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La llamada

Hace unos días, no puedo decir exactamente cuándo, sentí la necesidad de ir al pueblo de mi madre. La agitación se convirtió en arrebato y pedí a un buen amigo, que me acompañara a recorrer bastantes kilómetros en poco tiempo. Con su generosidad habitual se brindó a conducir e iniciamos de madrugada, con el frescor de la mañana, el recorrido que necesitaba realizar después de varios meses y muchos días aislada.

Tenía necesidad de sentir el aroma de la tierra que había hecho tan feliz a mi madre en unos tiempos tan duros, ya lejanos y remotos. El espacio de su infancia, el sitio de sus recuerdos.

Así que salimos de Madrid hacia la provincia de Granada en plena canícula. Nuestro destino, un pueblecito de cuevas que visité siendo una niña. Al cruzar La Mancha divisé las viñas crecientes y los restos resecos de la siega, la crujiente e inmensa llanura me sorprendió con su belleza sencilla de campo. Pensaba qué lejos queda nuestro destino y lo que debió ser en esos años en los que el tren paraba en todas las estaciones.

El desierto que rodea el pueblo forma una espectacular amalgama de formas y colores, los dólmenes en el parque megalítico expresan uno de los paisajes más singulares salvajes y auténticos de Europa. Sol y silencio. Las formaciones arenosas conjugan con los ocres, rojos y amarillos descubriéndonos el misterio de la belleza. Las cuevas arcillosas presagian árboles remotos y noches de estrellas que te arrastran como un torrente.

Al llegar, nadie. Al aparcar una señora se acerca a nosotros y cuando le preguntamos por mi familia nos dice que la cueva ahora es de ella y que lleva las llaves, está de obras. La cueva está reformándose y apenas queda nada de la original. Las han transformado en casas rurales que alquilan a buen precio. Cruzamos la puerta con la emoción del deseo. En pocos metros mis abuelos criaron diez hijos que vivían junto a los animales y trabajaban el campo. Años después mejorarían su vida, en otras tierras.

Vi la escuela a la que mi madre nunca fue. Aprendió las tablas de multiplicar escuchando a los niños que las cantaban mientras ella paraba a descansar con los cátaros de agua que llevaba a casa del señorito. Esta sí una casa, la única del pueblo. La plaza que tuvo que barrer con la cabeza rapada después de la guerra. Reconocí la reja donde le tocó aquel hombre el brazo por lo que tuvo que escaparse, casarse y después huir a Granada, donde nací yo.

Mi madre, por las noches, en lugar de rezar recorría las calles de ese pueblo, el laberinto de la miseria, cerros de la ignorancia. Recontaba a sus amigas: Asunción “la de Pedro”, Mariquita “mediaoreja”, Doloricas” la pichina” … ¡ay! mi Doloricas, ¡tan lista y tan graciosa!

Tomamos un refresco con la dueña que también compró el bar. Las cuevas se han hecho famosas, no hace ni frío ni calor.

Mi amigo de ojos gallegos y sueños de magia me mira con sorpresa. Nos dirigimos a unos baños cercanos, por fin agua.

Corrientes aguas, puras, cristalinas…árboles que os estáis mirando en ellas… se oye el ruido del tren. Veo a mis padres en esos baños, a mi madre disfrutar, siempre quería volver.

Regresamos a Madrid inundados de la magia de lo invisible. Con la seguridad del amor que nos acompaña, que no nos abandona. Sobrecogidos por un paisaje que atrapa, la tierra baldía de otro mundo.

María C. Galera fue ayudante de Don Enrique Tierno Galván. Es Doctora en Filología Hispánica y profesora de Lengua y Literatura Castellana.