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EL PERIÓDICO
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Malas horas de dolor


-Tú todo lo arreglas con el mismo agujero

Lo dijo y lo repitió, con su salivilla escurriendo entre la comisura del labio.

No le perdonaba nada, ni sus estudios, ni su belleza, ni su inteligencia, además vivía bien y no tenía que mantener a su madre que siempre se había ventilado la vida. Su padre faltó, pero ellas se multiplicaron por dos.

Eso sí, estaba enferma, sufría una depresión mayor y una inestabilidad emocional muy fuerte, tenía dependencias varias, no podía estar sola y mucho menos sin una pareja masculina que la completara. Salía de un divorcio con dos hijas, el hombre con el que soñó formar una familia se había vuelto indiferente, mutó sin remedio.

ÉL encontró la ocasión de vivir como le hubiera gustado, apoderándose de lo que no era suyo. Un narcisista perverso, había dicho el psicólogo, un mentiroso interesado. Engañó a la familia de esta chica perdida.

-Traeré una dorada salvaje para cenar esta noche vieja… no mejor me voy a cenar con unos amigos. Ella estaba de seis meses.

Desprecios y mentiras para salvar la manguera, el chico apagaba fuegos y los encendía cuando podía. De pequeño ante cualquier desperfecto su padre lo tenía claro, había sido el de siempre, un trasto, un zopenco, un bacín.

Cuando le dio el primer puñetazo pasaba casualmente por allí en coche un hombre que lo denunció y llamó a la policía, gracias a eso pudo después pedir una orden de alejamiento. La segunda paliza fue el médico el que redactó, aunque ella no quería, un informe de lesiones. Desde entonces no se le podía acercar a menos de cinco kilómetros, estaba de seis meses.

Se creía guapo y listo. Presumía de buen cocinero porque añadía a la tortilla francesa unos hilillos de romero con un gesto en el que fundía una boca torcida con un ademán de manos explicativo que delataba la crueldad de un resentido, un envidioso de la normalidad con apariencia.

-Te follaré tres veces, por puta. Sabrás lo que es bueno

Un niño en plena pandemia. Ella sola pariendo, la madre con Covid 19. La acompañó una señora que la tranquilizaba, pagó bien, hasta el último céntimo. Hay cosas que no tienen precio, es verdad, pero la debilidad se paga caro.

Los meses pasaban, el guapo había pedido en una demanda de mil hojas conseguir la custodia y una paga para él y para su madre…por cuidar a un bebé del que no tenía ni la paternidad legal.

El niño sonriente y feliz, amanecía cada día con la estrella de los supervivientes. Su hermana mayor, con ocho años, lo protegía, nunca te faltará de nada y si no tienes padre, convenceré al mío para que te cuide.

Los niños vienen al mundo y a veces nadie sabe cómo ha sido. Nadie los espera, ni siquiera se sabe que existen, qué tal si hubiera un libro de instrucciones para cada caso.

La violencia de género y el maltrato han tomado nombre en nuestra época. Antes las mujeres se volvían locas, bebían de la botella escondida o se iban para no volver.

El individuo sigue trabajando y hace su vida. Ella sufre una depresión aún mayor equivalente a un infarto de miocardio o un cáncer terminal. La sociedad avanza lentamente. El niño ya ríe con dos dientes que son dos jazmines de leche. Miguel, cinco diminutas ferocidades.

También está el miedo de que aparezca, que se cobre lo que ha perseguido. Quiere dinero, correrse la juerga a costa ajena. Ella busca la compañía y los tratamientos que remedien su soledad.

En ocasiones la vida nos trata malamente con vientos de angustia que apenas nos dejan respirar, sentir o soñar.

María C. Galera fue ayudante de Don Enrique Tierno Galván. Es Doctora en Filología Hispánica y profesora de Lengua y Literatura Castellana.