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EL PERIÓDICO
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El asesinato frustrado de Manuel Azaña en julio de 1936


Manuel Azaña, con un grupo de generales, entre ellos, a la derecha, Francisco Franco. Manuel Azaña, con un grupo de generales, entre ellos, a la derecha, Francisco Franco.

Corrían tiempos coléricos y la agitación política y social se elevaba por momentos en el Madrid de 1936. Aquella ciudad de la que Azaña huyó porque no quería verse arrastrado por sus calles. La villa de la Corte exiliada era un lugar de contrastes y el Palacio Real había pasado a denominarse Palacio Nacional. Nada tenían que ver la Gran Vía con el barrio de Ventas, su arroyo de Abroñigal y su puente de Calero. Los chatos de frascas de vino poco se parecían a los combinados de léxico anglosajón de Chicote. Monárquicos y republicanos se distanciaban más cada día. La falta de acuerdos políticos y la llegada de corrientes ideológicas (comunismo y fascismo) que asimilaban la violencia como parte de su felicidad hicieron que la democracia española reventase.

Allí también chocaban una sociedad conservadora y piadosa con otra, de nuevos tiempos, con ideas políticas más liberales mezcladas con otras excluyentes que acabarían por practicar la caza de unos y otros por las calles. La violencia se aceleró a partir de las elecciones de febrero de 1936. Los profesores Álvarez y Villa señalan los tipos de actos violentos que se sucedieron. Fueron fruto de enfrentamientos entre grupos rivales, reyertas callejeras, ataques al repartir la propaganda, choques ante sedes políticas o en mítines. También fueron luchas entre extremistas con las fuerzas del orden público. Y, por supuesto, los diversos tipos de agresiones físicas (armas de fuego o navajas) donde los individuos agredían a otro de ideología distinta.

En la celebración del 14 de abril de 1936 estalló una pequeña bomba cerca de la tribuna. Todos se tiraron al suelo salvo Azaña que quedó en pie tieso como una vela. Los caballos de la escolta se encabritaron cruzando el paseo de la Castellana y cuando parecía que se había restablecido el orden del desfile apareció la Guardia Civil con efecto diverso entre el público, unos les gritaban y otros les aplaudían. Un Guardia Civil de paisano entre el público atacó con su voz a quien más gritaba para acallarlos. Después se oyeron disparos por su espalda y herido murió antes de llegar a la Casa de Socorro. La violencia se había apoderado de las calles de Madrid.

Como efecto dominó aquellos asesinatos por las calles de las ciudades españolas llegaron desde repartidores de prensa política hasta el Teniente Castillo y el diputado Calvo Sotelo. Tras el último el militar José Vegas Latapié planificó el secuestro y asesinato de Manuel Azaña como siguiente pieza en caer. El Teniente había organizado la venganza para secuestrarlo en el palacete que utilizaba como vivienda Azaña en El Pardo. Don Manuel al convertirse en Presidente y Jefe de Estado pasó de vivir en un piso de la calle Serrano a la Quinta, un pequeño palacio en el monte de El Pardo que había servido tradicionalmente como residencia del Príncipe de Asturias. La mayoría de los oficiales del Regimiento de Transmisiones de El Pardo estaban implicados en la rebelión militar que se avecinaba. Por si acaso Azaña se trasladaría el 18 de julio al Palacio Nacional, debió enterarse de alguna manera de la operación congelada por un grupo de rebeldes.

El Teniente que encabezaba aquel nuevo acto de barbarie era hermano de Eugenio Vegas Latapié, uno de los cabecillas de la rebelión que provocaría nuestra Guerra Civil. A través de este importante hombre de letras y monárquico se evitó otro asesinato. Nada menos que el del Presidente de la República parlamentaria española.

Enterado el Teniente José Vegas de que el asesinato de Azaña podría influir en el fracaso del levantamiento militar quedaba desautorizado para perpetrar el mismo y fue obligado a cumplir órdenes en otra labor. El 17 de julio por la mañana salía pitando de Madrid hacia Burgos en coche junto a otros conspiradores. Recibió instrucciones para apoyar en Burgos la rebelión. José Vegas, junto a otros personajes, se hallaba el 18 de julio en Burgos como parte de la organización que apoyaría la rebelión que debía encabezar allí el General Dávila. Alojados en un hotel escuchaban a lo lejos una muchedumbre que gritaba algo, pero no distinguían si lo que gritaban era “Viva España” o “Viva Azaña”. Pensaban que si exclamaban lo primero todo iba bien pero si era lo segundo el levantamiento había fracasado. Todos estaban nerviosos por todo lo que se jugaban. Burgos se vistió de azul.

El hermano del cabecilla de aquel intento de asesinato, Eugenio Vegas Latapié, evitó que la cadena de asesinatos llegara a la presidencia de la república. Eugenio fue uno de los que buscaron desesperadamente el paradero de Calvo Sotelo la noche que desapareció pero no buscó la venganza con el tiro en la nuca de Azaña, pese a sus posiciones monárquicas antirepublicanas.

El organizador de aquella trama de ejecución no vivió muchos días más. El Teniente José Vegas Latapié murió al poco tiempo en el frente. El 22 de julio de 1936 se ganaba la medalla militar individual conquistando el Alto del León, en la sierra madrileña, entre balas y bombas republicanas. Dos días después era herido en aquella posición y moría sin ver el final de la guerra. Desaparecía el hermano de uno de los cabecillas de la rebelión militar, acontecimiento que le debió radicalizar aun más. Debió ser entonces cuando se alistó con nombre falso en la legión.

Eugenio Vegas Latapié era el líder de un grupo que planificaba una rebelión militar con influencia del fascismo francés (Actión Francaise, de Charles Maurras). Junto a él estaban Ramiro de Maeztu, Víctor Pradera, Jorge Vigón, Pedro Sainz Rodríguez y José Calvo Sotelo. A estos se añadieron, junto a otros, Valentín Galarza, Emilio Mola y Sanjurjo. “El Técnico”, “El Coordinador” y “El Director”, las tres piezas que junto a Franco completaron la trama de la rebelión. El golpe de Estado se fue fraguando con diferentes personalidades desde el mismo año de 1931.

Nada más llegar la república Eugenio Vegas Latapié creaba la revista Acción Española por influencia del círculo alfonsino emigrado a Francia en 1931, creando un año después su rama política que fue Renovación Española, el partido de Calvo Sotelo. Desde el diario monárquico La Época se atrevía en 1934 a lanzar la idea de que al rey exiliado debía sucederle Don Juan de Borbón. Su implicación política terminaría por perjudicarlo en lo profesional porque fue expulsado de su plaza, ganada por oposición, en el Consejo de Estado. Como parte de la conspiración fue nombrado Vocal de la Comisión de Cultura y Enseñanza de la Junta Técnica del Estado franquista a finales de 1936. Trató de dar protagonismo en este gobierno rebelde a personajes que habían formado parte del grupo conspirativo desde el inicio pero Franco no lo permitió.

Eugenio Vegas desconfiaba de Franco y trató de promocionar entre bambalinas la jefatura de Mola, pero al militar no le gustaban las alturas de aquel gobierno rebelde. En medio de la guerra empujaron a Juan de Borbón a combatir en el frente por ser una persona que aunaba la monarquía alfonsina y la carlista, pero aquella operación fue desmontada. Se preveía que el jurista fuera ministro de una monarquía restaurada tras la guerra pero acabó como secretario de Don Juan en Suiza buscando desde el extranjero la instauración de una monarquía que desbancara la dictadura de Franco. Se trataba de una de las figuras políticas que apoyaría el Manifiesto de Lausana (1945). Llegó a ser preceptor del Príncipe de Asturias D. Juan Carlos.

En enero de 1948 el disidente franquista Eugenio Vegas hablaba a Juan Carlos de Borbón del ajusticiamiento de Luis XVI de Francia y aprendía la lección cantándola a su profesor. Cuando “Juanito” llegó a la muerte del rey francés dijo: “Y entonces…guaaaaa” pasándose la mano por la garganta como si se rebanase con un cuchillo. Las lecciones de la historia no deben pasar desapercibidas. Manuel Azaña pidió entonces concordia pero no le hicieron caso. Avisó que aquella sangre de 1936 ahogaría a todos los españoles. Las diferentes tendencias políticas en la actualidad conmemoran, con más o menos gracia, a nuestras figuras históricas del pasado en el contexto de disputas callejeras. Azaña en su 80 aniversario ha sido visitado en su tumba de Montauban (Francia) por la sombra de nuestro pasado oculta tras un ciprés. Ni paz, ni piedad, ni perdón…solo olvido.

Bibliografía utilizada en este artículo:

- Álvarez Tardío, Manuel; Villa García, Roberto, 1936. Fraude y violencia en las elecciones del Frente Popular, Espasa-Calpe, Barcelona, 2017.

- Ansó, Mariano, Yo fui ministro de Negrín, Planeta, Barcelona, 1976.

- Casado, Segismundo, Así cayó Madrid. Último episodio de la guerra civil española, Guadiana de Publicaciones, Madrid, 1968.

- Ellwood, Sheelagh, “Entrevista con José María de Areilza”, La Guerra Civil, nº 1, Historia 16, Madrid, 1986, pp. 122-129.

- Gijón Granados, Juan de Á., Los presos de Madrid en 1936. La historia de las ejecuciones extrajudiciales de las cárceles del Gobierno Largo Caballero en los alrededores de Madrid, Espuela de Plata, Sevilla, 2020.

- Gil Pecharromán, Julio, “El Bloque Nacional”, La Guerra Civil, nº 3, Historia 16, Madrid, 1986, pp. 56-71.

- Laorden Ramos, Carlos, Historia de las Transmisiones, Novograph, Madrid, 1981.

- Saínz Rodríguez, Pedro, Testimonio y recuerdos, Planeta, Barcelona, 1981.

- Salmador, Víctor, Don Juan de Borbón. Grandeza y servidumbre del deber, Planeta, Barcelona, 1976.

- Tusell, Javier, “El proceso hacia la unificación”, La Guerra Civil, nº 11, Historia 16, Madrid, 1986, pp. 60-93.

Juan de Á. Gijón Granados es Doctor en Historia por la Universidad Complutense de Madrid. Trabaja en la enseñanza secundaria desde hace más de 20 años en la Comunidad de Madrid. Profesor Visitante (2006) en el Instituto de Historia (CSIC). Ha colaborado con la editorial Oxford en la elaboración de libros para profesores y alumnos. Entre sus temas de investigación están las Órdenes Militares, la arquitectura militar o la represión de los dos bandos en la Guerra Civil, entre otros. www.juangijon.com