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Relatos de verano II: la cueva de Simón el tuerto


Seguro, o casi seguro, que en todos los pueblecitos costeros existen cuevas, y seguro, o casi seguro, que alguna de ellas ha sido refugio de piratas. Así ocurría en el lugar en el que yo viví los veranos de mi infancia.

En este caso, la cueva de los corsarios se encontraba al final de la playa, y había que acceder ascendiendo un pequeño acantilado. Una vez se llegaba a la oquedad la entrada era bastante estrecha, tanto que, a no ser un niño o una persona enjuta, pocos podrían entrar por él.

Lo curioso es que, una vez dentro, la gruta se ensanchaba para convertirse en una sala de unos 15 metros cuadrados. Allí, contaban los más viejos del lugar, había escondido su tesoro el corsario Simón "El tuerto", allá por el siglo XVI, tesoro que había robado a Sir Francis Drake, que era como haberlo hecho a la mismísima reina Isabel I de Inglaterra.

Mis amigos y yo, quizá llevados por el contagio de los libros de los Siete Secretos o de Los cinco (*) decidimos convertirnos en arrojados detectives, y buscar hasta encontrar el tesoro del pirata. Para ello trazamos un plan elaborado en el que se incluían herramientas y bocadillos, algo más de lo segundo que de lo primero, dado nuestro inacabable apetito preadolescente.

La pandilla la formábamos seis miembros, ni los siete secretos ni los cinco. Un grupo que hoy denominaríamos igualitario, ya que éramos tres chicas y tres chicos. Baste decir que, como suele pasar, yo estaba prendado (qué palabra tan cursi, pero es la que mejor define mis sentimientos de entonces) de una de las chicas. Se llamaba Laura, y era, para mis ojos, lo más parecido a una diosa, si las diosas tuvieran flequillo y la piel morena como el caramelo. Esa apreciación tan poco adecuada para mi edad provenía de mi absoluta predilección por las lecturas sobre mitología griega... Pero eso es otra historia. Además de Laura, el grupo lo formábamos Isa, Loles, Arturo, Felipe y yo, Dani.

Bueno, pues ese día, que amaneció un tanto nublado y ventoso era el que, según nuestra imaginación infantil, iba a convertirse en el día del descubrimiento del tesoro. Entramos uno por uno en la cueva y empezamos a investigar cualquier recoveco, pequeña grieta o indicio que nos llevara a pensar que alguien hubiera enterrado algo semejante a un cofre. Las horas fueron pasando y solo el vacío de nuestros estómagos nos hizo detener nuestra búsqueda. Nos sentamos en el suelo rocoso y comenzamos a dar cuenta de la pitanza que nuestras madres nos habían preparado. Finalizados los bocadillos, Laura sacó varias naranjas, que repartió entre todos. Felipe, mi mejor amigo del verano, se puso a intentar a hacer malabares, pero con tan poco acierto que la naranja cayó al suelo y se fue rodando hasta desaparecer por un hueco que habían dejado un montón de piedras, fruto, seguramente, de un desprendimiento sucedido no hacía mucho.

Nunca supe que animó a Laura a levantarse y empezar a quitar piedras, pero yo, como impulsado por un resorte, la seguí. Al cabo de un rato éramos los seis los que con grandes esfuerzos logramos ensanchar el agujero, tanto como para que cupiéramos por él. Fuimos pasando uno, por uno. Yo me quedé el último. Cuando salí al otro lado me llevé la sorpresa de mi vida. En el centro de otra cueva, un poco más pequeña que la anterior, había una gran caja de madera. ¡El tesoro, el tesoro! Comenzamos todos a gritar... ¡Habíamos encontrado el tesoro de Simón "El tuerto"! Laura, quizá presa de la emoción del descubrimiento, me estampó un beso en la mejilla.

Pero nuestra alegría duró poco. Solo hasta que nos dimos cuenta de que la caja llevaba el sello de la Casa de la Moneda. Loles, que tenía la memoria de un ordenador y le encantaba ver las noticias en la tele, recordó que hacía dos meses había habido un robo de billetes en la fábrica de moneda en un traslado al Banco Nacional. Por los precintos que llevaba, todo indicaba que era esa. Nos lanzamos rápidamente al exterior y corrimos a casa de Isa, que era la que estaba más cerca de la cueva. Una vez que dimos la voz de alarma, su padre llamó a la Guardia civil, que llevó a cabo el rescate del dinero, resultando ser de varios millones de euros.

Durante un tiempo la fama convivió con nosotros, hasta que poco a poco todo volvió a su cauce. Aunque a veces recuerdo la emoción de aquel momento, lo que no se me ha olvidado, sobre todo, la sensación del primer beso de Laura.

Han pasado los años y otros veranos. La cueva mantiene el secreto del tesoro del "El tuerto". Los niños siguen, con la misma ilusión de entonces, su búsqueda. Entre ellos los míos, Laura y Daniel, tan aventureros como yo y tan guapos como su madre, que al cabo de los años, más de veinte, me sigue pareciendo una diosa, si las diosas llevaran flequillo y tuvieran la piel como el caramelo.

(*) La autora hace referencia a las sagas juveniles pertenecientes a la escritora británica Enyd Blyton, muy populares en los años cincuenta y sesenta del siglo pasado.

Elena Muñoz Echeverría es licenciada en Historia del Arte, gestora cultural, editora y escritora. Ha ejercido la docencia durante veinticinco años. Desde 2015 a 2019 ha sido vicepresidenta de la Asociación de Escritores de Madrid.

Autora de un blog de éxito MI VIDA EN TACONES

http://mividaentacones59.blogspot.com/

Tiene diez libros entre poesía y narrativa. En 2018 estrenó su primera obra teatral. En la actualidad acaba de publicar su quinta novela, El amante pluscuamperfecto, con Ediciones Ondina.

Actualmente es concejala de Desarrollo económico y empleo de Rivas Vaciamadrid.

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