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EL PERIÓDICO
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El Cid (Mío)


¿Os he contado alguna vez mis aventuras vividas en el rodaje de la película “El Cid”?, ¡No!, pues a ello voy.

El Cid es una película épica ítalo-estadunidense producida por Samuel Bronston, dirigida por Anthony Mann y con la actuación estelar de Charlton Heston y Sofía Loren, que tuvo parte de su rodaje en España, allá por el año 1961.

Era yo una niña de 8 años que vivía en un barrio del extrarradio de Madrid más allá de Ventas, donde terminaba el Madrid asfaltado, comunicado y con los servicios propios de la gran urbe que ya era en ese tiempo. Desde allí partía la Avenida que entonces se denominaba Carretera de Aragón (hoy Calle Alcalá), por ser éste el destino final de su trayectoria desde la gran ciudad. Mi calle era bastante humilde y carente de los más elementales servicios urbanos.

Haciendo esquina a la Avenida, se iniciaba la Calle Ramón y Cajal (hoy José María Pereda) donde yo nací en 1953, en una corrala de su número 38 denominada “casa del Metro”. Nunca se supo si tal denominación procedía por haber sido construida por los mismos obreros del Metropolitano madrileño, o por su diseño estrecho y alargado, pues ambas historias formaban parte de la leyenda de su origen.

Por aquel entonces las gentes del barrio se conocían todas, se vivía en una estrechez de medios que se sobrellevaba con la solidaridad y hermandad vecinal. En esa misma calle vivía un vecino que era carpintero y trabajaba para los estudios Chamartín donde se realizaban películas para Hollywood, por lo competitivo de los precios de nuestro devastado país y, gracias a la relación de nuestra primera estrella Sara Montiel (su marido Anthony Mann) con el director de la película, por lo que se grabó buena parte de la película allí.

Se necesitaban extras para la realización de la escena del juramento del Cid, que supuestamente se realizaba en la entrada de la catedral de Burgos y en presencia del pueblo, por lo se necesitaban extras para el cumplimiento de tal cometido. Enterado nuestro vecino, se le ocurrió tirar de la chiquillería del barrio y para ello propuso contratar a los menores de su vecindario, por lo que entonces fue una sustanciosa nómina de un par de días, por importe de 140 pesetas c/u, con lo que aliviar la maltrecha economía de sus familias.

“La Jura de Santa Gadea es una leyenda medieval transmitida por el Romance de la Jura de Santa Gadea, en la que se narra el juramento que supuestamente hubo de prestar el rey Alfonso VI de León en la iglesia de Santa Gadea de Burgos, a finales del año 1072, a fin de demostrar que no había tomado parte en el asesinato de su hermano, el rey Sancho de Castilla...”.

La escena consistía en un dialogo entre el Cid y el rey:

“REY ALFONSO: Rodrigo Díaz de Vivar, llamado el Cid, ¿por qué vos os negáis a mostrarme fidelidad?

EL CID: Señor, todos los aquí presentes, aunque no se atrevan a decirlo, abrigan la sospecha de que habéis tramado la muerte de vuestro propio hermano. A menos que probéis vuestra inocencia, nunca podréis contar con súbditos leales, y la duda destrozará vuestro reino, y en tanto sea así no puedo juraros fidelidad, ni aceptaros como soberano.

REY ALFONSO: ¿Cómo queréis que os demuestre mi inocencia?

EL CID: Jurando sobre las Sagradas Escrituras.

REY ALFONSO: ¿Os atrevéis a decirme que jure?

EL CID: Señor, os lo estoy diciendo.

REY ALFONSO: Está bien.

EL CID: ¿Juráis no haber ordenado la muerte del rey Don Sancho ni haber participado directamente en ella?

REY ALFONSO: Lo juro ante Dios.

EL CID: ¿Juráis igualmente que jamás habéis aconsejado que se le quitara la vida al rey Don Sancho?

REY ALFONSO: Lo juro también.

EL CID: ¿Y también juráis que no fuisteis el que proyectó la muerte del rey Don Sancho, ni teníais intención de hacerlo?

REY ALFONSO: Lo juro.

EL CID: Si hubierais jurado en falso, permita Dios que muráis del mismo modo que vuestro hermano, apuñalado por la espalda por mano de un traidor. Decid amén.

REY ALFONSO: Lleváis las cosas demasiado lejos, Rodrigo.

EL CID: Decid amén.

REY ALFONSO: Amén”.

Recuerdo que el rodaje se realizaba muy de mañana, por lo que aparecía un destartalado autobús por el barrio casi de madrugada, cargando con los niños y niñas que íbamos a intervenir en el rodaje, acompañados por nuestras madres, para desplazarnos a la otra punta de Madrid para participar en la película.

A pesar del madrugón íbamos felices por la novedad, la justificada ausencia escolar y la posibilidad de conocer a las grandes estrellas que en ella participaban, y así fue, allí vimos aunque a prudente distancia a Charlton Heston, a Sofía Loren que por allí deambulaba, al director de la película, a su mujer Sofía Loren que ufana se contoneaba al finalizar la jornada. ¡Menuda experiencia para contar después en el barrio y la escuela!.

Lo peor fueron las largas horas y repeticiones de la escena; el frio terrible que pasamos en aquellos exteriores del estudio donde se rodaban, la persecución del realizador para que nos quitáramos las medias de colores que lucíamos con las sandalias castellanas de época, pues mi madre se resistía a que las mismas se calzaran en los pies desnudos, en aquel terrible invierno madrileño. Recuerdo su “dije quitar, no poner” pues en cuanto se descuidaba, ella me las volvían a colocar ¡jajajajajaja!, y así durante al menos las primeras horas de la mañana.

En los descansos convivíamos con los “soldados castellanos”, encarnados por los reclutas que estaban realizando el Servicio Militar y que utilizaron para tal efecto, con los que compartíamos bocadillos y fruta, entre toma y toma del rodaje.

La generosidad de mis padres hizo que aquellas pesetas, que entonces fueron bastantes, contribuyeran a la compra de un muñeco que se llamaba Godin y tenía como virtualidad que se podía lavar gracias al pelo de nailon, circunstancia que constituía una auténtica novedad por entonces, además de contar con su propio vestuario, un sueño para las niñas de la época, difícilmente alcanzable para nuestros ingresos familiares. Fue esa aportación de mi primer “sueldo” lo que pudo hacerlo realidad, cubriendo casi la mitad del importe necesario para su adquisición.

En definitiva una experiencia única, hasta ayer olvidada en un rincón de mi cerebro y que, ¡vaya usted a saber por qué! ha vuelto a aparecer cuando menos lo esperaba para compartirlo con los y las lectoras de este relato.

¿Serán simples recuerdos de esta sexagenaria, o un ejercicio de complicidad en este caluroso mes de agosto?, quien sabe, ¡nada ocurre porque sí!, quizás algún día tengamos ocasión de descubrirlo.

Pd: Todo lo escrito en cursiva que complementa mis recuerdos, está documentado con datos obtenidos a través de internet.

Secretaria Memoria Histórica y Mayores. Agrupación Socialista Rivas Vaciamadrid.

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