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EL PERIÓDICO
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Ojos de gata


Había llegado al pueblo con la pena de la reciente muerte del padre que se llevó sus sueños. De aspirante a magistrado con letra menuda y perfecta a oficial de ayuntamiento, las primeras oposiciones que habían convocado. Su primer destino un recóndito pueblo andaluz. El que fuera su progenitor se había llevado la llave de la despensa, su enorme cariño y la seguridad de un futuro de prestigio, el sueño de vivir en Toledo en la zona vieja se esfumaba. El mayor de dos hermanos cargaba con la pesada responsabilidad de la que no se sentía heredero, su madre y su hermana lo miraban sentadas.

En el pueblo, harto ya de estar harto, su llegada fue un acontecimiento, guapo, joven, con clase y mirada de soñador las chicas solteras daban palmas. Paseaba su soledad campestre entre cafés y cigarrillos sediento de amor y consuelo. Y la vio, destacaba entre la normalidad de aquella gente sencilla y rural. Maestra, como lo había sido su progenitora, tenía la fragilidad y la belleza de una ingenua chica buena. Sus grandes ojos azules iluminaban, como si te miraran por dentro. Se enteró que pronto se casaría con un joven del lugar, la boda estaba ya concertada. Se entretenía buscándola, haciendo que sus miradas se encontrasen entre los cuchicheos de los paisanos. El novio de toda la vida interrogaba a la madre que no salía del asombro y la inquietud. La ausencia del padre las convertía en objetivo de críticas y desaprobación.

Prendado de su figura, la provocó hasta besarla a escondidas y a hurtadillas hasta llevarla a su coche para descubrir sus debilidades y la inspiración de su placer con la sed y la fuerza del que nada tiene que perder. Las fuentes se abrían y el líquido dorado cubría de orgasmos sus lánguidos cuerpos que coronaban el éxtasis del instante. Se comían desde los ojos a la raíz. Encadenaba sus dedos fértiles a un cuerpo joven con ansia y disfrute, el murmullo del agua del río acompañaba a los lejos. Era virgen, antes no se había atrevido por pudor y por el respeto que le profesaba el que consideraba su amor hasta conocer el amor. Tendría que dejar a su prometido, el escándalo, el disgusto, el murmullo traspasaba los montes y las aceitunas temblaban.

La boda precipitada con el forastero fue un homenaje a la tristeza, nadie lo comprendía, ni las madres, ni los hermanos, ni las vecinas, ni el cura, ni la familia. La ermita, ejemplo de sencillez solemne, a principios de año vestía de frío en esa tierra de olivares polvorientos. El negro venció al desaliño y a los caprichos de los paisanos. A los meses crecía la barriga y su madre se instalaba en el reciente hogar por si hacía falta ayudar porque con la escuela ella tenía bastante, todo era vomitar. Su fino talle se abultaba al tiempo que la piel se resquebrajaba como sus pechos en finas vetas rosáceas y moradas, que se abrirían en pequeños senderos de leche y miel. Él ya no se la follaba, su suegra le quitaba las ganas y también la incipiente tristeza de ella, tanta vulgaridad lo ensombrecía todo hasta traspasar la pena negra. Esto le esperaba, además una niña, él quería tener un hijo único, varón, que se llamara como él y su padre y su abuelo. Clara, sería su nombre, como los ojos felinos de su madre. Por las noches los grillos con su sonsonete los despertaban sudando, nacería a finales de agosto.

En el hospital, a cuarenta kilómetros, les dijeron que el parto se complicaba, la niña apenas respiró unos minutos, violácea ni entreabrió los ojos. Las madres lloraban con desconsuelo y él solo pensaba en huir, salir de aquel pueblo que ahora le parecía una trampa, una jaula de esas mujeres que tanto disponían, opinaban y mandaban. Al mes solicitaron el divorcio, en poco tiempo recogió su maleta y se mudó a otro pueblo algo más grande y levemente más industrial de fuerte sabor local del que ya no saldría. Ni siquiera llevaba a la niña en el corazón de sus pesares, solo el golpe nauseabundo de la equivocación.

Muchos años después la contaba entre sus cuatro amores, el deseo y la pasión que habían vivido como un fluir constante de vida, la fiereza animal que habían compartido, no se volvería a repetir.

Los amores inevitables tienen la fuerza primitiva de lo incontenible.

María C. Galera fue ayudante de Don Enrique Tierno Galván. Es Doctora en Filología Hispánica y profesora de Lengua y Literatura Castellana.

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