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LEER UN CUADRO. El árbol del amor, de Ricardo Ranz

Abordo esta nueva entrega de LEER UN CUADRO con una gran responsabilidad que proviene de dos cuestiones. La primera que el autor es alguien que admiro, no solo como pintor o ilustrador, sino también como escritor (aunque el niegue que lo es ) y filósofo que mira la vida desde una perspectiva que a muchos y muchas se nos escapa. Lo segundo es que está vivito y coleando, lo que supone que va a leer estas líneas y por supuesto el feed back va a ser directo.

Sé que para algunos Ricardo Ranz es un perfecto desconocido, pero otros, los que le seguimos desde años, sobre todo en redes sociales, saben del talento de este artista, aunque la complejidad de su obra no llegue, porque no tiene por qué llegar, a todos.

Ranz, nacido en Ponferrada (León), realiza sus estudios académicos en Salamanca, en donde se licencia en Bellas Artes. Si contemplamos las obras de sus primeros años vemos ese “academicismo” lógico del que se ha ido desprendiendo hasta llegar a convertirse en un pintor, si nos atenemos a los encasillamientos estilísticos, expresionista, en el las emociones y los sentimientos, incluso las palabras encuentran su expresión (valga la redundancia) artística. Amante y entendido en poesía, cabe destacar su serie sobre Fernando Pessoa, que se ha convertido en un retrato gráfico de la vida y sinsabores del poeta portugués y que ha protagonizado diversas exposiciones en el país vecino.

Otra característica que resaltar es la destreza que el artista posee en un género tan complejo como es el retrato. Ranz tiene una gran capacidad para transmitir las distintas introspecciones de los retratados, sus personalidades, quizá por su habilidad para reproducirlas en las miradas, llenas de vida y de palabras. Basta con contemplar la serie Psicografías literarias, muestra de efigies de escritores y poetas.

Como muchos de los artistas, Ricardo Ranz también tiene un alter ego: Franz Frichard, una pequeña bombilla a la que acompaña un elenco de personajes que le dan la réplica y a través del cual el “creador” reflexiona sobre la vida, el amor, la muerte… Sus viñetas ilustran las redes sociales cada día.

La obra que os traigo, El árbol del amor, es una obra en pequeño formato, realizada en técnica mixta. En palabras del propio pintor no es una obra fácil, pero bajo mi punto de vista está llena de significados.

La primera vez que lo contemplé me recordó sin ambages, la leyenda de Apolo y Dafne, tan reproducida a lo largo de la Historia del Arte, y en la que el dios persigue a la ninfa, quien para huir de él, prefiere convertirse en un árbol, en un laurel. Podría ser esta una interpretación correcta sino supiéramos de las múltiples lecturas que suelen tener las obras de Ricardo Ranz.

La composición es sencilla. Dos personajes, hombre y mujer, que se distinguen por atributos muy primarios. Él, por el vello corporal; ella por unos senos esquemáticamente dibujados. Unidos ambos en lo que supone una escena de amor carnal. Junto a ellos un árbol, que puede ser el árbol de referencia al título, que hunde sus raíces en el suelo, firmemente asentado, mostrando el autor dos planos de realidad: la aérea y la subterránea. El movimiento de lo que de otra manera sería una escena estática se resuelve por la melena de la mujer al viento, que se nos escapa de la visual de la obra, como si esta se prolongara hasta el infinito. Los colores planos, del fondo hacen resaltar las figuras de rostros “sin rostro”, tal vez porque el autor necesite universalizar ese concepto de amor, junto a un árbol sin fruto, que, con la osadía que nos permitimos al interpretar la obra ajena, podemos también pensar que sea el del paraíso, el del pecado original, cuya manzana ya ha sido devorada. Las escasas líneas que limitan las manchas de color, realizadas con maestría, son capaces de acotar los personajes y la historia.

Apolo y Dafne, Adán y Eva, o cualquiera de nosotros que amemos y seamos amados con pasión podemos sentirnos protagonistas de esta obra. Eso es lo maravilloso de sentir el arte, cuando es bueno.

NO DEJES QUE EL ÁRBOL DEL AMOR SE SEQUE

No reniegues de haberte enamorado con ese amor que dicen impropio. No traiciones tu propio sentimiento por temor a unos dedos que señalan. Qué saben ellos de noches de luna, de sonrisas de rocío, de lava que estalla en el pecho arrancando el escombro de la monotonía.

No dejes que el árbol del amor se seque. Nadie tiene licencia para decir cómo, cuándo o dónde cobijarte bajo sus ramas, envolverte en la savia fresca de la ilusión vuelta a encontrar.

Qué saben ellos de palabras que dibujan sexos explorados, besos derretidos, de abarcar el mundo en el cuenco de las manos, el océano en una mirada.

No dejes que el árbol del amor se seque. Di que dios no existe, maldice la vida, pero no reniegues de ese amor que no todos entienden; porque si lo haces quizás consigas que los dedos ya no te señalen, siempre se tuvo respeto por los “muertos”, pero volverás a andar por el desierto de lo convencional, sin sombra que alivie tu tristeza.

Elena Muñoz Echeverría es licenciada en Historia del Arte, gestora cultural, editora y escritora. Ha ejercido la docencia durante veinticinco años. Desde 2015 a 2019 ha sido vicepresidenta de la Asociación de Escritores de Madrid.

Autora de un blog de éxito MI VIDA EN TACONES

http://mividaentacones59.blogspot.com/

Tiene diez libros entre poesía y narrativa. En 2018 estrenó su primera obra teatral. En la actualidad está en preparación de su quinta novela y acaba de presentar su último libro de poesía, Papelera de reciclaje con Ediciones Vitruvio.

Recientemente ha sido nombrada concejala de Desarrollo económico y empleo de Rivas Vaciamadrid.