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EL PERIÓDICO
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Rafael Arrúe, viaje al origen de la creatividad


Definir el Arte es quimera inalcanzable. Casi nunca se consigue completar su traza. Concepto, el suyo, lastrado por demasiadas proyecciones nuestras. Se quiere que el Arte sea: excelso, sublime, magno, perenne... Mas, como siempre se puede añadir un adjetivo, nunca podrá completarse del todo su definición. La proyección que más pesa sobre el Arte es la de trascendencia. Obligadamente y de partida, siempre se la atribuimos. Un trascender impuesto a sangre y fuego que hoy ha hecho olvidar, tras densa opacidad, la salvífica brisa de la creatividad, instancia generatriz previa al quehacer artístico. Solo unos pocos se avienen hoy a la tarea de hacerla aflorar. Y se comprometen a sacarla de su postración soñolienta. Quieren, así, retornar a las fuentes de donde el Arte mana. Es el caso de Rafael Arrúe (Donostia, 1952).

Precisamente contra este dictado de trascendencia impuesto al Arte, que sofoca la potencia creativa, surgen en su contra obras silenciosas y delicadas, de experimentación minuciosas como las suyas: cristalizan en constructos quiméricos, llevados a dimensiones impensables: laberintos, pirámides, conos, charadas, torsiones, tallado todo ello mediante un repertorio plural de componentes que van desde la madera hasta los acrílicos. Y potentemente ideado desde la finura de concepciones generosamente versátiles sobre lo geométrico, lo matérico y lo cromático. Conjuntos agitados por un frenesí libérrimo que su creatividad nos propone en cada detalle de su obra. Su resultado es capaz de generar nuevos e ingenuos espacios, muy elaborados, por donde dejar navegar la mente y surcar arcaicos tiempos cuyo latido, aún intermitente, con desenvoltura recupera.

Pese a la grata brisa que acaricia la contemplación de su obra, que logra invitar a la ensoñación, su alarife se oculta voluntariamente bajo un manto de discreción y de silencio. Se autoimpone un ascetismo digno de respeto. Asegura que no son obras que pretenda exhibir. De hacerlo, quizá desharían el hechizo que sutilmente esconden y que Walter Benjamin denominó aura. Porque ante obras como las de Rafael Arrúe aflora el rumor, hoy lejano, de una pasión otrora encendida que bajo sus obras bulle aún y resuena el eco de encarnizados combates de gozos y pesares.

Mas la finura de sus trazos –el Dibujo fue su principal escuela- atempera y sofoca la flama de aquella pasión latente.

Nadie, desde luego, se ve libre de influencias cuando construye o crea; somos fruto de un legado de herencias innúmeras. En las obras de Rafael Arrúe se escuchan, seguramente no buscados, ecos del neerlandés Maurits Corneluis Escher (1898-1972), educado en el Delft de Vermeer, titán revolucionario que acabó con la dictadura de la perspectiva impuesta al Dibujo en particular -y al Arte en General- desde el Renacimiento. Le une a Escher un potente nexo creador, rebelde a todo tipo de dictado. Por ello y en sintonía con aquel, se enfrenta mediante torsiones de su trazo a la seca linealidad de la geometría aritméticamente deshumanizada, para guiarla hacia el enigma, el juego o la poesía.

Lejos de cualquier adscripción y encuadramiento a escuela o corriente, el autor sí reconoce haber sentido simpatía con el movimiento Fluxus, opuesto al convencionalismo y a la espectacularidad mediática. Sin importarle que le acusen de artesano, va en pos de un paraje de sencillez expresiva que trascienda los férreos límites que alejan figuración y abstracción, escenario donde cabe situar los cimientos de la obra, voluntariamente discreta y silenciosa, de Rafael Arrúe.

Con todo, el autor no ceja ni un minuto en involucrarse en una experimentación permanente a partir de atrevidas hechuras básicas. Se ven pobladas por seres humanos a escala insignificante, frente a la rotunda entidad de la materia, la geometría y la idea. Toda una metáfora para mostrar el reto asumido por Rafael Arrúe a la hora de rescatar, en una vuelta a los orígenes y desde una voluntaria insignificancia, la matriz creativa que siempre precede al Arte. El antídoto a la trascendencia artística es la invariante actualidad de la belleza, a cuyos lares acude con unción el artífice donostiarra. Tal es la enseñanza que su obra nos muestra.

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