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EL PERIÓDICO
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Inciertos ocho años


Nueve le otorga el juglar a la niña del poema, la misma valentía, la misma madurez, si es que este sustantivo abstracto es el que se debe encontrar para esta edad en la que se empieza a comprender el mundo de los adultos. El difícil, complicado y desagradable mundo de los adultos alumnos. No solo se enfrentarán al problema medioambiental y al desafío tecnológico, absorbente y obcecado, sino a los ruidos y a futuros viajes galácticos.

Un diamante arañado es esta niña de ojos caramelo y pelo trigueño. Un cuerpecito fuerte y bien tallado que carga con el peso de la terrible herencia familiar. Esta niña con sabor a limón y preocupada por la triste infancia de su cantante favorito. Ya sabe hablar para no hacer daño.

Una bendición de empatía y bondad, buena madera con olor a tierra. Cuando se mece en el columpio y cuenta sus historias, la abuela disfruta con el ambiente enriquecido por sus palabras. No le gustan las mentiras y está muy atenta para impedirlas. Amante de los animales y del campo, amiga de sus amigos, recoge la voz de los que ya no están. Ya sabe leer música y cargar el cello. ¡Ay, risa de cascabel!. Te deberías llamar Ana.

Su voz es la mensajera de su corazón, dulce y bien timbrada. Esta niña cuida a su hermano de un año y juega con su hermana de cinco que ya ha sentido el miedo del abandono, la orfandad de la puerta cerrada.

A mi mejor amiga le pasó lo que a mí, sus padres le destrozaron el corazón cuando se separaron, solo discutían.

Los niños huyendo del desamor y los conflictos. Un amigo lo dijo mi madre tiraba de un brazo, mi padre de otro, en medio me rompía por todos sitios, era insoportable.

El colegio puede ser una salvación, un remedio, donde se puede vivir mejor, aunque haya que soportar el menú y la envidia de los amigos, los menos agraciados, los que lo quieren tener todo a cualquier precio. El humor de los profesores, cuando ya no sonríen.

Los derechos del menor son inviolables y ver a los niños sufrir calamidades una tragedia, el peor castigo. Los abuelos van de allá para acá, sonámbulos, sin mucho acierto, sufriendo las consecuencias de los tormentos cuando la vida se acaba.

Hay situaciones que te convierten en apestado, solos ante el destino fatal, la desgracia. Embaucadores que falsean datos y niños que necesitan estar protegidos de las personas que los han traído a la vida. La familia, ese infierno. Hijos castrados por padres bebedores, adictos, desequilibrados. Niños huyendo del desamor y los conflictos. Traumas y retraumas.

Los niños, ellos sí que anuncian la primavera. Pronto tendrán que empezar a olvidar, la memoria del corazón hará su trabajo; los huecos del desamparo se llenarán con el bálsamo del amor y el perdón. ¿Qué fórmula les facilitará la igualdad de oportunidades y los derechos elementales del ser humano?

Cuando los móviles sepan más de ellos que ellos mismos, habrá que leer los poemas que nos llevan a los horizontes soñados, a la hoja de ruta de la convivencia pacífica y el encuentro, a la palabra y al diálogo que une. Si el amor enferma es muy difícil sanarlo, todo un reto.

Ofrezcamos amapolas y tulipanes, rododendros y semillas que florezcan en las vidas de los atormentados. Salvemos estos corazones en sombras, ese dolor en el pecho por angustias y temores, por el miedo que nos invade. Que una suave brisa silencie la angustia que asfixia mi garganta.

No existe mayor riqueza que la vida.

María C. Galera fue ayudante de Don Enrique Tierno Galván. Es Doctora en Filología Hispánica y profesora de Lengua y Literatura Castellana.