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EL PERIÓDICO
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Jim Morrison en Cerro Borrego


Hace justamente medio siglo, el 3 de julio de 1971, en circunstancias nunca aclaradas, murió en París el líder de The Doors, Jim Morrison, el hombre que a los 27 años se cansó de ser cantante de rock y prefirió ser poeta, y «el símbolo sexual más poderoso desde James Dean y Elvis Presley» según The New York Times.

Morrison, junto a otras muchas celebridades, está enterrado en el Père Lachaise, el camposanto de París intramuros. Pegada al cementerio está la pequeña rue du Borrègo, la calle del Borrego. El callejero de París aclara el asunto. El nombre celebra la batalla de Cerro Borrego, que los franceses tienen por épica mientras que, en la historiografía oficial mexicana apenas merece una parrafada en la que se viene a decir «bueno, se perdió el cerro; pero si no vencimos, tampoco valía gran cosa». Así, más o menos, también justificó Santa Anna la pérdida de Texas tras la siesta que costó un Estado.

Una de las calles recoletas del cementerio parisino Père Lachaise. Dominio público.

Europa se abalanzó sobre México en 1861. Dos monarquías atacaron su apenas estrenada democracia: una con un archiduque, Maximiliano; la otra con un ejército, el francés, el más aguerrido de los ejércitos de Europa, que tenía por punto de apoyo una flota tan poderosa en el mar como en la tierra; que tenía para respaldarlo todas las finanzas de Europa, y que recibía tropas de refresco sin cesar; bien dirigido por mariscales de Francia y por oficiales cien veces victoriosos en África, en Crimea, en Italia, en la Conchinchina; valientemente fanático de su bandera y poseedor en profusión de mercenarios, caballos, artillería, provisiones y municiones formidables.

La invasión con el casco en la cabeza y la espada imperial en la mano, saludada desde dentro por los conservadores, apoyada por generales felones y bendecida por obispos, avanzó durante cinco años por todas las regiones de la antigua Nueva España.

Por una parte, dos imperios, el francés y el austro-húngaro, por la otra un puñado de mexicanos que, comandados por generales jóvenes y agotados que habían peleado desde que el cura Hidalgo y Costilla lanzara el grito de Dolores, cabalgaban de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo, de rancho en rancho, de bosque en bosque, perseguidos y errantes entre las polvorientas brechas del Altiplano, escondidos entre los riscos basálticos y los pórfidos de las serranías. Ni dinero, ni tortillas, ni pólvora, ni cañones. Los matorrales por ciudadelas y las brechas por trincheras. Pero, así y todo, la intentona de imponer a Maximiliano como rey terminó triplemente en el Cerro de las Campanas.

En 1861 los franceses, sujetos por voluntad propia a la dictadura del Segundo Imperio de Napoleón III Bonaparte, habían desembarcado en el puerto de Veracruz con el propósito de constituir otro Segundo Imperio, pero esta vez mexicano y en forma de monarquía títere que debía encabezar el archiduque Maximiliano de Austria, un incauto bienintencionado. Para entronizar al monarca era preciso llegar a Ciudad de México, de modo que el ejército invasor, 6.000 hombres de armas al mando del conde de Lorencez, un general de división que se había distinguido en la toma de Malakoff, tenía que pasar, le gustara o no, por la maltrecha calzada que pasaba por dos ciudades importantes: Orizaba y Puebla de los Ángeles.

Los conservadores de Orizaba, que se habían levantado en contra del legítimo Gobierno de Benito Juárez, entregaron la ciudad a las tropas francesas. Puebla era otra cosa. Era la ciudad mejor fortificada de México y sus 80.000 habitantes contaban con la guarnición del Ejército de Oriente al mando de Ignacio Zaragoza, un general liberal de 33 años, que se había ganado fama y galones peleando con las tropas constitucionalistas de Juárez durante la Guerra de Reforma.

Zaragoza decidió hacerse fuerte con el telón de fondo de Iztaccíuatl y Popocatépetl, los dos gigantescos volcanes de más de cinco mil metros de altura que dejan un cinturón de nubes a media ladera. Con los fuertes de Guadalupe, San Javier, Loreto y la Penitenciaría a su alrededor, entre las cúpulas y los campanarios de Puebla de los Ángeles, el Ejército de Oriente se dispuso a cerrar las puertas de la Ciudad de México.

Cañón utilizado en la batalla de Cerro Borrego. Dominio Público.

A primeros de mayo Lorencez se presentó ante la ciudad con la intención de tomarla a la fuerza. Hasta ese momento, su avance por el interior de México al frente de unas tropas profesionales invictas desde el desastre de Waterloo hacía ya 50 años había sido una sucesión de pequeñas refriegas en las que había derrotado apenas con bajas a los descamisados mexicanos. Lorencez, despreciando a su enemigo, escribió a Napoleón III: «Sire, somos tan superiores a los mexicanos, en organización, en disciplina, raza, moral y refinamiento, que, desde este momento, al mando de vuestros 6.000 valientes soldados, soy el amo de México».

A las once de la mañana del 5 de mayo, los franceses iniciaron el ataque del fuerte Guadalupe con dos compañías de zuavos y diez piezas de artillería de montaña. Ganando las alturas del vetusto fortín español esperaban arrasar a la caballería mexicana desplegada en la llanura poblana. Tras varias horas de lucha, la batalla no se decide y comienza un cuerpo a cuerpo en el que los indígenas zacapoaxtlas, machete y cuchillo en mano, y huaraches en los pies, se enfrentan a argelinos, alemanes, belgas y zuavos, pelean a pecho descubierto contra las bayonetas vencedoras en cien combates desde la Conchinchina a Solferino, desde Balaclava al Mekong. Tres asaltos resisten y finalmente, al anochecer, Tláloc, el dios azteca de la lluvia, lloró desconsoladamente aquella noche sobre Puebla.

Un tremendo y furioso aguacero tropical cayó sobre la ciudad y la transformó en un lodazal en el que el invicto ejército francés, la crema de Europa, rodaba por las resbaladizas laderas del glacis de Guadalupe y resultó derrotado estrepitosamente. Un millar de mercenarios franceses besaron el fango del altiplano de Puebla antes de que la corneta de órdenes del estupefacto Lorencez toqcara a retirada. Esa misma noche, Zaragoza telegrafía a la Secretaría de Guerra y Marina: «Las armas nacionales se han cubierto de gloria. Las tropas francesas se portaron con valor y su jefe con torpeza».

Lentamente, Lorencez retrocedió hacia Orizaba seguido de cerca por fuerzas mexicanas en cuya vanguardia avanzaba la división Zacatecas del general Jesús González Ortega. Las fuerzas mexicanas sumaban ahora 14.000 efectivos que hubieran podido aniquilar a los 5.000 franceses supervivientes del asalto a Puebla. Todo hacía pensar que la fuerza expedicionaria francesa iba a encontrar su némesis en Orizaba. No fue así.

La víspera del 13 de junio, las tropas de la República se desplegaron en tres divisiones que ocuparon los cerros desde cuyos altozanos se domina Orizaba. Los hombres de la división Zacatecas se apostaron en Cerro Borrego, justo sobre el campamento francés. Allí, el coronel L’Herriller, del 99º regimiento, ordenó al capitán Leclerc, de la 3ª compañía, que diera una batida por el cerro para espiar los preparativos de los mexicanos.

La patrulla Leclerc inició el ascenso a las 23.30 del día 13 y en una hora y media alcanzó la cima. De repente, se topó con la vanguardia del ejército mexicano cuyos miembros dormían a pierna suelta. La noche era tan oscura que los franceses creyeron encontrar un piquete mexicano aislado del resto del ejército republicano, así que decidieron atacar sin más trámites. El error se repitió entre los mexicanos, pero a la inversa, porque los adormecidos hombres de González Ortega creyeron que estaban siendo acometidos por el grueso del ejército francés. La sorpresa y el desconcierto provocaron estragos entre las filas mexicanas. Los soldados, acribillados por delante por el fuego francés y en retaguardia por el fuego amigo de sus aterrorizados compañeros, huyeron en desbandada.

Los partes del ejército francés informaron que el enemigo tuvo 250 muertos, muchos de los cuales se despeñaron al huir o cayeron con balas en espalda, piernas y glúteos, lo que quiere decir que los propios mexicanos dispararon a sus compañeros en la oscuridad de la noche. Del lado francés hubo seis muertos y 28 heridos.

A las seis de la mañana los franceses habían conquistado la cima y con los obuses y cañones arrebatados al enemigo repelieron los ataques que quisieron retomar el cerro durante el día siguiente. Ante el desastre, Zaragoza decidió retirarse y regresar a Puebla, perdiendo así una oportunidad de oro para derrotar definitivamente a los franceses. Un año después, Haussmann, el prefecto del Sena, terminó la remodelación de las manzanas que rodean el viejo cementerio. Napoleón III ordenó que la antigua rue de Fontaine se llamara rue du Borrègo. Y allí sigue.

Aprendida la lección, el ejército invasor se reforzó con 30.000 hombres al mando del general Frederic Forey el “Matamonjas”. En marzo de 1863, después de haber tomado plazas menores en su imparable marcha sobre Ciudad de México, Forey sitió Puebla durante 62 días. González Ortega, cuyos hombres habían protagonizado el desastre de Cerro Borrego, entregó la plaza.

Ignacio Zaragoza, el Héroe de Puebla, no estaba allí para verlo.