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EL PERIÓDICO
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Biblioteca Mario Roso de Luna


Un nuevo proyecto pretende acercar las obras de este heterodoxo a quienes no se conforman con lo ya dicho

El libro de la ilusión es el título de una obra que no llegó a terminar, pero sí a publicitar Roso de Luna y con un poco de suerte encontraremos espacio para editarla. Este proyecto editorial es también el resultado de una ilusión pues, desde que inicié este itinerario tras su vida y sus escritos, quise llevar al público sus ideas eclécticas, poligráficas y esotéricas, con las mismas palabras que él utilizaba, convencido de que yo no estaba suficientemente preparado para entenderlas y exponerlas. Claro que me hubiera encantado mantener una larga conversación con don Mario en cualquiera de los lugares que tuvieron especial relevancia en su biografía: en las espalderas graníticas del Toril de Miajadas, desde donde contemplaba las estrellas, en las riberas del Ruecas, donde veía en pinturas rupestres y fósiles a los atlantes extremeños, e incluso, con más bibliografía y acompañamiento, en la Cacharrería del Ateneo de Madrid. En su defecto, al no ser esto posible, muy pronto le realicé la primera de las entrevistas y llegué a incluirla como Anexo en la tesis doctoral. No olvidaré que cuando mis hijos se hicieron algo mayores dejaron caer un día su convicción de que Roso de Luna era un pariente al que su padre iba a ver a veces.

En fin, no seamos tan románticos a fuer de realistas, como él mismo nos reprocharía. El caso es que en el volumen introductorio he querido recoger parte de Mario Roso de Luna. Quién fue y qué dijo, publicado en Renacimiento (Sevilla) en una supuesta entrevista que da base al título porque, aunque es evidente que no pude conocerle personalmente, sus respuestas son auténticas y, en cuanto tales, dan una semblanza más fiel que muchas de las entrevistas de personalidades contemporáneas que se pueden leer en la prensa e incluso de las que le hicieron en su época. Así pues, esa será la tónica de la colección mediante presentaciones inéditas a cada volumen y notas al pie: desbroce y diálogo.

Las oscilaciones de su pensamiento están marcadas en esa división, ya conocida, según la cual, a medida que va creciendo en edad, evoluciona de científico empirista a la pura filosofía, incluso no sé si algo escéptico al final, con una amplia etapa intermedia que lo invade todo, que es una doctrina ecléctica y espiritualista, que es la teosofía, a la que dedica el mayor número de sus obras y que asoma tanto en artículos como en conferencias, aunque nunca perdió un carácter crítico poniendo por encima de todo el famoso librepensamiento que había dejado evidente Pico della Mirandola, tres siglos antes de la famosa Ilustración, haciendo salir de la boca de Dios mismo, en su Oración sobre la dignidad del hombre, aquellas palabras: «Para ti no habrá coacción irremediable, pues será tu libre albedrío, que he puesto en tus manos, el que predefinirá lo que serás».

En alguna ocasión dejó al margen su opinión, aunque la manifestase, por el bien del consenso y la fraternidad, como, por ejemplo, cuando hizo oídos sordos a las propuestas de encabezar una escisión en la Sociedad Teosófica Española. En una España monocolor en lo tocante a las creencias, él siempre aplaudió cualquier disidencia que reclamara libertad de reunión, de cátedra o de religión, participando activamente en el caso de los teósofos y los masones, pero también en otros campos más científicos o históricos que conocía, como la física, la astronomía o la arqueología.

Creo que podría ser considerado un precursor, en cuanto que deseaba mayor flexibilidad a la hora de establecer los límites de la realidad de las cosas, del arte y de los dioses, de autores posteriores. Tenemos el caso de Bauman, que afirma que es la misma realidad, no solo su interpretación, la que es inasequible e inexplicable a otros porque, y nunca mejor dicho, se nos va de las manos. Es líquida. Y «La cultura de la modernidad líquida ya no tiene un populacho que ilustrar y ennoblecer, sino clientes que seducir». No llega a este punto Roso de Luna, ni se le puede considerar un nihilista ni un posmoderno, aunque sí un tanto escéptico acerca de las posibilidades que tenemos de conocer la verdad y realizar el bien. Hasta el último día de vida mantendrá la necesidad de seguir luchando por establecer los valores que nos constituyen como seres humanos. Quedaba mucho por hacer. Estas fueron sus últimas palabras: «¡No me lloréis. Continuad mi obra!»

En otro volumen presentaremos al lector entrevistas reales que tenemos recopiladas, que llevan la firma de periodistas bastantes conocidos entonces y que hoy apenas aparecen en trabajos de investigación. Entre ellos citaré a Darío Pérez, Rafael Carrillo, Antonio Zozaya, Alfonso Camín, Ángeles Vicente, Mariscal de Gante, Fernando de la Quadra Salcedo, Emilio Carrere, etc. Este último, dos años después de haber muerto el extremeño en su casa de la calle Buen Suceso del barrio de Argüelles de Madrid, publicaba en La Libertad el 1 de octubre de 1933 un artículo dirigido a las distintas ideología beligerantes y causantes de lo que ocurrirá después, en el cual, como buen observador de la sociedad española y sobre todo de la madrileña, le cita y elogia en un asunto que hará correr mucha tinta entre historiadores: «… la política ha desvirtuado los dogmas masónicos, desdeñando la tradición espiritual y convirtiendo cada logia en una sección de tal o cual partido político. Mario Roso de Luna explicó en eruditas conferencias los símbolos, las etimologías y las tradiciones. Después de morir Roso de Luna –la luminosa mente extraordinaria de nuestra época– lo mismo la teosofía que la masonería habrán tenido la sensación de quedarse un poco a oscuras».

Quizás estos nombres pueden hacer pensar a algunos lectores que, salvo en contadas ocasiones, nuestro entrevistado se movía en el ámbito de la opinión pública no académica, de periódicos, ateneos y centros culturales, aunque habría que replicar que en aquellos años las cátedras del Ateneo madrileño, por ejemplo, tenía tanto o más prestigio que las clases universitarias. Añadamos al respecto que hubo varias ocasiones en las que un gran número de personas, algunas muy relevantes, solicitaron para él —sin éxito— un puesto de profesor o astrónomo, pues nunca quiso someterse al ritual de las oposiciones, que también era escuchado en otros foros como la Real Academia de la Historia y en colegios profesionales; y, como he señalado en otras ocasiones, así lo cuentan dos de los primeros historiadores de la filosofía española, Bonilla y San Martín y Méndez Bejarano. En el mismo periódico arriba mencionado, La Libertad de 5 de diciembre de 1923, encontramos una prueba de que había cierto diálogo entre distintos niveles académicos y la heterodoxia pues la sección de filosofía del colegio de Doctores y Licenciados presidida por este último organizó un ciclo de conferencias en el que intervinieron Bonilla San Martín, Roso de Luna y él mismo entre otros.

Antes de dar por terminadas estas palabras quisiera indicar que con la reseña de los acontecimientos de la historia y la cultura que jalonaron la vida de Roso de Luna desde su nacimiento el 15 de marzo de 1872 hasta el de su fallecimiento el 8 de noviembre de 1931, solo pretendo que el lector pueda comparar aquellos que más le interesen o conmuevan con lo que vaya sabiendo de la biografía del entrevistado.

Robamos una frase a El tesoro de los lagos de Somiedo para dejar aquí un mensaje que considero esencial a la personalidad de Mario Roso de Luna. Se dirige al lector, a usted, y le dice: «Permitidme, amigo mío, que os lo diga sin ambages. Nada tan terrible como el pecado de omisión. En la acción más equivocada y funesta hay siempre algo de grande, de épico a veces, mientras que en la inacción todo es mezquino, razón por la cual Krishna decía a Arjuna en el Bhagavad-Gita, que la acción es mejor que la inacción». Así pues, dando otro salto al presente, esta especie de mandamiento rosoluniano yo lo interpretaría como que al lado de ese «escepticismo culto» ante las posibilidades del conocimiento, del que habla Isaiah Berlin y otros, él nos propone la fuerza de la voluntad que quiere esto y aquello, sin límite alguno, aunque él se mantuvo dentro de los límites del orden social y la compostura en vez de arrojarse en manos de la bohemia y el disparate.

Ahora, en Delfos, quisiera poner en manos de los lectores toda la producción que dejara editada Roso de Luna además de varios inéditos y una selección de artículos y leyendas.

Iniciamos este proyecto con un libro-entrevista, Hablando con Roso de Luna, que va acompañado de una nueva edición, muy revisada, de la que quizás sea la obra más conocida del teósofo extremeño, El tesoro de los lagos de Somiedo. Están ya editados tres títulos más: En el umbral del misterio, que es una colección de artículos, Por el reino encantado de maya, y en imprenta, Simbología arcaica. Estoy concluyendo la ordenación de los materiales inéditos que el mismo Roso tituló La magia y la escritura y a continuación abordaremos la revisión completa de los dos volúmenes en los que recogió sus conferencias por Argentina, Chile, Uruguay y Brasil entre 1909 y 1910.

Estos constituyen ya los primeros volúmenes de un proyecto que pretende facilitar a sus lectores la colección completa de la Biblioteca Mario Roso de Luna y, a quienes sólo conocen su nombre, que así tengan, en pocas páginas, una antología de textos y una imagen real y justa de alguien que pudo subirse al tren de los poderosos desde muy joven, pero optó por la independencia, la dignidad y la poesía de los que van a pie.

Esta biblioteca nace porque Mario Roso de Luna se lo merece, sin duda alguna, y porque así lo han acordado la inquietud de un editor y el agradecimiento de quien lleva desde 1976 intentando conocerle como escritor y como filósofo, recopilando toda su obra, en colaboración con su familia, y dando al público, al académico y al popular, distintas oportunidades de profundizar en el pensamiento rosoluniano, más que en la letra que mata en el espíritu que vivifica.

Nos guía el mismo objetivo que le guiaba a él cuando utilizó el nombre de Biblioteca de las Maravillas para gran parte de su producción. En este nuevo proyecto, haciendo un cálculo provisional salen cerca de cuarenta volúmenes, si no acumulamos demasiado los textos. Y hemos elegido para iniciar esta sinfonía literaria El tesoro de los lagos de Somiedo porque en la introducción que escribió allí en 1916 aparecen los elementos fundamentales de su filosofía incrustados en un viaje en el cual todo lo que veía, vivía y hablaba se convertía en reflejo y sugerencia para afrontar esos problemas que los filósofos suelen situar entre la razón pura y la razón práctica. Un puente que con frecuencia preferimos volar para evitar las complicaciones de una síntesis quizás imposible.

Además hemos entendido que sería razonable poner a disposición de los interesados en la obra de Roso de Luna, desde el primer momento, su propio lenguaje, sus propios términos, sus propios giros. Hablando con Roso de Luna es un volumen que sustituye ese diccionario que algunos lectores a veces echan en falta cuando se trata de lograr un correcto entendimiento de sus largos párrafos, pero evitamos conscientemente hacer arreglos innecesarios tanto como aquello que puede distraer de los principal. Solo pretendo facilitar definiciones y explicaciones que presenten el pensamiento rosoluniano no solo al lector español actual sino a todos aquellos que en la otra orilla del Atlántico mantienen aún hoy su recuerdo, especialmente en Brasil, donde están traduciendo al portugués gran parte de sus libros, y en Buenos Aires, donde fueron a parar muchos álbumes de artículos y cartas desde un guardamuebles de Madrid, camuflados en cajas de Kodak.

Estos libros tienen un poderoso enemigo cuando son tachados por los científicos y la crítica como puramente literarios, teosóficos o esotéricos perdiéndose el mensaje del sabio que no quiso quedarse anclado en ninguna de las dos especialidades que cursó en la universidad, doctor en Derecho y licenciado en Ciencias. Quiso fomentar el difícil equilibrio entre la religiosidad popular y el ateísmo, pues para él «ambos son defectos: uno el fanatismo tonto de Escila y otro, el escepticismo científico de Caribdis». Dos monstruos que atraen por igual la barquilla de la inteligencia en momentos de crisis. Más allá de la tergiversación y de las erratas, Roso de Luna nos dejó un mensaje contra el dogmatismo, contra la guerra y contra la ramplonería.