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EL PERIÓDICO
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Por la puerta grande


La impresionó porque hizo una entrada torera en la sala de profesores, iba seguido de la cuadrilla y los banderilleros, el director y su equipo, como viene bien llamarlo, alguna sindicalista no faltaba. Tras el paseíllo se dirigió a los profesores que como en el ruedo miraban expectantes. Lo dijo en pocas palabras las cosas irían a peor, como era de esperar, se pedía al profesorado paciencia y abnegación. Lo dijo con tanto salero y tan breve y bien dicho que a ella le gustó. El tipo sabía del tema y se veía que había trabajado en el Ministerio para un gobierno progresista. Se lo sabía todo, era simpático, cercano, alegre y parecía valiente. No era pesado ni se iba por las ramas, ya era un avance. Le habían llamado el señor de los anillos, ahora iba moderno y bien ajustado, chaqueta marcando y unos años viudo.

Hizo todo lo posible por coincidir en unas cañas durante la visita, no fue posible, tenía la agenda completa, además del Embajador y la Consejera, la Asesora, los padres, los pelotas, los sindicalistas…imposible. Ella viajaba cada dos viernes a controlar a los hijos. Coincidió con él en el viejo autobús, frío, sucio y destartalado. Ante su sorpresa la apretó contra la ventanilla y se puso a hablar y no paró hasta su destino. En una de estas y cuando parecía que se precipitaban hacia el río le metió la lengua hasta la glotis, haciendo que el libro de escritoras rusas que llevaba para protegerse saliera zumbando. No se separó de ella hasta llegar a Madrid, casualmente el asiento contiguo del tren estaba vacío. Se había propuesto llevarla al catre.

Después de varias citas y de sospechar que alternaba varias relaciones, en ese vaivén, una tarde cenaron entre árboles a la puesta de sol, decidió rendirse. Ya sospechaba que era un buen amante, respetuoso y activo. En el punto que toda mujer desea. Con un mundo rico y propio, lleno de festejos y diversiones, un canto a la vida. Ella que llevaba varios años muriéndose.

Un día la llevó a la casa de Campo y vieron un conejo, él lo descubrió. Lo interpretaron como una señal de buena suerte. Cuando iban a los toros aprendió lo que era la querencia y si el toro la tenía o no. Una vez vieron a un torero que como un artista dominaba capó y muleta, verónicas y chicuelinas, qué maravilla…ella que había ido una vez a las Ventas para ver cómo se les doblaban a los toros las patas sin aliento… a partir de ese día se declaró torista.

La llevó a muchos sitios y en La Traviata le juró amor eterno. Cuando la llevó junto al mar junto a la casa de Blas Infante se le inundaron los ojos y como un puente que trasmite la emoción se acercaron a lo divino.

Descubrieron afinidades y gustos comunes, sobre todo que se gustaban y se disfrutaban. Se veían una vez al mes en buenos restaurantes con los que él la complacía. Al final con un buen menú y una copita de crema de orujo los ojos les hacían chiribitas. Ella acabó confesándole casi todo, porque él la miraba con ternura y mucha comprensión. La sentía fracasada, no se podría ocupar de tanta calamidad, pero sí de hacerle la vida más llevadera.

Cuando hablaban de libros la animó a que escribiera y empezaron juntos a conocer libros y escritores. Así empezó ella a practicar lo que ahora era su consuelo y su salvación, la había llevado de la mano. Él era así, ayudaba en lo que podía, no se podía hacer cargo todo, era demasiado. No había tiempo, las dolencias y su pragmatismo se lo impedían. Por otra parte, como dijo Josefina, hacía lo que le daba la gana, aunque sabía dar gusto. Un cielo aquí, un cariño allá.

Pasaron los años y el amor se hizo tan firme que siempre se tenían, se vieran o no, se abrazaran o no. Se querrían para siempre sin remedio. ¿Sería el amor de verdad que tanto necesitaban?

El amor no tiene reglas, se tatúa en el alma y no pide respuestas. Habría secretos que nunca se contarían, pero mientras el tiempo dijera todavía la soledad les había unido para siempre.

María C. Galera fue ayudante de Don Enrique Tierno Galván. Es Doctora en Filología Hispánica y profesora de Lengua y Literatura Castellana.