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La lechera de Johaness Vermeer


La lechera (en neerlandés: Het melkmeisje o también De keukenmeid o De melkmeid) es uno de los cuadros más famosos del artista holandés Johannes Vermeer, cuya datación, como casi toda la obra de Vermeer, solo puede ser aproximada. Se trata de un óleo sobre lienzo de reducidas dimensiones, custodiado en el Rijksmuseum de Ámsterdam desde su adquisición en 1908. La lechera (en neerlandés: Het melkmeisje o también De keukenmeid o De melkmeid) es uno de los cuadros más famosos del artista holandés Johannes Vermeer, cuya datación, como casi toda la obra de Vermeer, solo puede ser aproximada. Se trata de un óleo sobre lienzo de reducidas dimensiones, custodiado en el Rijksmuseum de Ámsterdam desde su adquisición en 1908.

En una sociedad como la nuestra, en la que los medios audiovisuales tienen un gran peso, habrá quien al ver esta obra recuerde un conocido anuncio de lecha condensada, sin saber que esta imagen corresponde a una de las obras más importantes del arte holandés en el siglo XVII, cuyo autor también lo es de otro cuadro muy conocido: La joven de la perla. Hablamos de Johaness Vermeer.

Es curioso que se conozca tan poco de la vida de este pintor, habida cuenta de la popularidad de muchas de sus creaciones. Entre estos datos conocemos que formó parte del gremio de San Lucas como pintor libre. Esto ya nos da una pista sobre su aprendizaje, ya que se necesitaba ser maestro, unos seis años de taller, para entrar a formar parte de esa institución.

También sabemos que fue un padre prolífico de quince hijos (cuatro fallecieron de niños), y se cree que subsistía no solo de la pintura, pues se decía que no realizaba más que dos cuadros al año, aunque aún en vida pudo ver como sus pinturas alcanzaban altos precios.

Tal y como ya hemos señalado, la obra de Vermeer no es extensa. La forman no más de treinta y cuatro cuadros, aunque se le han adjudicado muchos más que luego han resultado no haber salido de los pinceles del pintor holandés. El vivir en un país de religión calvinista, austera, como era el entorno de Vermeer, dificultaba cierto tipo de creación pictórica, ya que no era muy proclive a las imágenes. Los únicos cuadros que se hacían por encargo eran retratos; todo lo demás que se pintaba eran escenas de género en la que se puede apreciar entre otras: las tareas de las mujeres en el hogar, el galanteo entre las parejas, jugadores y fumadores de pipa, paisajes del país con sus canales, sembradíos y molinos, vistas de los paisajes urbanos, marinas y naturalezas muertas entre las que sobresalen las ricas mesas de los hogares prósperos. Las escenas mitológicas eran muy escasas, y también las escenas religiosas. Por eso no era extraño que los artistas tuvieran otra actividad que les permitía vivir. En el caso de nuestro pintor se sabe que ayudaba en la tasca que pertenecía a su madre y que llegó a trabajar como experto tasador. Se conoce un trabajo que hizo para el tratante Gerrit Van Uylenburgh, que había adquirido unas pinturas romanas y venecianas que quería vender al príncipe elector de Branderburgo, Federico Guillermo I.

El cuadro que nos ocupa, La lechera, es uno de los más famosos (ya lo era antes del anuncio de T.V), representa un interior que nos introduce a una escena de carácter costumbrista. Estamos ante una obra de pequeño formato, como tantas que pintaban los artistas holandeses del siglo XVII destinados a embellecer las casas de los burgueses. Una mujer, seguramente la criada de una casa o de una hostería, vierte en una olla de barro la leche que va cayendo de una jarra del mismo material. Sobre la mesa de madera vemos un cesto de mimbre con varios, panes, y, a su lado otra jarra de factura más fina, como de cerámica. El resto de la habitación es casi monacal en la decoración y, sin embargo, adquiere un brillo preciosista, gracias a la luz que proviene de la ventana situada a la izquierda, y que ilumina a la mujer. Es la luz la que hace resaltar los colores, azules y amarillos que vibran ante nuestros ojos. Las paredes están desnudas (cabe destacar lo delicado del dibujo del rodapié que las separa el suelo) a excepción de algunos objetos domésticos y varios clavos que resaltan del muro. También son notables las texturas, como la que nos brinda a través de la cremosidad de la leche que cae lenta en el jarro, la corteza de los panes o el tacto de las telas de las vestiduras. El detalle cuidadoso en lo más cotidiano, que ya veíamos en los primitivos flamencos, se mantiene en este cuadro: el cristal roto de la ventana, los desconchones de las paredes, el primor en los plegados. El realismo, ayudado por la profundidad y la magistral factura de los volúmenes, toma forma, de tal manera, que casi nos hacen creer que estamos contemplando una escena doméstica, en un día cualquiera, pero revestida de una belleza y serenidad que, traspasando el tiempo, aún nos conmueve y fascina.

Elena Muñoz Echeverría es licenciada en Historia del Arte, gestora cultural, editora y escritora. Ha ejercido la docencia durante veinticinco años. Desde 2015 a 2019 ha sido vicepresidenta de la Asociación de Escritores de Madrid.

Autora de un blog de éxito MI VIDA EN TACONES

http://mividaentacones59.blogspot.com/

Tiene diez libros entre poesía y narrativa. En 2018 estrenó su primera obra teatral. En la actualidad acaba de publicar su quinta novela, El amante pluscuamperfecto, con Ediciones Ondina.

Actualmente es concejala de Desarrollo económico y empleo de Rivas Vaciamadrid.

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