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EL PERIÓDICO
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Azules ojos verdes


Caminaba despacio por el pasillo con un movimiento incitador y abrigo gris con cuello subido que le sentaba como un guante. Lo vio así por primera vez, aunque llevaban varios años juntos. En la cafetería le había dado un poema, estaba ella para poesías.

Un reguero de tabaco, café y vetiver adivinaba sus pasos. Verlo fue la alegría diaria en un tiempo de duelos. Logró atraer su mirada, como si él no la hubiera visto y eso que sus ojos todo lo veían, hasta por la espalda. Parecía que temía que lo descubrieran. En las primeras comidas y cenas todo fue atracción, cuando aquella noche fueron al Geográfico, ella le dio el número de teléfono; después él la beso en la puerta del servicio de un restaurante donde se cantaba ópera, por sorpresa. Los camareros cantando, las velas, la comida y ella elevada empezando a sentir el revoloteo de mariposas.

Cuando se enteró de su juventud y de algún secreto ya no había marcha atrás. El deseo atraviesa las intenciones con la rapidez del dardo. Una amiga se lo dijo, no está tan bueno en bañador y como mucho lo vuestro durará un año. Lo clavó, seguramente tenía la experiencia de la que ella carecía.

El primer año fue una pasión, el cuarto la despedida y una encrucijada. Se siguieron viendo seis años más, a escondidas. El desplome fue similar a una gesta de artillería pesada. El sufrimiento parecía interminable. Se fue. Se había instalado en el no.

En un viaje a Andalucía la pobre no paró de hablar durante cuatro horas, estaba cargadita de problemas. Silvio en el casete, por supuesto.

El tipo merecía la pena, lo arreglaba todo y llegaba a tiempo cuando el naufragio se divisaba. Hay pocas personas más capaces y más buenas. Su sentido del amor no engaña, cuando no puede más se va.

Una vez fueron a Baeza y allí la beso contra un portón, la enseñó a escuchar el rumor de las hojas de los árboles. Es el beso de su vida. En otra ocasión junto al mar y con amigos tras amarse por la tarde, escurridos como peces, le dijo bajo la luna te amaré siempre.

Ellas lloran porque no se creen que ellos no las quieren ya o quieren a otras, qué más da cuando llega el final todo es niebla y confusión.

Mucho tiempo después él la ha sacado de muchos apuros y ha trabajado duramente para ella, sin límites ni recompensas.

Ya no se ven, no existe el tiempo ni el espacio. Se hacen mayores y cuando piensan en esos tiempos remotos cuando alcanzaban lo imposible, sus sueños se hunden en una esperanza olorosa a hierba fresca y primavera remota.

María C. Galera fue ayudante de Don Enrique Tierno Galván. Es Doctora en Filología Hispánica y profesora de Lengua y Literatura Castellana.