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Realidad e imaginación o cómo meterse en un jardín


Creo que en alguno de mis artículos pasados dejé este fleco que hoy me ocupa para otra ocasión. Pues bien, en esta ocasión no sé si me voy a meter en un jardín.

Cuando nos duele la imaginación conviene propinarse un pellizco con la intensidad que cada uno sea capaz de resistir y volver a la realidad. La nuestra, la de cada uno, la circundante y la más próxima. Sin recorrer leguas como las botas del gato famoso.

Por qué digo esto.

Nos gusta imaginar, mucho y sobre todo imaginar de los demás. Fantasear con las vidas ajenas y la nuestra dejarla por los suelos. Hay que frenar a la imaginación porque desbocada nos hace perder pie y transformar nuestra percepción del mundo y de los demás. Para mal nuestro. Nos juega malas pasadas.

Desde los medios nos llegan regalos de vidas y personas envueltos en papel de celofán y grandes lazos, un mundo de brilli brilli que suscita en nosotros cierto deseo de alcanzarlo aunque solo sea rozándolo con las yemas de los dedos y alzándonos de puntillas.

Y luego al abrir el regalo, la cara de sorpresa y susto es inconmensurable: fachada, solo apariencia. Y nosotros anhelando esa vida. Desde nuestra realidad, imaginando la ajena.

Nos gusta echar sal sobre nuestras propias heridas, el autoflagelamiento disciplinario para suscitar pena o conmiseración al otro, minutos de protagonismo y atención que reclamamos al cercano y al lejano también. Así imaginamos cierto bálsamo para calmar nuestras susceptibilidades, para tranquilizar nuestra piel tan fina.

Imaginamos y suponemos al otro como agresor directo que atenta contra nuestra supervivencia por la exhibición impúdica de su felicidad, un depravado que nos escupe su vida sin miramientos, adversario al que hay que hacerle frente desde nuestra realidad.

La imaginación tiene mucho de omisión, por eso resulta mucho más desconcertante que una comprensión equivocada, que un presentismo de la existencia real.

Más aún, no solo no vemos lo esencial a la manera saintexuperiana sino que no vemos prácticamente nada. Podríamos calificarlo de simple descuido o dejadez o ignorancia consciente y a sabiendas.

Nos gusta afirmar que reconocemos pero en realidad desconocemos, imaginamos y adivinamos. Igual que con la mascarilla, el efecto parece que importa más, inventamos lo que no vemos. Y la decepción no se hace esperar (¿o no nos ha pasado en estos meses que hemos pensado: “mejor con la mascarilla, ¡dónde vas a parar”?!) Lo traicionera que resulta la imaginación cuando no vemos, porque se encarga de eso, de inventar, suplir lo ausente.

Vamos a la consulta del médico y escuchamos su diagnóstico con tajancia y el tratamiento con rotundidad. Sin dudas ni fisuras. Vaya aplomo que tiene “el menda” pensamos. ¡Qué cuajo! Y empequeñecemos ante su “grandura”.

Hasta que en varias visitas sucesivas, le da un ataque de empatía con el paciente y se sincera confesando que acaba de tener un desencuentro amoroso, una decepción familiar o que le van a realizar una “ablación de la vía anómala de aurícula derecha” porque produce descargas conducidas por vía aberrante, o sea, taquicardia supraventricular; vamos, que le queman el corazón… y que está temblando.

Pero eso no lo oímos porque nos hemos quedado en las palabras “ablación” y “aberrante” conocidas y aplicadas en distintos contextos al que ahora nos presenta el interfecto.

Nos gusta imaginar que ese facultativo tiene una vida plena, muy diferente a la nuestra llena de servidumbres, y nos damos cuenta y empezamos a ser conscientes de que todo eso ha sido fruto de nuestra imaginación, febril y fraudulenta, además.

Él tiene otra vida, más allá de su despacho médico, otra realidad real de la que no somos protagonsitas.

Parece pues que todo lo obvio, enseguida adquiere contundencia y razón.

La imaginación es una facultad muy potente y productiva, satisfactoria y placentera si la usamos de manera creativa e ingeniosa. Ha estado muy denostada hace décadas en ámbitos educativos: “su hijo inventa mucho, fantasea y tiene una imaginación desbordante”. Ahora se premia el hecho de imaginar para crear y para inventar: cuanto más, mejor. ¡Cómo han cambiado las cosas y los tiempos! Podemos considerar a la imaginación una capacidad o facilidad para concebir ideas, proyectos o creaciones innovadoras. La famosa frase de políticos, economistas, gestores…: “se necesita imaginación”, hace gala de una necesidad de escapar de la realidad, para esquivarla o para reinventarla.

Observamos a ese directivo desde nuestra “bajura” profesional y lo miramos y admiramos. Imaginamos su poder, sus contactos, su influencia, su capacidad de decisión y su solvencia monetaria. Hasta que nos enteramos de su realidad: también se sincera a modo de sillón psicoanalizador y nos asegura de que al llegar a casa, su familia duerme porque se hace eterno su horario para compartir cena, que los fines de semana ha de cancelar excursiones en bicicleta con su grupo de la urbanización porque lo requieren en la oficina (y mira que se gastó una pasta en el último modelo y se prometió reservar espacio y momento para el deporte).

El problema de la imaginación es que no somos protagonistas de la materia imaginada: no estábamos ni con los sujetos ni en el lugar en que los imaginamos.

Nos gusta “estimular la imaginación” pero ocurre que a veces la animamos tanto hasta llegar a la exosfera y bajar a la tierra nos cuesta un batacazo.

La realidad nos enfrenta a la existencia y a la efectividad, a la validez. Va más en la línea del pragmatismo, de lo útil para abandonar la invención. Ahí sí somos protagonistas reales.

Claro que luego tenemos la realidad psicológica, la filosófica, la onírica, la aumentada y la virtual…

Sí. Me he metido en un jardín (pero no me atrevo a dejarlo para otra ocasión).

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