Mendoza; no dijo y justificó otra cosa Don Enrique Tierno Galván, el viejo profesor, hace más de treinta años.

El conocimiento, la expansión del saber así como la democratización de las ideas junto con el progreso son patrimonio de los libros, nos dice la autora. Con internet todo es más fácil, pero más confuso, el mundo de los errores al alcance de la mano, la confusión como resultado.

“Años después, cuando yo misma me he tenido que enfrentar al vértigo de una clase, he comprendido que hace falta querer a tus alumnos para desnudar ante ellos lo que amas; para arriesgarte a ofrecer a un grupo de adolescentes tus entusiasmos auténticos, tus pensamientos propios, esos versos que te emocionan, sabiendo que podrían burlarse o responder con cara de piedra e indiferencia ostentosa”.

Bibliotecarios, libreros, muchos profesores y profesoras habrán disfrutado, como yo, de este gran libro de colección que se nos ofrece con la generosidad de la pasión.

“La invención de los libros ha sido tal vez el mayor triunfo en nuestra tenaz lucha contra la destrucción. A los juncos, a la piel, a los harapos, a los árboles y a la luz hemos confiado la sabiduría que no estábamos dispuestos a perder. Con su ayuda, la humanidad ha vivido una fabulosa aceleración de la historia, el desarrollo y el progreso. La gramática compartida que nos han facilitado nuestros mitos y nuestros conocimientos multiplica nuestras posibilidades de cooperación, uniendo a lectores de distintas partes del mundo y de generaciones sucesivas a lo largo de los siglos. Como afirma Stefan Zweig en el memorable final de Mendel, el de los libros: “Los libros se escriben para unir, por encima del propio aliento, a los seres humanos, y así defendernos frente al inexorable reverso de toda existencia: la fugacidad y el olvido”. 

María C. Galera fue ayudante de Don Enrique Tierno Galván. Es Doctora en Filología Hispánica y profesora de Lengua y Literatura Castellana.