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EL PERIÓDICO
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La piedra


Los veranos interminables en la Mancha son secos y queman. Entre la siega y la vendimia el tiempo transcurre lento, pausado; los días son largos y las noches de estrellas saben a vino, incluso ahora que corren tiempos de rapidez y destrucción. El aire huele a limpio.

En esos calores las siestas se respetan por ley como tiempo de descanso y reposo, necesarios para aguantar los días que se suceden en la constatación de la nada.

Después de comer y a escondidas ella se prepara y se lava con el agua que le ha dado el agua del pozo. Se desenreda el largo pelo trigueño para que brille y con olor a limpio va hacia la esquina donde él la espera en una mobilete vieja y ruidosa. Llevan a Clapton en el tocadiscos. Los pantalones rosas ceñidos y la camiseta sin sujetador son la promesa mientras camina, sonriendo. Lleva las bragas a juego.

Se van a las afueras, atraviesan el pueblo que disimula que duerme. S.Isidro, la ermita más cercana los acoge, cuatro árboles en medio de un secarral. Se va a quitar la ropa para que él la cubra con sus besos sobre la piedra que a modo de camastro hay entre dos pinos, con su delicioso olor a campo, un pobre tomillo parece que se crece. Los besos y abrazos llenan de amor el refugio de las prontas juventudes llenas de sueños y acciones. Piel sobre piel fundidas en el deseo. No se van a separar nunca, se comprenden, se necesitan, crecen juntos. En silencio, a escondidas, llenan esas horas dedicadas al amor y al sexo con la torpeza de los enamorados principiantes.

Pronto abandonarán el pueblo para estudiar en la ciudad. Cuando descienden se despiden entre risas y bromas, adiós s. Isidro, te queremos. Siempre te vamos a querer.

Después correrán entre jadeos delante de los grises y organizarán conciertos de autores protesta. Aprovechan cuando pueden para regresar al pueblo, el aire fresco que arrastra la moto despeina sus cabezas y los libera del miedo. Se quieren y están dispuestos a hacer de su unión un arma de futuro.


La ciudad gris y sucia los recibe con la generosidad de la madre, estudian, estudian y estudian, montones de cosas inútiles, aguantan una universidad antigua y falsa, hipotecada. Cuando muere el dictador regresan a la piedra, tres elepés bajo el brazo. Celebran la venida de los nuevos tiempos, una ola de esperanza.

Cuando él supo que ella se quedaría sola lloró como un niño, salid sin duelo lágrimas corriendo, no podía ser. Sabía que le sucedería joven, pero no tan pronto.

Sin música, sin aire, los cuerpos se convierten en madera, en jirones. La parejilla es ya un recuerdo, han amado con el alma, el pueblo es un lugar al que no se puede volver. Las piedras lloran para siempre. Qué hacer cuando todo se pierde, qué huerto han querido alimentar con nuestra pobreza.

María C. Galera fue ayudante de Don Enrique Tierno Galván. Es Doctora en Filología Hispánica y profesora de Lengua y Literatura Castellana.