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EL PERIÓDICO
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Hamlet


Se esforzaba por transmitir emoción a los alumnos para librarlos de todo castigo y opresión. Se notaba que cuando tenía diez años estudió Historia Sagrada en el internado, porque los hechos que allí conoció y por los que obtuvo matrícula de honor fueron el origen que la hicieron aterrizar de aquella manera tan vehemente en la Literatura.

Algunos años después Cien años de soledad y el maestro Gabo le revelaron parte del misterio. Impartía en un instituto público en el nocturno la asignatura Literatura Universal que, como su nombre indica, ocupa dicho conocimiento en todos los países, lugares y fechas.

En un curso escolar y con libros de texto incomprensibles, azote de alumnos, esta asignatura optativa cuenta con la elección de matriculados interesados y con los que no saben muy bien con qué quedarse, por suerte siempre un grupo reducido para poder estudiar en condiciones.

Se había fabricado su propio programa, selección de las obras más importantes con lectura de ellas y comentario crítico para finalizar. Se preguntaba qué era eso de la literatura sin los textos.

Solía pedir al Departamento ejemplares para compartir cuyo coste financiaba el Instituto, como debe ser. Qué es un Instituto sin una Biblioteca ¿a estas alturas es necesario convencer a alguien de esto? Una Biblioteca no es un cuarto de castigo y tiene que estar viva con profesores y alumnos implicados.

Hamlet, era lectura obligatoria y central, después de probar con varias obras de Shakespeare se había decidido por esta que le parecía una obra maestra y después de consultar a los alumnos a ellos también. Algunos alumnos la conocen gracias al capítulo de los Simpson.

Pues bien, en uno de los últimos cursos escolares, una pareja de chicas que siempre iban juntas, formaba una pareja expresiva y muy atractiva.

Una de ellas en la primera lectura destacó en el papel del Príncipe de Dinamarca. Era la más alta y esbelta, espigada y aérea. Brazos curtidos, bien torneados y piernas de atleta enfundadas en vaqueros gastados.

Una cresta tan rubia como morena coronaba una cara alargada de nariz recta, ojos brillantes. Al hablar tenía fuerza y delicadeza. Su compañera más redonda y locuaz, la miraba con ojos de amor. Sentadas en la primera fila irradiaban el interés que la profesora necesitaba. El grupo era divino.

Se sentaban en círculo y emprendían la lectura, como en la Universidad de Salamanca en el siglo XV. Sonrisas, gestos de expectación y de asombro se iban instalando en sus caras a medida que el texto se iba comprendiendo.

Esta chica que parecía sacada del Renacimiento italiano con toda la actualidad del presente, nos atraía con su lectura vibrante y calmada.

Su pareja la apoyaba con la ternura y comprensión de la pasión compartida. El resto del grupo se ocupaban con orgullo de estar a la altura. Al final todos aplaudían y se llamaban por su nombre literario.

Qué buen rato, qué buen rollo, cuánto hemos aprendido, profe, hay que repetir y hacerlo para que lo vean los compañeros. Rara vez el Ministerio de Educación tiene en cuenta la opinión de los docentes vocacionales que más trabajan y sin su experiencia la profesión se puede convertir en un camino sin fondo, una tierra árida y aburrida, un cementerio de nombres comprimidos para olvidar cuanto antes.

Este Hamlet admirado y único no se olvida. Que tenga que ser yo la que venga a recordarlo y denunciar las carencias…pero rómpete corazón, pues debo refrenar mi lengua.

María C. Galera fue ayudante de Don Enrique Tierno Galván. Es Doctora en Filología Hispánica y profesora de Lengua y Literatura Castellana.