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EL PERIÓDICO
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Relatos de verano IV: El cine y la vida misma


El alcalde del pueblo empezaba a pensar seriamente clausurar las sesiones de cine al aire libre en aquel verano. Y eso que estaba siendo todo un éxito.

Cada semana se producía un seísmo cuando la furgoneta llegaba y bajaban el proyector y los grandes rollos de película. Todo se paralizaba. Bares y comercios cerraban. No importaba que hubiera una misa de difuntos, naciera un niño o un ternero. Los vecinos corrían al corral grande, llevando cada uno una silla para sentarse ante la sábana blanca que servía de pantalla.

Pero el cese de actividad no era lo peor. La causa de que el primer edil pensara terminar de una vez por todas con la proyección era por las secuelas que dejaban las sesiones cinematográficas en los lugareños, sesiones en las que se mezclaban películas ya veteranas, de ese Hollywood dorado, con otras de mayor actualidad.

Al sábado siguiente de proyectarse Tiburón, hubo quien dijo haber visto una aleta asomándose en el agua del pantano, cuando en semejante acuífero solo se criaban carpas, grandes sí, pero, en ningún momento, confundibles con un escualo de semejante tamaño. Y, claro, ni dios bajo a bañarse ese fin de semana, con el consiguiente cabreo de Manolo, el del quiosco, que no vendió ni un botellín, con lo que había invertido en la nueva terraza para ampliar aforo.

Ahí no acabó la cosa. Ramiro, a quien la naturaleza le había dado una corta estatura, que ya le venía de antes genéticamente, pues a su abuelo le llamaban “retaco”, amenazaba con meterle dos “hostias” a quien no le reconociera como un habitante de la Tierra Media, cuyos ancestros, por causas desconocidas, habían acabado echando raíces en el pueblo. Eso sucedió justo después de haber visto una maratón del Señor de los anillos. No había quien se atreviera, a riesgo de recibir con la mano abierta, de hacerle apear de la creencia de que no era un hobbit.

Pero la gota que rebosó el vaso sucedió en la última sesión. Para los niños trajeron Babe, el cerdito valiente. Y, si alguno conoce de qué va la película, se pueden imaginar las consecuencias: el pueblo lleno de cochinos paseados por sus dueños como si fueran perros. Los miman, cuidan y arrullan, que ya quisieran muchas mascotas, como perros y gatos, ser tratadas con tanto mimo. Cuando llegue San Martín no va haber ni un jamón, ni un chorizo ni una pizca de embutido que llevarse a la boca.

 El alcalde, ante esta última situación, se teme lo peor, y por eso quiere cortar por lo sano y clausurar el cine. Bueno, por lo de los cerdos, y porque la siguiente película que le han ofrecido es “El sexto sentido” y no tiene ninguna gana de que los más impresionables comiencen, en ocasiones, a ver muertos cuando se pasen con la sangría.

Elena Muñoz Echeverría es licenciada en Historia del Arte, gestora cultural, editora y escritora. Ha ejercido la docencia durante veinticinco años. Desde 2015 a 2019 ha sido vicepresidenta de la Asociación de Escritores de Madrid.

Autora de un blog de éxito MI VIDA EN TACONES

http://mividaentacones59.blogspot.com/

Tiene diez libros entre poesía y narrativa. En 2018 estrenó su primera obra teatral. En la actualidad acaba de publicar su quinta novela, El amante pluscuamperfecto, con Ediciones Ondina.

Actualmente es concejala de Desarrollo económico y empleo de Rivas Vaciamadrid.

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