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Las muertes de Durruti


“Durruti debía morir”. Así de sencillo escribía el exministro comunista Jesús Hernández en su exilio mexicano de 1946. Y por allí, en tierras mexicanas, deambulaba el asesino de José Buenaventura perdido en un lugar sin nombre. El Sargento de artillería José Manzana Vivó había sido campeón de tiro, siendo maestro tirador y se ganó su última medalla colaborando con los servicios secretos soviéticos en esta operación de ejecución programada y urgente. El anarquista más famoso de España había nacido en un aldea de León, de cuyo nombre nadie parece acordarse, y se lo llevaron al otro mundo en aquel Madrid de 1936. Llorado por un pueblo que no podía imaginarse el verdadero motivo del asalto a los cielos revolucionarios del cabezón de Durruti. Poco antes de su muerte le contaba al “periodista” Mijail Koltsov que todavía ni lo habían matado ni se había hecho bolchevique. La tragedia se cruzaría pronto en su camino. Su corazón se quedó helado y aquel mundo nuevo por el que peleaba se lo llevó para siempre a la tumba en Barcelona.

La novela de Pedro de Paz narró el misterio de la muerte del anarquista testarudo. Un disparo al líder obrero en el frente daba mucho juego. Una bala perdida, el arma que se dispara sola por accidente, un enemigo con mucha vista y puntería o un grupo del mismo bando pero de facción política distinta. Sospechó que habían sido los comunistas o los anarquistas, aunque planteó el accidente. La realidad supera la ficción. Faltaba mencionar la llegada de turistas soviéticos a nuestra república parlamentaria. Los servicios secretos soviéticos llegados a la Guerra Civil española fueron cuatro. Los de la armada, que no tuvieron ningún papel en Madrid, los del Ministerio del Interior (NKVD), los del Ejército Rojo (GPU) y los de la Internacional Comunista (OMS), junto con otras organizaciones que les dieron cobertura. NKVD, GPU y OMS desarrollaron en la capital de España muchas operaciones.

Los servicios secretos soviéticos enviaron pocos agentes de importancia pero ellos crearon una red de colaboradores externalizando sus organizaciones con españoles que obedecieron ciegamente las instrucciones recibidas. Algunos con nombres muy conocidos.

Tras la ejecución programada y urgente Miaja besó la frente de Durruti, ya sin alma, como un judas disfrazado de militar. Desconocemos si era consciente que el anarquista estaba elegido por el Gobierno Largo Caballero para sustituirlo al frente de la segunda Junta de Defensa de Madrid. Si, como nos podemos imaginar, lo sabía aquel beso fue una terrible petición de perdón, fría y secreta. Aquel ejecutado no era uno de tantos cadáveres madrileños de aquel Madrid sin Dios, era Durruti.

Para acabar con su última muerte, y enterrarlo definitivamente, debemos comprender que la política estalinista que la URSS aplicaba a la república parlamentaria española no podía permitir el cambio de Miaja por Durruti al frente de la segunda Junta de Defensa de Madrid. Lo que ocurrió es que en pleno consejo de ministros del Gobierno Largo Caballero salieron a relucir diferencias de criterio con el General Miaja. El presidente habló de destituirlo por otra persona que tuviera dotes de mando pero no fuera un militar. El ministro anarquista Juan García Oliver, amigo de Durruti, ofreció el nombre del líder obrero como sugerencia. Francisco Ricardo Largo Caballero aceptó. El increíble ministro de justicia pidió entonces 8 días para que Durruti fuera más conocido en Madrid. Allí se firmó su sentencia de muerte. No sobrevivió al plazo solicitado. Las balas soviéticas en ocasiones asesinaban a los de su propio bando.

La primera muerte anunciada fue por una bala perdida del enemigo frente al Clínico, frente a la Modelo o en distintas calles próximas. No pudo ser porque parece que la zona donde fue herido no estaba al alcance de las tropas rebeldes. Además la deflagración en la cazadora hizo ver a los médicos que se le había disparado muy cerca. La segunda fue por sus propios milicianos anarquistas por estar en desacuerdo con su política. Sin embargo Durruti se llevaba bien con su tropa y esto no pudo ocurrir, salvo que se comprase a un traidor o existiera un infiltrado. El disparo además se produjo al volver al coche y a muy poca distancia. Su tercera muerte parece dictada en una oscura habitación de Madrid pocos días antes. Que parezca un accidente. Su cuarta muerte va ligada a la política estalinista que la URSS desarrollaba en la república parlamentaria española. Fueron muchas sus víctimas. Junto a Durruti desaparecieron de forma similar Andreu Nin, Hans Beimler, Camilo Berneri, Irwin Wolf, Kurt Landau, Mark Rhein, Bob Smillie, José Robles, Louis Delaprée, etc., y la colaboración española llegó hasta el México de Trotsky. No era extraño al paisaje de Madrid en plena guerra que algunos comunistas se camuflaran como anarquistas o miembros de Izquierda Republicana. En un momento dado se activaban para realizar una operación y después podían quedar congelados, por un tiempo o para siempre.

Un joven miliciano de la Columna Durruti señalaba, en el verano de 2019: “Lo trajeron engañado. Su compañero lo mató”. Un grupo de sus propias tropas estaba delante del coche en donde sucedió el asesinato. El rumor corrió como la pólvora pese a los intentos de los soviéticos por tapar el incidente con contrainformación a través de la prensa, llegando a inventarse una entrevista una vez enterrado. En ella se decía que Durruti estaba dispuesto a poner en su mesa un retrato de Stalin. Los que le conocían no se lo creían. Como no funcionó la bala perdida fascista se divulgó la idea de que se quería hacer comunista y los propios anarquistas lo mataron. Los correveidiles contaban por las esquinas del Madrid asediado que habían sido los fascistas, los anarquistas o un accidente. Por supuesto nunca los comunistas ni mucho menos una orden desde Moscú.

La ejecución disimulada de Durruti llevaba el sello de Stalin. Los médicos entregaron a la viuda la cazadora con el halo de la deflagración. En su huida de París por la llegada de los nazis allí quedó olvidada la prueba de su asesinato. Primero contaron una muerte por bala perdida pero disparar desde tan cerca dejaba la huella del crimen. En Madrid quedó derrotado Durruti que en vida le gustaba contar que renunciaba a todo menos a la victoria.

De las diferentes muertes de Durruti ésta no nos la habían contado y se narra en: Juan de Á. Gijón Granados, Los presos de Madrid en 1936. La historia de las ejecuciones extrajudiciales de las cárceles del Gobierno Largo Caballero en los alrededores de Madrid, Espuela de Plata, Sevilla, 2020. (Próxima aparición. 24 de noviembre en www.editorialrenacimiento.com y el 7 de diciembre en librerías).

Bibliografía utilizada para este artículo.

- Buckley, Henry, Vida y muerte de la República española, Espasa, Madrid, 2004.

- Costa Muste, Pedro, “El amor y la lucha de un anarquista”, Interviu, nº 52, 1977, pp. 78-81.

- De Paz, Pedro, El hombre que mató a Durruti, Madrid, Germania, 2004. -

Figuero, Javier, Memoria de una locura. Crónica testimonial de una gran tragedia española, Planeta, Barcelona, 1986.

- García Oliver, Juan, El eco de los pasos. El anarcosindicalismo… en la calle,… en el Comité de Milicias,… en el gobierno,… en el exilio, Ruedo Ibérico, Barcelona, 1978.

- Hernández Tomás, Jesús, Negro y rojo. Los anarquistas en la Revolución española, La España Contemporánea, México D. F., 1946.

- Iglesias, Ignacio G., “Buenaventura Durruti, un revolucionario nato”, Tiempo de Historia, nº 24, Madrid, 1977, p. 4-17.

- Paz, Abel, “La muy oportuna muerte de Durruti”, Revista Nueva Historia, Año I, nº 11, diciembre de 1977, pp. 10-15.

- Paz, Abel, Durruti en la revolución española, Laia, Barcelona, 1986.

- Reig Tapia, Alberto, La Cruzada de 1936. Mito y memoria, Alianza, Madrid, 2006.

- Sánchez Zapatero, Javier, Arde Madrid. Narrativa y Guerra Civil, Espuela de Plata, Sevilla, 2020.

- Thomas, Hugh, La Guerra Civil española, Grijalbo, Barcelona, 1976, 2 Vol.

- Volodarsky, Boris, El Caso Orlov. Los servicios secretos soviéticos en la guerra civil española, Crítica, Barcelona, 2013.

Juan de Á. Gijón Granados es Doctor en Historia por la Universidad Complutense de Madrid. Trabaja en la enseñanza secundaria desde hace más de 20 años en la Comunidad de Madrid. Profesor Visitante (2006) en el Instituto de Historia (CSIC). Ha colaborado con la editorial Oxford en la elaboración de libros para profesores y alumnos. Entre sus temas de investigación están las Órdenes Militares, la arquitectura militar o la represión de los dos bandos en la Guerra Civil, entre otros. www.juangijon.com