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EL PERIÓDICO
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Los últimos días de Pompeya, de Ulpiano Checa


“Apenas había dicho esto cuando anocheció, no como en las noches sin luna o nubladas sino con una oscuridad igual a la que se produce en un sitio cerrado en el que no hay luces. Allí hubieras oído chillidos de mujeres, gritos de niños, vocerío de hombres: todos buscaban a voces a sus padres, a sus hijos, a sus esposos, los cuales también a gritos respondían. Unos lamentaban su desgracia, otros la de sus parientes, y había quienes que por miedo a la muerte la imprecaban. Muchos eran los que elevaban las manos hacia los dioses, y otros se habían convencido de que los dioses no existen, creían que era la última noche del mundo. No faltaban los que con terror falso y fingido exageraban los peligros reales. Algunos notificaban a los crédulos con falsedad que se había desmoronado e incendiado el Miseno. Cuando aclaró un poco nos pareció que no amanecía sino que el fuego se iba aproximando; pero se detuvo un poco lejos y luego volvieron las tinieblas y otra vez la densa y espesa ceniza. De cuando en cuando nos levantábamos para sacudirnos las cenizas, de lo contrario nos hubiera cubierto y ahogado con su peso. Me podría envanecer de no haberme lamentado y no haber proferido ningún grito fuerte en medio de tantos peligros, pero me consolaba, en mi mortalidad, la idea de que todos y todo acababa conmigo”.

Epistulae VI, 20. De Plinio El joven a su amigo Gayo Tácito

El fragmento con el que iniciamos este comentario pertenece a la epístola que Plinio El Joven, —abogado, escritor y científico de la antigua Roma, llamado así para diferenciarlo de su tío Plinio el Viejo— dirige a su amigo el historiador romano Tácito, en el que le describe el horror de la erupción del Vesubio, en el año 79 d.C, que acabó con la vida de miles de pompeyanos, enterrando su ciudad bajo metros de cenizas.

Estas palabras con ecos de siglos son, en sí mismas, el comentario del cuadro que hoy comentamos: “Los últimos días de Pompeya”, obra del pincel del pintor madrileño, nacido en Colmenar de Oreja, Ulpiano Checa.

Checa manifestó desde muy joven sus cualidades por el mundo del arte, ingresando con quince años en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, escuela de la que fue un alumno aventajado. Colaboró en la decoración, en esa época, del palacio de Linares y de San Francisco el Grande.

En 1889 se establece en París y, desde ese momento, será Francia su país de residencia, a caballo entre la capital francesa y los altos Pirineos.

El año 1900 fue un año de gran trascendencia en la vida del pintor, ya que ganó la medalla de oro en la Exposición Universal de París, con el cuadro que hoy comentamos: “Los últimos días de Pompeya”, pintura de carácter histórico, pero en la que Checa abandona el academicismo que encontramos en la escuela española de épocas anteriores. Esta obra es una más de las que jalonaron de éxito la vida pictórica del artista durante toda su vida, hasta el momento de su fallecimiento en Dax (Francia), en 1916. Hablamos de un pintor que trabajó todos los géneros pictóricos, desde el retrato, la pintura costumbrista, la histórica, e, incluso, introducir un nuevo concepto de orientalismo. Se puede decir que es un artista integrador, en estrecha relación con las vanguardias, los –ismos, emergentes entre finales del siglo XIX y principios del XX. Actualmente sus restos reposan, junto a los de su esposa, en el panteón del cementerio de Las Canteras, en su Colmenar de Oreja natal, municipio que además alberga su museo, imprescindible visita para conocer y entender la obra de Ulpiano Checa.

Es en este museo donde podemos contemplar, y asombrarnos, la obra que comentamos, Los últimos días de Pompeya, un cuadro de gran formato que nos muestra la gran maestría del pintor tanto en la composición como en la perspectiva. La temática está inspirada en la novela romántica del mismo nombre, escrita por Edeard Bolwer-Lytton, y publicada en 1834, y narra, como ya hemos comentado al inicio del artículo, la huida de los habitantes de Pompeya bajo el fuego y las cenizas del Vesubio.

Todo el lienzo aparece pleno de figuras, sometido a una especie de “horror vacui”, entre las que destacan varias, incluidos caballos y perros, que parecen atravesar el cuadro. Hombres, mujeres, niños, difuminados por el velo, perdidos en la niebla, en la lluvia de cenizas que envuelve sus rostros distorsionados por el pánico.

Todo el cuadro es puro movimiento, dinamismo, gritos silenciosos que retumban en los ojos del espectador. Al fondo el horizonte ardiendo, la lava descendiendo por las faldas del Vesubio, que nos evoca el infierno, tal y como aparece descrito en los cuadros de El Bosco. Llama poderosamente la atención el personaje en primer término (un ejemplo perfecto de perspectiva), que con la mirada, mezcla de terror y petición de auxilio, clavada en el espectador, cuyo pie choca, literalmente, con el marco, y que parece que va a saltar del cuadro en su desesperada carrera, al igual que el jinete que conduce el caballo blanco. Otros personajes en distintas actitudes y diversas posturas le rodean: uno que cae al suelo mientras se abre el cofre que porta, desperdigando monedas de oro; la madre que tira del niño para que nos quede atrás; otra mujer que protege en su regazo a su hijo, el perro… La visión apocalíptica del fin de las prósperas ciudades de Pompeya y Herculano.

Este cuadro como otros de Checa sirvieron de inspiración para las películas de “romanos”. En este caso, para la del mismo nombre, dirigida en 1959 por Mario Bonnard.

Gran pintor, gran obra, para narrar una de las grandes tragedias de nuestra Historia.

Elena Muñoz Echeverría es licenciada en Historia del Arte, gestora cultural, editora y escritora. Ha ejercido la docencia durante veinticinco años. Desde 2015 a 2019 ha sido vicepresidenta de la Asociación de Escritores de Madrid.

Autora de un blog de éxito MI VIDA EN TACONES

http://mividaentacones59.blogspot.com/

Tiene diez libros entre poesía y narrativa. En 2018 estrenó su primera obra teatral. En la actualidad acaba de publicar su quinta novela, El amante pluscuamperfecto, con Ediciones Ondina.

Actualmente es concejala de Desarrollo económico y empleo de Rivas Vaciamadrid.

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