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Joaquín Cid, una víctima de los campos de concentración del nazismo


Foto del archivo familiar Cid Molière. Foto del archivo familiar Cid Molière.

El pleno del Ayuntamiento de la localidad tarraconense de Benifallet (Bajo Ebro) aprobó recientemente participar en el proyecto Stolpersteine del Memorial Democràtic de Catalunya, consistente en la colocación de adoquines conmemorativos dedicados a las víctimas del nazismo, y se dispone a homenajear a cuatro vecinos que sufrieron los rigores de los campos de concentración. Entre ellos encontramos al anarcosindicalista Joaquín Cid Passanau, presidente del Comité Catalán de Ayuda a Euskadi durante la Guerra Civil y activo colaborador de la resistencia vasca contra el primer franquismo, que fue internado en el poco conocido campo de Norderney, situado en la isla normanda de Aurigny, evacuada por los británicos tras la caída de Francia en los primeros compases de la Segunda Guerra Mundial y ocupada por los alemanes en verano de 1940.

Aunque en la mayoría de documentos sitúan su nacimiento en 1901, Joaquín Cid Passanau, hijo de Carmen y Joaquín, había nacido el 10 de agosto de 1899. A comienzos de los años 20 militaba en la CNT, por lo que pasó al sur Francia tras el golpe de estado de Primo de Rivera, residiendo en Toulouse y Lézignan-Corbières. Emitida orden de expulsión por las autoridades francesas en febrero de 1924, fue hasta tres veces detenido por su incumplimiento; de hecho, al año siguiente lo encontramos trabajando de minero en La Grand-Combe, cerca de Nimes. En fecha indeterminada regresó a Cataluña y se instaló en Barcelona, donde contrajo matrimonio con Luisa Passanau Solé, con quien tendrá una hija llamada Flora.

Próximo a las tesis moderadas de la CNT, en los años republicanos se incorporará al Partido Sindicalista (PS) de Ángel Pestaña, presidiendo el Comité Regional de Cataluña en 1935. Y durante el golpe de estado de julio del 36, será unos de los que salgan a la calle a plantar cara a la reacción. Formó parte del Comité Ejecutivo del PS encargado de coordinar la lucha de sus afiliados en Barcelona, así como de organizar la primera milicia sindicalista y otros servicios que la movilización requería. Además, Cid fue elegido delegado para renegociar –sin éxito— la incorporación del partido al Frente Popular en Cataluña (Front d’ Esquerres), del cual había sido excluido poco antes de las elecciones de febrero de 1936. Después de aquellas agitadas jornadas, se enroló en la Columna Medrano y partió al frente de Aragón, de donde regresó herido a comienzos de septiembre.

Miembro del SIA (Solidaridad Internacional Antifascista), a mediados de 1937 contribuyó a crear el Comité Catalán de Ayuda a Euskadi, dedicado a acoger a los refugiados que huían de las tropas franquistas en el Frente Norte. Cid fue su presidente hasta el final de la guerra, mientras la vicepresidencia era ocupada por Gloria Prades, compañera de partido.

Recién muerto Pestaña, a finales de diciembre de 1937 es elegido secretario político del Comité Ejecutivo Federal del PS. Y abandonará el país junto a otros miembros de la regional en los primeros días de febrero de 1939, tras la caída de Cataluña. En tanto dirigente del partido, logró de la Legación Mexicana una pequeña ayuda económica que le permitió sobrevivir durante aquellos primeros tiempos de penurias y asentarse en Béziers, en la calle de la Brasserie. Sin embargo, carente de certificado médico, nunca partirá hacia México y se instalará en Toulouse, donde se seguirá relacionando con compañeras y compañeros de partido.

Considerado un elemento peligroso por la gendarmería, fue detenido varias veces antes de que las tropas alemanas invadieran el sur de Francia, en noviembre de 1942. La última aconteció cuando se apeaba del tren en la estación de Toulouse-Matabiau, cuando regresaba del País Vasco francés tras colaborar con los antifascistas vascos, con quienes siempre mantuvo contacto estrecho. Además, el 27 de diciembre de 1941, trasladado directamente desde la prisión de Béziers, ingresó en el campo de internamiento de Vernet- D’ Ariège, donde permanecerá con alguna interrupción hasta la primavera de 1944.

El camino entre la cárcel del Rempart-Saint Etienne y la sede de la Gestapo lo recorrió unas cuantas veces debido a la documentación que le incautaron, y pese a no poder descubrir su verdadera identidad, menos aún averiguar su relación con la resistencia vasca, el 27 de mayo de 1944 fue requisado por el Todt (OT), organización dependiente de las fuerzas armadas y del Ministerio de Armamento de la Alemania nazi, dedicada a la ingeniería y construcción de infraestructuras tanto civiles como militares.

Fue enviado en tren a Cherburgo, frente a las aguas del Canal de la Mancha, y de allí pasó a la isla de Aurigny (Alderney en inglés). Cid era ya un Rotspanier (‘rojo español’), nombre con que eran conocidos los exiliados españoles de la Guerra Civil obligados a trabajar para los nazis. Luego de estar unos días en alguno de los otros tres campos que allí había, la víspera del Desembarco aliado en Normandía (6 de junio de 1944) fue internado en Norderney, por entonces satélite del campo de concentración de Neuengamme (Hamburgo) y bajo control directo de las SS, y cuya principal actividad era la extracción de piedra. Aquella noche la pasó Cid en vela; los pescadores de aquellas islas venían informando a algunos prisioneros de que “la hora de la gran explicación” estaba cerca, asegurando que por aquellos parajes volaban más gaviotas de lo habitual.

Nuestro hombre debió de ser uno de los últimos en ingresar en aquel infierno, ya que en mayo las autoridades alemanas habían ordenado comenzar a evacuar la isla. Así pues, fue llevado de vuelta al continente a finales de ese mes de junio, y finalmente liberado en París el primero de agosto de 1944.

Desengañado por los derroteros que iba tomando la política internacional, y convencido de que la derrota del nazifascismo en Europa no iba a acabar con Franco, decidió dirigirse a la región de Burdeos para retomar el contacto con sus compañeros vascos. Siguió luchando un par de años más, del mismo modo que lo había hecho hasta entonces. De un lado, reorganizando y ocupando cargos en el PS; de otro, adiestrando en los entresijos de la lucha clandestina a docenas de jóvenes que entraban ilegalmente en España.

En 1948 vivía en Saint Juéry, cerca de Toulouse, dedicado a la floricultura y decidido a romper con el pasado. Nunca quiso volver a España, ni siquiera cuando su esposa e hija decidieron volver a Barcelona tras reunirse con él: “A mí todavía me queda algo de dignidad. Y esa pizca de dignidad no me permite regresar a España más que con la frente alta”.

Joaquín Cid murió en Toulouse el 3 de noviembre de 1968.

Uno de aquellos muchachos a quien adiestró en el paso clandestino de la frontera fue su amigo y correligionario Eduard Pons Prades, historiador de cuyo testimonio hemos podido recoger buena parte de la información para reconstruir su vida. Otra parte se la debemos a la documentación aportada por Sílvia Folqué Beltran, regidora de Cultura del Ayuntamiento de Benifallet, y el equipo municipal encargado de rescatar del olvido a las víctimas de los campos nazis de la localidad. Y los datos relacionados con el Partido Sindicalista los hemos obtenido de actas e informes conservados en el Centro Documental de la Memoria Histórica y el Arxiu Nacional de Catalunya.

Sergio Giménez es Licenciado en Historia por la Universitat de les Illes Balears (UIB) y profesor de instituto. Es autor de Ángel Pestaña, falangista. Anatomía de una mentira histórica (Piedra Papel Libros, 2020) y colaborador habitual en Ser Histórico. Portal de Historia