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“La bestia africana”: paseando por algunas calles de Madrid


“El cinturón de calor que nos engulle, alerta y temperaturas extremas, tocar techo, récords históricos”; escucho y leo estas expresiones desde hace unos días, y siento ganas de parapetarme bajo una escafandra ignífuga y que pase la bola de fuego que nos va a asolar.

Es lo que tiene, aseguran, el despropósito humano con el planeta, los agujeros del espacio y el ozono, el plástico, los residuos…

Antes de que nos fría o nos tueste “la bestia” del continente sureño, decido esta mañana sabatina recorrer algunas calles del barrio madrileño de Almagro. Y recuerdo cuántos famosos en los años 80 se dejaban ver por Marqués de Riscal; de esa vía se ha dicho de todo desde primera hora de la mañana hasta la tarde.

Y se mezclan edificios para todos los gustos…y el público también era variopinto.

A mí me gusta Orfila y me costó adivinar quién era el menda ese escondido entre Zurbano y Monte Esquinza.

Una calle con galerías de arte internacionales, todo un escaparate del artisteo del momento. ¿Dónde parará ahora tanta gente del papel couché que transitaba por su empedrado?

Riadas de curiosos la ocuparon de camino a la plaza de Colón para ver al Papa en una de sus visitas a la capital o para rendir homenaje a Lola Flores cuando murió. Sin fechas estos recuerdos, sin más pistas.

Solo el puro placer de caminar por esas cuadrículas tan bien trazadas.

Algún que otro ministerio muy cerca y embajadas.

Edificios señoriales, aristócratas. Locutores muy populares de radio, directores de cine, actrices y diseñadora de pieles (artificiales). Toreros, gente bien, de toda la vida.

Balcones espaciosos y áticos poblados de vegetación de diseño. Floristería sofisticadísima de modelis más o menos conocidas.

Árboles alineados, ventanales que reflejan movimientos pausados y cenas de gala. Algún pintor o varios se han colado: Fortuny, Zurbarán…

Tan cerca del Paseo de la Castellana. Bajos con restaurantes exquisitos. Pocas personas, mucho espacio para aparcar, persianas echadas. No hace calor a esas horas matutinas.

Ni se oyen ruidos: parece que los muros de las casas nos protegen de los pocos coches que ruedan. Silencio placentero. Ménsulas y adornos en las fachadas, arcos y tracerías que enmarcan vanos oscurecidos. Alguna iglesia, portales solemnes y engalanados con alfombras que cubren los peldaños de acceso. Hierro forjado protege algunas paredes de edificios solariegos, ahora sedes de organismos e instituciones oficiales.

Cómo sería la vida de sus vecinos en otras épocas, en otros siglos.

En alguna esquina de este damero se apostaban “travelos” de postín, nos avisaban, pero pronto desaparecieron. Una gran escudería automovilística ocupaba ciertos espacios en dicha área. Orden y concierto. Sin más: un paseo para descansar, para recordar en compañía y para volver. Se mezclan reyes, científicos que nominan estas calles tan ilustres, de tanto abolengo. Seguridad oficial y privada. Buenos modales, atención esmerada…

Unas calles tan privilegiadas, tan madrileñas. De toda la vida.

Yo viví allí…

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