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Aníbal cruzando los Alpes, de William Turner


Aníbal cruzando los Alpes es un cuadro del pintor romántico William Turner. / Wikipedia Aníbal cruzando los Alpes es un cuadro del pintor romántico William Turner. / Wikipedia

El cuadro que vamos a comentar, en esta ocasión, es obra de uno de los pintores románticos ingleses más importantes, que supo elevar la categoría del paisaje a la altura de la pintura histórica. Se le conoce como el “pintor de la luz” y es, también uno de los reconocidos acuarelistas, y considerado como el uno de los fundadores de la escuela inglesa de acuarela. Londinense de nacimiento, se formó en la Royal Academy of Arts. Tuvo un reconocimiento muy temprano ya que con 23 años ya era académico.

Para Turner la Naturaleza es un elemento primordial de su pintura, sobre todo por su poder sobre los seres humanos, que se convierten en peones sumidos en fuegos, tormentas, naufragios… Su obsesión por la luz le convirtió en una inspiración para el movimiento impresionista francés. En 2005 su cuadro El temerario fue elegido, por votación popular, como la mejor obra pictórica inglesa.

Esa magnífica pericia paisajística y en el manejo de la luz se concreta en el cuadro que analizamos: Aníbal cruzando los Alpes, que describe el episodio en el que las tropas cartaginesas cruzan la cadena montañosa camino de Roma. Es importante señalar que en la época que se expone el cuadro (1812) existe una identificación entre la figura del general cartaginés con Napoleón, que también cruzó los Alpes camino de Italia.

Al contemplar la pintura lo primero que se nos viene a la mente es una pregunta: ¿dónde está Aníbal? Aníbal no está porque realmente él no es el protagonista sino una mera justificación para que el artista lleve a cabo la representación de una inmensa tempestad (parece que tomó apuntes de una real), que parece presta a engullir a las tropas púnicas con su general al frente. Es la Naturaleza en toda su grandiosidad.

Estamos, no cabe duda, ante la fusión de la pintura de paisaje con la pintura histórica, aunque con franca ventaja de aquella, para mostrarnos los impresionantes efectos de la luz a través de una tormenta de nieve. Un juego de colores: amarillo, gris y blanco, que adopta la forma de la boca de un gran monstruo presto a devorar las tropas, que fatigosas, suben la ladera, ocupando la parte inferior de la composición, dejando el resto al fenómeno natural descrito dentro de los más estrictos cánones románticos.

Pero Turner también nos invita a otro juego, el de la luz, en el que encontramos una clara influencia de la Escuela veneciana y de Rembrandt, admirados ambos por el pintor inglés. Como ya hemos señalado antes, es innegable el posterior influjo de Turner en los impresionistas franceses.

Cuando se expuso esta obra, el artista indicó que se debía colgar a la altura de los ojos para que los espectadores se vieran atraídos por esa mezcla de temor y magia que, sin duda, una obra de esta magnitud puede producir en el ánimo de quien la contempla.

Elena Muñoz Echeverría es licenciada en Historia del Arte, gestora cultural, editora y escritora. Ha ejercido la docencia durante veinticinco años. Desde 2015 a 2019 ha sido vicepresidenta de la Asociación de Escritores de Madrid.

Autora de un blog de éxito MI VIDA EN TACONES

http://mividaentacones59.blogspot.com/

Tiene diez libros entre poesía y narrativa. En 2018 estrenó su primera obra teatral. En la actualidad acaba de publicar su quinta novela, El amante pluscuamperfecto, con Ediciones Ondina.

Actualmente es concejala de Desarrollo económico y empleo de Rivas Vaciamadrid.

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