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EL PERIÓDICO
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La merma


Se calzó las zapatillas rosas de rebajas y salió dispuesta a respirar el aire fresco de la mañana, tanto tiempo esperando las amapolas y los perfumes primaverales y ahora estaba tan pensativa que ni rojos ni verdes, ni amarillos y lilas conseguían sacar de su cabeza la preocupación a la que tan atenta estaba. Dentro de poco la nueva cosecha, se quedaría otro año sin verla, trigos y espigas, azules y dorados, las mieses de junio.

Desde pequeña se había alimentado de las pequeñas sobras que llegaban a su alcance, restos que anunciaban el papel que desempeñaría el resto de su vida, pequeñas señales que avisan cuando, ensimismados, apenas si las percibimos.

Callada, sumisa y en alerta sorteaba los obstáculos permanentes e innecesarios que llenaban los huecos ocultos de sus días. Lo que de verdad le importaba quedaba relegado a la espera permanente, al golpe de suerte.

-Fracasada, le dijo y se quedó tan tranquilo, fracasada, escribió.

-Eres insoportable, de todo opinas y en todo te metes, ¿no te cansas?

Se había planteado la huida, pero sobre su frágil espalda descansaban los problemas ajenos más diversos, estaba dotada de la compasión que acompaña al sufrimiento.

Abrazada a los árboles esperaba el milagro indulgente y justo que no llegaba. Campo y mar, el binomio benefactor con el que soñaba.

Lo más oscuro e inquietante se mezclaba con un aroma de escasas posibilidades de logro y éxito, extraña palabra sin concretar. Pérdidas, disminución y menoscabo, sombras que perseguían la inquietud del presente.

Acortar las veredas y transitar los puentes, no quería bajones ni restos, de ahora en adelante intensificaría la acción, esta era la única solución posible. Aprender nuevas palabras, no te olvides destino de regalar la mínima parte de la reserva.

-Sea, dijo él.

¿Y este subjuntivo, esta sonora e implacable forma verbal, casi divina como sentencia bíblica era la voz de la esperanza tan necesaria como temida?

Hay amores imposibles y ridículos, maltratadores e inútiles, aunque parezcan adjetivos incompatibles con el sustantivo, que multiplican sueños y juegan con el consuelo de suavizar lo que será ceniza balbuciente.

-Seguro que todo se arregla, poco a poco, ya verás.

-Rezo por vosotros todos los días, no hay gobierno que perdure ni mal que cien años dure.

Náuseas decrépitas inundan las dudas insaciables del desamor.

-Perder es ganar y aprender. El aprendizaje del perdedor es sólido y bien construido.

De los desperdicios se aprende, curarse del vacío, esa era la apuesta. Aprender a luchar por una causa justa, mirar sin miedo al tiempo mientras siga diciendo todavía.

Él se lo había dicho, las penas se hermanan con las lágrimas porque la ausencia es un océano insalvable, porque algunas palabras se vuelven líquidas para fecundar el musgo de la memoria. Quizá porque alguna vez todo y todas y todos fuimos agua.

María C. Galera fue ayudante de Don Enrique Tierno Galván. Es Doctora en Filología Hispánica y profesora de Lengua y Literatura Castellana.