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EL PERIÓDICO
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Oscuridad


Intentaba descansar frente al televisor, sola, en esa casa cubierta de recuerdos y de abandono que procuraba mantener de apariencia. Tenía una llamada, su hija de nuevo. Apenas la dejaba hacer nada propio, casi ni a pensar. A todas horas esa llamada, hablaba con ella delante de los alumnos con el miedo arrastrando el cuerpo por los comentarios. Sabía que estaba mal, que no podía con la vida.

Tuvo que ir. El día estaba frío y caía la nieve en pequeños golpes. Una nieve fina que convertía el paisaje en un temido presagio negro. Cuando llegó reservó una habitación en un hotel que no llegó a pisar. Se dirigió a la casa, una amable vivienda junto al Palacio. El lugar sombrío y bonito cuajaba el ambiente de romanticismo y decadencia. Él estaba con las niñas y la perra, ausente como cuando acostumbraba indiferencia. La situación lo superaba, el tiempo en el que le pareció brillante había entrado en la oscuridad del desapego.

Salió a buscarla, estaba en el chino comprando cervezas, se las bebía de tres en tres sin reparar y apenas comía. Su cara delataba la embriaguez y el malestar que la consumía. La fractura con su marido era ya irremediable, las dos niñas callaban. El que dijo siete veces sí en el Ayuntamiento, se habían equivocado.

Salió corriendo ante la mirada desconfiada y espantada de la china. Corriendo por unas calles escurridizas en las que apenas había luz. Huía de su madre, una vez más. De qué huía esa mujer tan desgraciada, tan sola y herida. Jadeantes logró llevarla a casa y acostarla. Él salía al día siguiente temprano hacia Estambul, tenía un concierto. La quería sí, pero ahora era de corcho y piedra a la vez.

La nieve, el frío. Habían dejado las pisadas con los ribetes de barro sobre el asfalto.

La abuela se quedó para cuidarlas, adoraba a las niñas, alegres y juguetonas. Las sentía en el dolor de su corazón marchito. El escozor del dolor sin lágrimas. La enfermedad vivía con ellas, en qué momento se equivocaron, por qué no se dieron cuenta. Después todo fueron visitas médicas y asociaciones equivocadas.

Vivió con ellos un mes y con ella para siempre. Abandonó su trabajo. No era capaz de enderezar una situación que se desbocaba sin remedio. Sin futuro para una pareja cuarteada que se miraba con desdén y desconfianza. Maltrato sicológico le dijo ella a la policía.

Nos morimos a golpes, despacio, casi sin darnos cuenta. Cuando queremos retroceder a los hechos que iniciaron la desdicha no se encuentra el origen. Es un origen remoto, viene de muy lejos y marca nuestros pasos en silencio.

Comportamiento complejo en dientes de sierra. Subidas y bajadas. Debe recurrir a la medicación adecuada.

La nieve blanca en medio de aquella oscuridad para siempre. A todos nos dolió ese veneno que desató la felicidad interrumpida, por no hacer mudanza en su costumbre.

María C. Galera fue ayudante de Don Enrique Tierno Galván. Es Doctora en Filología Hispánica y profesora de Lengua y Literatura Castellana.