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EL PERIÓDICO
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Virtuosa


Le sobraban unos kilos y migas cuando comía, no se conoce que hiciera bien nada; a pesar de los muchos esfuerzos había quedado instalada en el centro de la mediocridad. La vulgaridad era su don. Siempre buscaba lo que no se halla. Ensimismada, se colocaba ropa del revés, incluso rota, apenas cuidaba su imagen: escaso maquillaje con triunfo de naturalidad.

Cantaba muy mal, de pequeña le dijeron en el coro del colegio de monjas que solo moviera la boca; hacía la comunión una niña paralítica, su mejor amiga, a la que ella cuidaba amorosamente. Dos buenas chicas. No se le ocurría hacer perdices con chocolate, ni siquiera unas albóndigas en condiciones, la cocina no era lo suyo y eso que coleccionaba recetas. Siempre estaba en la calle, el sol y el aire la entretenían.

De pequeña su abuela la llevaba de la mano a comprar, el tendero tenía unos agujeros deformes en la nariz a causa de un tumor que se iba comiendo los leves aleteos nasales, no mires, pero no podía apartar los ojos. La tienda contigua la ocupaba un vecino que era un vendedor de prensa, enano y de grandes orejas -orejetas- que llevaba todo tipo de revistas y periódicos, esta semana viene Triunfo muy fuerte. Este lugar en el que se criaba, la casa de sus abuelos, era especial. Los hombres salían de sus casas y abandonaban a sus mujeres de pelo mullido y cardado en peluquería para irse con el vecino. Detrás de las persianas de las casas siempre había alguien mirando. La droga corría entre los jóvenes hasta acabar con ellos en varias generaciones. Su padre se lo decía, se respira un aire especial; este lugar de cripta se construyó sobre un gran secreto.

Tampoco conducía con destreza y se expresaba con la exageración de los generosos. En el colegio jugaba bien a la pelota y se sabía de memoria la Historia Sagrada, tenía que ser buena chica, dar ejemplo. A los siete años le extirparon las anginas, no pudo ni derramar una lágrima, los que venían detrás se podían asustar. Las galas eclesiásticas y la poesía cavaron un romanticismo que se cebaba en aumento, pareces Antoñita la fantástica. A golpes le quitaron el acento andaluz, hasta conseguir un perfecto castellano de Castilla.

Sabía que su cuerpo, bajita y redonda, era excitante, hombres y mujeres la habían deseado. Se sabía sexy, pero no una chica bien, fina, de buen barrio. Era una chica de pueblo, lozana y soñadora. Cuando se quitaba la ropa en el coche su novio la miraba con la boca abierta. Ya con la arena escapándose de entre los dedos veía las escaleras del fracaso bajos sus pies. Uno de sus amores, devoto de directoras generales, se lo dijo: eres una fracasada. Ni eso le había quitado la sonrisa luminosa que la adornaba. Qué gran corazón, un par de canciones y listo.

Había empezado a escribir en la pandemia, tres meses aislada daban para mucho, acababa de explicar el Decamerón a sus últimos alumnos presenciales. Compró un cuaderno y empezó a escribir, ya no puede parar. Los primeros cuadernos tenían fecha tres años atrás, empezó a tomar nota de la evolución de los tratamientos que necesitaba su hija, pensaba que quizá así las cosas mejorarían. De la enfermedad de su hija no hablaba, no se atrevía.

En el amor lo de siempre, cuando llegó el desamor, ya madura, amó en secreto con fuerza y locura, llena de ansias vivas; sigue siendo su tormento, convencida como estaba de que el amor y el deseo eran irresistibles y de lo mejorcito que había conocido.

De tan socialista, nunca se había aprovechado de nada, a su trabajo acude, con su dinero paga. Lo llevaba en la sangre, su madre había tenido uno de los primeros carnés y cómo presumía de ello. Se reía de los pensamientos que no incluyeran a los trabajadores, a los más humildes y necesitados. Hacía bromas con las mentiras de los ricos, con sus secretos vergonzosos. Repasaba la historia y se esmeraba en dejar limpio cualquier atisbo de duda.

No sabía si empezar de nuevo para corregir tropiezos o dejarse llevar por la corriente hasta desaparecer

La vida es tan hermosa, piensa, incluso cuando huele a sucio, merece la pena contarlo.

María C. Galera fue ayudante de Don Enrique Tierno Galván. Es Doctora en Filología Hispánica y profesora de Lengua y Literatura Castellana.