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EL PERIÓDICO
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Mario Roso de Luna por él mismo


(Tres meses después de morirme Pepita Maynadé me dedicó estas líneas en su artículo publicado en El Loto Blanco de enero de 1932)

Cada uno de sus libros parece un magno fruto póstumo, la coronación de toda una vida. Y sin embargo, la mente privilegiada y proteica de Roso de Luna nos ofrecía, con una frecuencia inusitada, los enormes frutos de su trabajo, uno tras otro y la muerte le sorprendió sin que pudiera cumplir una promesa que nos hizo un día: la publicación de su «Autobiografía» que hubiera sido la más digna rúbrica del tesoro intelectual cuya grandeza puede sellar tan solo nuestra ignorancia.

Josefina Maynadé no sabía que yo había dejado unos apuntes al respecto. Usted los podrá leer a continuación en este monólogo interior que desvela y, a veces, explica rasgos importantes de mi personalidad y la intención ecléctica, librepensadora y honesta de los miles de páginas que he escrito respetando lo que mi discípulo Esteban Cortijo denomina Esoterismo razonable.

1.- Primeros años

Había tomado una decisión: dejaría de ejercer la abogacía en cuanto cerrara los casos pendientes. Los años últimos del siglo XIX no eran los más propicios a la justicia y podía más la amenaza de caciques y poderosos que el limpio y bien fundamentado argumento moral. Ocasiones hubo en que no sólo me quedaba sin cobrar mis emolumentos sino que tenía que sufragar gastos de mis clientes más necesitados.

A otros amigos y condiscípulos como Rosado, Giralt, y los Aloe de Trujillo les iría mejor, pero yo decidí limitar mi trabajo como abogado a seguir con la representación legal de la mina de fosforita de Logrosán, derechos adquiridos por mi abuelo Julián de Luna Peña, no solo a título particular sino también en nombre del resto de los propietarios de los terrenos donde ésta se asienta. “Soy hijo del ferrocarril y de una mina”, me gustaba decir, porque a construir la línea de Extremadura había venido mi padre de su Vinaroz natal y en Logrosán nací yo, un Viernes Santo de 1872, dicen, pero no es cierto, fue el día 15 de marzo, o sea, quince días antes del 29, a las 9 de la mañana.

Soy de los que piensan que la Astronomía debe ser una ciencia primordial aunque sólo sea porque todos miramos con insistencia al cielo con relativa frecuencia, y eso estaba haciendo yo a las tres de la madrugada del 5 de julio de 1893. Ocurrió algo que vino a confirmar mi propósito de dedicarme a otras actividades y estudios más elevados: descubrí un cometa. Había salido para llevar a cabo una inspección ocular precisa en un juicio cuando, jinete en mi caballo, observé un astro nuevo en el grupo de las estrellas de El Cochero. Iba acompañado y hubo testigos, lo digo porque resultaba casi inmoral que un aficionado en un pueblo perdido de Extremadura lo viera antes que astrónomos oficiales. Es verdad que siempre he sabido disfrutar de las bellezas del mundo de los astros, desde que a los cinco años en un sólo día conocí ya para siempre el mapa celeste como la palma de la mano, ayudado por mi tío Mario, del cual me viene uno de los nombres que me pusieron al nacer. A pesar de esta afición y posteriores descubrimientos no caí, como se dice de Tales de Mileto, en zanjas ni baches a ras de suelo por ser un enamorado de las estrellas.

Cuando de vuelta a casa hice mis comprobaciones y me aseguré del hecho escribí al Conservatorio de Madrid, donde se recibió la carta el 8, y al periódico El Liberal, gracias a lo cual pude alcanzar el inmenso honor de que mi nombre pasara a la lista de los que tienen «posesiones» en los cielos ya que de las terrestres me ocupaba poco.

Continué mis estudios y observaciones directas, sin aparatos ni instalaciones durante toda la vida. Recuerdo con placer los eclipses de 1900, 1905 y especialmente el de 1912 en Cacabelos del Bierzo —lo cuento en el inicio del que quizás sea mi libro más editado: El tesoro de los lagos de Somiedo— llegando a hacer públicos otros descubrimientos que sólo en tres ocasiones me serían reconocidos oficialmente. De todo ello dejé constancia en la prensa y en publicaciones científicas de entonces.

El cometa Mario Roso de Luna, aunque compartido con otros dos astrónomos oficiales, me dio cierto renombre que aproveché logrando una ayuda de la Diputación Provincial de Cáceres para hacer la carrera de Ciencias Físico-Químicas. Estos estudios los supe simultanear con viajes al extranjero, mezclando el estudio, el trabajo y la aventura. Así fue como me entrevisté con Flammarion en su propia casa y con otros personajes curiosos del París de fin de siglo. A más de uno di cobijo en mi pensión y algo del poco dinero que yo tenía. De uno me hice muy amigo, Pepe Más. Yo, que iba a escribir más tarde que los diccionarios son libros que parecen hechos más bien para volver del revés el significado de las palabras que para aclararlo, me encontré redactando el Diccionario Ilustrado, de Toro y Gómez, en Francia, aparte de dar clases de guitarra, de lengua española y hasta de matemáticas.

En 1894 la Academia de Inventores de París premió con una medalla de oro, que se puede ver en el Museo Pedrillas de Cáceres, mi Kinethorizon, aparato de astronomía popular que merecería ser conocido por todos los aficionados, y en España me concedieron las medallas de Carlos III y la de Isabel la Católica. Cierto prestigio, nada de dinero y tampoco un trabajo de profesor o en alguno de los observatorios astronómicos.

El resto de los españoles estaba lamentando por aquellas fechas la pérdida de las colonias entre huelgas, colectas y, luego, la que llamarían Generación del 98. Yo, a mi manera, intentaba aprender de ese mundo culto, democrático y poderoso que hacía tiempo nos había dejado atrás en la carrera del progreso. Ver el urbanismo y la higiene de las ciudades europeas y volver no ya al Logrosán en el que nací y residía sino al Madrid de entonces, era una experiencia frustrante. En algunos artículos que escribí para la prensa regional denunciaba este desfase y los vicios españoles, aunque siempre me he sentido un patriota. Recuerdo que para hacer ver a mis paisanos extremeños la extensión del Hyde Park londinense escribía que era “como una media dehesa”. ¡Cuánto han cambiado las cosas!

Después de haber terminado con Sobresaliente los exámenes de bachiller en Cáceres cursé, pues, Derecho y luego Ciencias, pero los estudios de Filosofía y de Historia de las Religiones que me han atribuido en algunos escritos son totalmente particulares y autodidactas, cualidades que, en gran parte, tienen en común todos mis conocimientos, dado que incluso en la universidad apenas iba a los exámenes de junio y septiembre, residiendo algunos días para prepararlos en pensiones madrileñas de las calles San Bernardo, La Luna, Mesonero Romanos, etc.

2.- Un sueño: esa mujer ha se der mi esposa

Por estas calles y por conocidos cafés del centro de Madrid, además del ateneo, transcurren los diálogos y escenas que aparecen en la recopilación sistemática que hice de 485 sueños, ya completos o fragmentados, a lo largo de 118 noches que abarcan desde la del 12 al 13 de octubre de 1896 a la del 21 al 22 de febrero de 1897. Cuatro meses y diez días que reflejan, en mi opinión, la cotidianidad de mi vida y mis aspiraciones intelectuales que normalmente situaba en escenarios madrileños, como digo, salvo las tertulias con amigos de toda la vida —los Aloe, Calles, Quirós, Enríquez, Canelada, etc.—en el salón de mi casa, en el casino o paseando por algún huerto o por la carretera de Cañamero. Hacía un año que había dado inicio a la redacción de estos temas psicológicos y quería tener datos de primera mano. Se publicará con el título de Preparación al estudio de la fantasía humana bajo el doble aspecto de la realidad y el ensueño.

A la vuelta de la primera estancia en el extranjero llegué a Logrosán en tan buena oportunidad que había fiesta y, cuando entré en el Salón de Baile, atiborrado de gente joven y música con acordeón y violín, la mirada de una mujer me cautivó. “Esa mujer ha de ser mi esposa”, recuerdo perfectamente que le dije a mi madre antes de hacerme presentar a Trinidad Román, que resultó ser vecina de Miajadas e hija del dueño del mejor bazar y tienda de suministros en 50 kilómetros a la redonda.

Antes de estar prometidos recuerdo que en el tren de Madrid a Medellín, desde donde me desplazaba en coche o diligencia a Miajadas y luego a Logrosán, entablé animada charla con un tal Cabanillas que, al descubrir que los dos íbamos al mismo pueblo con la intención de ver a la misma mujer, cortésmente me dejó vía libre en la seguridad de que no tenía nada que hacer. Yo se lo agradecí mucho.

Así fue como nos casamos a las puertas del siglo XX, siglo al cual entregamos nuestros hijos Ismael y Sara, nombres propios que, para quien quiera entender, indican mi permanente atención al diálogo entre religiones. Por distintos motivos nos trasladamos pronto a vivir a Miajadas aunque yo había comprado, a nombre de quien entonces era sólo prometida, una buena casa en Logrosán; casa que hoy es municipal, conserva su estructura y lleva en su fachada una placa en mi honor.

Aquellos años hasta 1904 en que, tras la muerte de mi padre, nos fuimos a Madrid, los había empleado en estudiar y, sobre todo, en recorrer a caballo todos aquellos pueblos, con un criado que me ayudaba, cobrando deudas que muchos comerciantes y particulares tenían contraídas con el padre de mi mujer. También paseaba con frecuencia. Como escribiría más tarde, ya habituado a la vida urbana entre el Parque del Oeste y mis excursiones por las sierras del norte de Madrid con «pan y navaja» como todo alimento en el morral, creo que los encantos del caminar a pie son sólo para los exquisitos.

Entonces pude completar el mapa arqueológico de todo ese triángulo lleno de restos antiguos que une la zona de Miajadas con la de Trujillo y Cañamero, en la puerta de las Villuercas. Este fue, por cierto, el primer pueblo que vi, después de Logrosán, camino de Guadalupe adonde mis padres me llevaron pronto para ser pasado por el manto de la Virgen, esa Isis negra que tanto había significado para España y para los pueblos de Iberoamérica.

En esos años finales del siglo XIX tengo que situar mis escritos más académicos en sentido estricto. Ni yo ni ningún otro español había oído hablar de Freud pero, sin embargo, mi interés por comprender otros niveles de conciencia, como la intuición y la fantasía que se muestra en estados de duermevela y en los sueños, me llevaron a realizar la observación minuciosa de sueños a la que me he referido antes. El cuaderno escrito con el diario de aquellos meses lo encontré en Argentina junto con otros documentos impresos y manuscritos que mi hija Sara, por sugerencia de mi amigo el doctor Eduardo Alfonso, había enviado a aquel país, en los años posteriores a la guerra, por miedo a que volvieran a su casa a buscar los papeles del «masonazo» de su padre como hicieron en 1939 cuando yo llevaba ya ocho años en el cementerio civil de Madrid.

No he contado antes que la selección que hice y su análisis fueron editados en la imprenta de un conocido masón de Mahón, Bernardo Fábregas. Esto puede parecer una conexión misteriosa, pero lo cierto es que hasta diecisiete años más tarde, 4 de enero de 1917, no fui iniciado en la masonería, aunque conocía sus doctrinas por mis estudios en la cara oculta de la historia española. Fue en la logia Isis y Osiris de Sevilla donde, entre otros, el profesor y médico Manuel Brioude y el político Diego Martínez Barrio, que dirigía la ceremonia, me aceptaron remitiendo, poco después, mi «plancha de quite», algo así como documentos oficiales de traslado, a la logia madrileña Fuerza Numantina.

En Madrid pronto conocí al editor Gregorio Pueyo llegando con los años a mantener intensas relaciones no solo profesionales sino familiares, lo cual no fue óbice para que este sacara mis libros plagados de erratas, como los de otros autores. Hicimos varias excursiones juntos y con él visité Toledo para escribir una narración breve que ahora es, creo, un restaurante con terraza junto al Tajo: La venta del alma. Frecuentaba yo mucho entonces las librerías de viejo, basureros dignificados cuando no criptas iniciáticas, donde adquiría tomos raros y baratísimos.

Donde sí había ingresado antes de llegar a la Villa y Corte fue en la Sociedad Teosófica de la mano de un médico dentista catalán, Guillermo León, que me proporcionaba libros y consejos, me habló de teósofos y de teosofistas famosos como Rubén Darío y Amado Nervo y me puso en relación con los primeros fundadores de la sociedad en España. Con su presidente, el aristócrata José Xifré, el editor Ramón Maynadé, el militar Julio Garrido, etc., tuve buenas relaciones, no así con su secretario, Manuel Treviño. Ingresé en la rama Madrid, aunque acabaría fundando otra, Hesperia, con amigos menos devotos y más críticos con las pretensiones excesivas de Annie Besant y el obispo anglicano Leadbeater a costa del joven Krishnamurti, que acabaría abandonando en 1927 la parafernalia mesiánica que habían montado desde la Sociedad Teosófica. Hesperia iba a resurgir con el advenimiento de la democracia a España, en 1976, de la mano del bueno de Vicente Olivares y su hija.

Por encargo directo del delegado de esta sociedad para Iberoamérica sustituiré en 1909 a la misma presidenta mundial, Besant, impartiendo un ciclo de conferencias por América del Sur. Este acontecimiento llegará a ser uno de los de más relieve de mi vida y lo recogí en un libro. Visité Argentina, Chile, Paraguay y Brasil; aparecieron mis conferencias y entrevistas en la prensa y conocí personalidades como el poeta Lugones, el profesor y político Alejandro Sorondo, al fundador del partido socialista argentino, Palacios y a nuestro Blasco Ibáñez con quien coincidí en el Hotel España de Buenos Aires.

Yo hasta entonces estaba más volcado en los valores y en las formas de vida de los países europeos que había conocido antes de los treinta años, sin embargo, modifiqué mis preferencias dirigiéndolas hacia el Sur y más cuando pude comprender en su profundidad lo que fue la caída de los restos del imperio español en manos de los Estados Unidos de Norteamérica, y en especial su actitud beligerante e imperialista no sólo en política sino incluso en la cuestión del idioma, la propaganda antiespañola y en detalles como la injerencia política de masones norteamericanos en las logias de obediencia española de Cuba y Filipinas. Desde una perspectiva puramente sociológica escribí en alguna ocasión, a pesar de mi respeto por todo lo inglés, que prefería la plaza de un pueblo mediterráneo al home británico, el chocolate al té y el garbanzo al rosbife porque, de alguna manera representaba una cultura abierta y solidaria frente al egoísmo y el frío de lo anglosajón.

Estas y otras cuestiones me las relataban directa y fielmente corresponsales amigos repartidos en todos aquellos países de tal manera que muy pronto vi con claridad que el futuro debería unir a la eficacia del pragmatismo la riqueza vital, afectiva y creadora de los pueblos del sur. El próximo ciclo cósmico debe ser iberonorteafricano, nombre que había recogido ya en el primer grupo de estudios que fundé en el Hogar Extremeño de Madrid cuando éste inició sus actividades en 1905 y siendo yo su secretario. Por aquellos años intervine en actos de claro matiz político representando a mi patria chica y apoyando ante distintos ministerios a comisiones municipales que pedían que la vía de ferrocarril proyectada de La Serena a Talavera de la Reina pasara por su pueblo.

El discurso que escribí con ocasión de la visita de Romanones a Mérida el 15 de diciembre de 1907, aunque no estuve presente, lo recogió toda la prensa extremeña hablando del regionalismo del bueno y también fui yo quien redactó y leyó el discurso representando a Extremadura en un acto organizado por la Juventud Liberal con todas las regiones españolas ante el Rey —que no fue— en 1917. ¡Fueron unos días memorables! Un telegrafista de Guadalupe inició la propuesta de un homenaje y otros más conocidos la siguieron en El Noticiero de Cáceres. Yo incluso me lo creí y confeccioné una especie de curriculum vitæ con artículos sobre mi obra y con un título muy desafortunado, dada la mentalidad de las fuerzas vivas del momento que, como era de esperar, fueron más poderosas que los partidarios del Mago Rojo de Logrosán, nombre que recogía las iniciales de mi nombre (MRL).

En la Villa y Corte nos habíamos instalamos en la calle de la Princesa, nº 18, casa que aún se conserva encima de una farmacia, con dos sobrinas y una última hija de mi suegro, Luisa, que cautivaba con su belleza a poetas y literatos como Manuel Machado y el hijo de Nicolás Díaz y Pérez, Viriato, a la cual, tras mi viaje a América, casé por poderes con un chileno de origen inglés. Desde el balcón de unos amigos en la Calle Mayor presenciamos el atentado del anarquista Morral contra el Rey. Pronto nos trasladamos a la del Buen Suceso, calle que tendría mi propio nombre unos meses después del momento en el que abandoné este cuerpo, que ya no tengo, simple vestidura, mera máscara que se aferra inútilmente al tiempo presente o, dicho de otro modo, a la muerte.

Ya que he mencionado el apellido que sería tan famoso años más tarde, he de decir que el Machado que iba por mi casa era Manuel que resultó ser conservador, vividor y tan buen poeta como el otro, el profesor de francés autor de Campos de Castilla, a quien no conocí. El que sí era un personaje público era el filósofo Ortega y Gasset, buen burgués educado con los jesuitas de cuya influencia creo que no llegó a desprenderse nunca; lo demostró con la publicación de su obra La rebelión de las masas, donde contradecía principios muy queridos para cualquiera que fuera republicano y demócrata como gran parte del pueblo español. Uno de ellos era Antonio Machado, «demófilo incorregible», que comenzará a criticarle cada vez más abiertamente, aunque sin citarle nunca por su nombre, a medida que nos acercamos a la guerra civil. Yo también soy gran admirador de la cultura alemana, pero si estás con la gente no puedes estar solo con los catedráticos. En fin, no me tocó vivir aquellos años cuando el drama nacional estalló y la sociedad se dividió en dos bandos. Estaba en otra parte y mi partido defendía el librepensamiento, la búsqueda de la verdad, la fraternidad universal, la conciencia moral, cosas así. Pero este es otro tema.

Asentados en el barrio de Arguelles, mientras mis dos hijos estudiaban en Filosofía y Letras, Sara, y en la Escuela de Minas, Ismael, me dediqué a escribir en prensa a veces bajo seudónimo. Fui redactor en El Globo y en El Liberal, periódicos con los que había colaborado desde 1882 cuando en el primero de ellos apareciera mi primer artículo impreso, «Infinito», previamente rechazado por una revista de Cabeza del Buey, patria chica del cura liberal Muñoz Torrero; también en revistas como La Esfera. Con estas ocupaciones me ganaba modestamente la vida mientras seguía leyendo y escribiendo preparando mis conferencias y libros. Soy de los que piensan que lo infinito se encuentra tanto en lo pequeño como en lo grande y desde muy joven intuía que este concepto aporta un no sé qué de vaguedad a los principios más indiscutibles.

Pero pronto dejé el trabajo de redactor, ocupación que te absorbe completamente y en la que tienes que escribir de todo lo que ocurre, a veces sin saber, y guardando un difícil equilibrio entre las directrices del dueño y la verdad de las cosas. Me limité a colaboraciones puntuales, dedicando el tiempo a dar conferencias y a preparar mis propios libros, como digo, lanzado por entero al estudio y a la difusión de mis investigaciones sobre historia comparada de religiones, ciencias y filosofías enmarcadas en un mensaje moderno y progresista que eludiera tanto los errores del materialismo como del dogmatismo, propio ambos de iglesias e ideologías que jalonan la cultura occidental desde hace siglos.

Cuando, al irse a Paraguay en 1906 Viriato Díaz Pérez, el arquitecto y propietario de la revista La Ciudad Lineal, Arturo Soria, me encargó de dirigirla, en ella mezclaba temas de urbanismo con higiene, ecología, comentarios de libros y divulgación científica sin que faltara algún toque poético. Mis artículos que frecuentemente aparecían en distintos medios con y sin mi permiso contribuyeron a democratizar el conocimiento no solo en periódicos y revistas madrileñas sino también desde la prensa local de Asturias, Extremadura y Andalucía, fundamentalmente. Utilizaba seudónimos como Prior de Magacela, Juan Agrario, Juan de Logrosán, Merlín y otros.

3.- En Madrid. Mis libros

En 1909 conseguí que saliera un libro en francés -esto se llevaba mucho entonces- Evolution solaire et sèries astrochimiques. Un ejemplar del mismo será más tarde el primero que encontrará, en su búsqueda, un licenciado, mal aconsejado por un profesor catalán, que se va a dedicar a la educativa misión de rescatar para el futuro mi obra.

Veamos, pues, algo de bibliografía. En la Revista de Extremadura publiqué 46 artículos, reseñas y noticias desde enero de 1900 a julio de 1910. Los trabajos científicos de arqueología aparecieron en el Boletín de la Real Academia de la Historia, desde 1897 a 1918. En los medios de carácter teosófico mis colaboraciones empiezan en revistas catalanas como La Evolución o Lumen y en Sophia de Madrid en la que fueron editados 19 artículos desde 1903 a 1912. Tomó más tarde la bandera de estos temas El Loto Blanco, en cuyas páginas el inquieto Maynadé me publicó 22 artículos desde mayo de 1917 al último, ya póstumo, en junio de 1932. A Pepita Maynadé, hija del editor, le prometí —como dije al principio— mi autobiografía, pero creo que nunca llegó a leer estas páginas ni sabía que existían. De noviembre de 1921 a marzo de 1925 aparecerá mi Hesperia, revista en la que di a luz algunos de mis libros por entregas y en cuyo cuaderno de suscriptores se pueden encontrar apellidos que unos años más tarde sorprenderían como Baroja, Infante, Valera, Mirat, Daza, Tuñón, Seoane, Trigo, Maura, etc.

En el tiempo comprendido entre 1917 y 1925 publiqué once volúmenes en torno a temas de la obra de H. P. Blavatsky, obra que, a falta de ordenador, tenía recortada y ordenada en casa en cajas de zapatos. También salió El libro que mata a la muerte que me sigue resultando interesante y, por su repercusión contraria en grupos de presión germanófilos y clericales he de recordar La humanidad y los césares, un conjunto de comentarios sobre la guerra, que aparecían en 1915 mediante entregas semanales en un periódico de Valencia. Se dice que los jesuitas dieron de baja muchas suscripciones por no acceder el director a dejar de publicar mis entregas.

La Primera Guerra Mundial me hizo pensar que tanto el cristianismo que no la supo evitar, como la ciencia que la hizo más sangrienta y cruel con sus inventos, deberían ser reconducidos por otros caminos, y desde esta perspectiva hay que entender el núcleo fundamental de mi obra. El bis de la gran guerra, veinte años más tarde, es prueba de que mi pensamiento no era el más común. Los periodistas me preguntaban, como cosa rara, que por qué era aliadófilo.

Muy leídos fueron El tesoro de los lagos de Somiedo, ya citado, y De Sevilla al Yucatán, narraciones de inspiración ocultista en las que el camino geográfico se convierte en itinerario de aprendizaje donde las piedras, los hechos y las palabras forman parte de un discurso en el que tienen cabida lecciones de historia local y de folclore tradicional yunto al simbolismo más esotérico y universal, con independencia de que se trate de Asturias o Aracena, de Sevilla o las Islas Canarias. Una de las críticas que hice a Blavatsky fue precisamente que pusiera tantas trabas a quienes quisieran ser iniciados en la vía del ocultismo; cosa que, siendo yo blavatskiano, no fue comprendida por quienes nunca ponen en duda afirmaciones de los maestros y, menos aún, se atreven a señalar sus errores. Deseo ser criticado aunque ya no pueda defenderme, pero con razones no con suposiciones ni citas bíblicas. Esto lo discutí varias veces con el jesuita que dirigía la Academia de la Historia, el P. Fidel Fita.

Muchos amigos, bien intencionados sin duda, me recomendaron dejar la teosofía o, al menos, liberar mis escritos de su presencia reiterada, pero no quise. No sé si desde la filosofía o, simplemente desde la literatura, me equivoqué, pues me consta que jamás somos absolutamente buenos ni completamente lúcidos, pero que mis ideas fueran la única traba para lograr un puesto de astrónomo o profesor no era de recibo tanto tiempo después de Giordano Bruno o Miguel Servet.

Desde que dejé de formar parte fija de una redacción periodística pasaba las mañanas investigando estos temas, temas de gran interés para todo el mundo y que, ingenuamente sin duda, esperaba que fueran bien acogidos. Una vez que dejaba a mi hija en la universidad, me encaminaba a distintas bibliotecas, especialmente a la del Ateneo madrileño en el que no hace muchos años han repuesto mi retrato después de restaurarlo y al poco lo han vuelto a quitar.

Por la tarde participaba en conferencias, tertulias y actividades asociativas que se incrementaban con mis colaboraciones literarias, reuniones, etc. según muestran las cabeceras de prensa y las fechas mencionadas. El punto final, ya en 1929, fue el Ateneo Teosófico, al que invitaba a gran parte de los intelectuales y donde se impartieron las clases oficiales de filosofía por haber cerrado el gobierno la Universidad Central. Era increíble ver a metafísicos catedráticos escolásticos impartir sus lecciones con el rostro de Blavatsky colgado detrás en la pared. Este centro fue quizás mi más satisfactoria aventura cultural dado que los cursos y conferencias impartidos en el otro Ateneo, el de la calle El Prado, sobre filosofía oriental, ciencia moderna y música no me proporcionaron ninguna plaza en la enseñanza oficial a pesar de que lo pidieron en un escrito más de 300 profesores y ateneístas con Ramón y Cajal a la cabeza.

En ocasiones tenía giras de conferencias por las ciudades de la cornisa cantábrica, por Cataluña y por Andalucía, organizadas por personas siempre vinculadas con centros culturales tanto de carácter anarquista y obrero -los de la cuenca minera asturiana, por ejemplo- como de carácter más burgués, republicano y liberal. Era conmovedor ver alejarse al pueblo trabajador de tanto tópico y de tanta servidumbre escuchando las palabras de un orador desconocido cuando ve en él sinceridad y deseos de ayudarles en el camino del conocimiento.

En todo este tiempo mis contactos con Extremadura se mantenían vivos no sólo porque en algunas ocasiones tuve la suerte de representar a mi patria chica en actos de significación regionalista, como ya he indicado, sino por mis frecuentes estancias en Miajadas y la relación que perduró con amigos de la Revista de Extremadura como Publio Hurtado, Rafael García Plata o, a través de Santoña, donde trabajaba de profesor, Juan Sanguino Michel. También compartí algunas de las inquietudes regeneracionistas y críticas de mi pariente Felipe Trigo, aunque éramos muy distintos. Fue médico y escritor muy envidiado entonces y prototipo quizá de persona innovadora, cosmopolita y depresiva, que consiguió suicidarse en septiembre de 1916, precisamente en su casa de la Ciudad Lineal, Villa Luisiana, construida por Arturo Soria.

A Trigo fue la neurastenia, como se decía entonces, quien le llevó a la muerte, a mí probablemente fue un disgusto a raíz de un banquete, con discurso incluido, en octubre de 1931. Los hombres somos como niños, en lo que a la crueldad se refiere, incluso autodestructivos, pesimistas y ciegos como reflejan esos músicos que terminan bruscamente sus composiciones, tras el Allegro o el Andante, propios del empuje juvenil, en unos movimientos y notas llenas de catastrofismo y tristeza. Por suerte no todos son como Chaikovski. Yo prefiero, como es sabido, a Wagner o a Beethoven que siempre retornan, con valquirias y con himnos a la alegría, a cierto anhelo de días mejores, como una nueva primavera vigorosa y feliz.

Y está claro, para terminar estas memorias por hoy, que me encantaría seguir contribuyendo a la difusión de cuantas ideas van en esta dirección, y por eso agradezco el esfuerzo que están llevando a cabo Esteban y Nacho, el primero revisando los textos y el segundo editándolos en Delfos, nombre que desde Oviedo recoge la tradición del oráculo griego invitando a los lectores a conocerse a sí mismos sabiendo que vivimos en un mundo lleno de ruido en el que es preciso quitar a la realidad el velo de maya que la oculta.

Divagando en estas meditaciones, y acostumbrado como estoy a recibir inspiración de textos orientales, recordé el poema chino de Li-Sao y busqué una frase con la que me sentí identificado desde la primera vez que la leí, aunque nunca fue la astucia, a decir verdad, mi mejor virtud. Dice así: «Incierto en mis pasos como el perro y astuto como la raposa, habría podido desposarme con la mentira, pero no he querido».

© Esteban Cortijo Parralejo